Podría decir que usted no me lo va a creer, pero es mentira y a la vez verdad porque Zazen o Tacroa creían que otra vez iba a ser el paréntesis de las dos orillas y la chica de larga distancia, una llamada para usted desde Venecia, y esas charlas telefónicas largas, que más que charlas son un pedido de auxilio desesperado en las turbulentas aguas de estos días.
Usted no me lo va creer, pero pasó otra vez, distinto pero otra vez. La chica de larga distancia, ella que se creía visitante eterna en Venecia, había caído en un paréntesis que la congelaba a la altura de La Leonesa, la dejaba allí, mirando sin mirar por la ventanilla de un bus, llorando lágrimas de cancodrilo por la inminencia de lo que se acercaba, por la distancia de lo que se alejaba. Allí el paréntesis otra vez y la pregunta de siempre: cómo empezar o cómo terminar de un borrazo todo.
Usted no me lo va a creer, pero sí Zazen, que sospechó del paréntesis esa noche de sábado cuando la chica de larga distancia salía y entraba del bar, bajo la excusa de un cigarrillo. En esa esquina, que alguna vez le perteneció, Zazen y Tacroa sospecharon que la chica de larga distancia había encontrado el paréntesis entre una pitada y otra, mientras la noche se abría oscura y fresca, parada allí como ausente, apretando un móvil con característica extranjera, como esperando un milagro que sabía que no iba a llegar porque el paréntesis había comenzado a formar sus líneas unos meses antes y ya era inevitable el cierre.
Usted no me lo va a creer, pero sí, la chica de larga distancia sigue allí, en ese paréntesis de las dos orillas, pitando un cigarro tras otro, tratando de programarse para la salida, pero esta vez es un misterio para dónde se decidirá.
Usted no me lo va a creer pero el paréntesis se cerrará de un tirón como este texto estúpido que no explica nada y ya ve, no hay tu tía con estas cosas.