Viste cuando una canción se queda en tu cabeza y pasan los días y vos estás repeat one all day long? Bueno, así me pasó con este hermoso descubrimiento: la versión de Willie Nelson de Crazy.

Según Google, esta canción apareció en el disco Patsy Cline Showcase de 1961 y fue premiado con el primer salón de la fama de los Grammy. La versión de Patsy es divina, al viejo estilo con esos coros maravillosos en segundo plano, pero Willie, oh Willie Nelson! Se lleva mi total atención con esa cadencia tan exquisita de su voz que hace tremendamente trágica y profunda la sentencia de la canción “loco, por pensar que mi amor podía sostenerte”.

No sé quién es el autor de la letra, tampoco está explícito, pero es una hermosa canción de amor que habla de la locura que es el amor y de la pretensión a la que nos conduce: pensar que podemos curar al otro, sostenerlo, ser el soporte. Como dice Alejandro Dolina en Lo que me costó el amor de Laura: “mi mentira de amor vale más que ese horror que ustedes llaman verdad” y debe ser que por esto seguimos, descabellados, intentando hacer del amor esta muleta.

Para este fin de semana largo, les recomiendo hacerse un minutito para bailar con esa persona especial, a media luz y en la cocina,  alguno de los inmensos temas de este disco: Summertime: Willie Nelson sings Gershwin.

 

penumbra

Estoy rota, pensó María. El final de la tarde entraba por una rendija del parasol. La habitación estaba a oscuras y los restos de luz batallaban por inundar la escena: la penumbra se posaba en la cama, a pocos centímetros de su nariz se dibujaba una suerte de oleaje hecho de claroscuros y pliegues de sábanas; después del territorio de la cama apenas se distinguían los contornos de una cajonera y seguro detrás, la pared era un inmaculado telón negro.
María miraba todo esto con los ojos perdidos en ese haz de luz del parasol y retenía en su memoria este momento efímero: una catarata serena de lágrimas surcaba sus cachetes; lo único real era la respiración pausada de su hija: su cuerpecito blanco, bolsa de papa, entregado a un sueño profundo que se había negado en la siesta.
Se sentía cansada, qué decir: estaba rendida, agotada, agobiada, angostada. No sabía si un puñal invisible estaba clavado hace unos días en su pecho o un puño agarrotaba su garganta: ella solo podía llorar como autómata mientras la luz todavía insistía en bañar la escena.

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Estoy leyendo Cuadernos de crianza, un diario de un papá enamorado que cuenta las vicisitudes de estos mostros que llamamos hijos. Se lo regalé a Aldo para que viva su paternidad de otra forma y terminé  aplicando las fórmulas que propone el papá de Gretel (y me refiero a él así porque desde que uno tiene un hijo, el nombre desparece y nos convertimos “en la mamá de” o “el padre de tal”).

Ayer en la sala de espera del médico leí sobre el Efecto Beatles y decidí ponerlo en práctica a la noche. Mi mostra ya tiene un año, pero hace unos meses viene complicada  para relajarse y conciliar el sueño, sea de siesta o de noche. De más está decirles que esto sólo lo hace conmigo (muy especialmente) y a veces con el padre.

Hay dos cosas que uno pierde en la maternidad/paternidad: la objetividad y la capacidad de decirse verdades a uno mismo. Para mí va la segunda en relación al sueño de Eloisa: me cansé de andar por el mundo comentando lo bien que dormía mi hija y lo nada que me costó ser madre, en términos de sueño. Mentira!, o al menos ahora que es más grande esto es mentira porque Eloisa no duerme tan de corrido como me gustaría y pone a prueba mi umbral de paciencia, específicamente a la noche cuando tengo todo el peso del día.

Ni hablemos del momento mismo de dormir: su cuerpo establece una batalla campal con mis brazos y se retuerce como loco en camisa de fuerza. Claro que todo esto lo hace ya casi dormida porque uno la mira a la cara y tiene los ojitos cerrados, parece casi un ángel: un ángel endemoniado que se resiste a pasar al mundo de Morfeo. Luego de 30 minutos o una hora de brazos, canciones susurradas, música para relajar bebés, paseos, hamaqueo y acostarse frente con frente en la cama, Eloisa decide finalmente dormir y su cuerpecito se vuelve una bolsa de papa.

Anoche, por obra y gracia del Efecto Beatles, después de escuchar sin ninguna sensibilidad Across the universe, Eloisa sucumbió en 20 minutos a la melodía de While my guitar gently weeps, casualmente uno de mis favoritos:

Veremos si la magia se repite: en cuestión de hijos, nada es fija.

Pizza sin gluten

Esto de ser mamá se lleva todo tu tiempo y energía, más aún cuando una combina trabajo y maternidad. El tiempo privativo de una es un ideal que a veces se concreta cada 15 días o en esas horas libres del día que te deja el bebé, pero que rápidamente se las lleva el cansancio y el sueño.

Soy de las madres que que todavía se siente entre la espada y pared todavía por la falta de tiempo: por momentos lamentándome de no poder hacer tal o cual cosa; luego calmándome al verla a Eloisa sonreír o sorprenderse por cualquier nimiedad. La vida es bella me digo; y entre pañales, algún que otro llanto y juguetes, lo único que hago con el poco tiempo que tengo es pensar qué cocinarle para que coma bien y agarre el gusto por la comida y la cocina. A mi me gusta la pizza, es más el mundo sin pizza sería un error, así que ayer ensayé una pizza libre de gluten, hecha con almidón de mandioca, que es lo que tenía en casa.

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Habían pasado seis meses: media vida, se dijo Mercedes y sonrió con esa sonrisa que sonreía hace 15 meses. Mercedes pensaba que ella podría haber hecho a Eloisa, pero lo cierto es que ella, Eloisa, la había hecho mamá: le había enseñado a mirar el mundo de nuevo, con todo el tiempo por delante.

Cuando todavía tenía esa panza, Mercedes pensaba que todo cambiaría, pero nunca sospechó cuánto y cómo: hoy, media vida después de por medio, Mercedes podía decirse feliz de ser mamá: ella que se había entrenado toda a vida para no depender de nadie, ni nadie de ella.

Mercedes sostenía que debían ser pocas las mujeres madres innatas: ser mamá es un ejercicio, el más arduo y lleno de alegría, miedos, incertidumbre, y alegría de nuevo. Y admitirlo era parte de ese ejercicio, así como decirlo, porque en verdad lo que le jodía como mujer, y ahora como madre, era la naturalización del rol; y la naturalización de todo en la vida.

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Todo era amor. Amor creciendo. Vómito de amor. Amor mareado. Amor desequilibrado. Descerebrado amor. Amor redondo y estriado. Amor hinchado de pies a cabeza. Amor recostado, de izquierda mejor.

Y cuando pensaste que ya no podías soportar más amor, llegó el amor del bueno. Amor en el llanto. Amor en los dedos largos y finos que se prendían de tu dedo como si de ello dependiera el mundo, la sucesión de los días. Amor en los ojos hinchados que apenas se abrieron a la vida para ver la vida misma por primera vez. Amor en la succión: amor y dolor. Amor de mierda, literal amor a la mierda. Amor odioso a los cólicos y sus efectos. Amor, amor, amor: miradas de amor al dormir; miradas de amor para tetear, miradas de amor porque sí: para conocer más el amor.

Donde mirabas había amor y nunca lo habías visto: los ojos de ver se llenan de telarañas de odio en el vivir y olvidan el amor. El amor de los ojos de tu vieja. El amor del abrazo necesario entre hermanos cuando las papas queman. El amor de los amigos, ese que está ahí siempre. Amor en el viento que te golpea la cara cuando andas en bici. Amor al olor de los libros, sí nuevos mejor. Amor al olor a tierra mojada o tostadas en la mañana. El amor entrañable de las mañanas de otoño en estas latitudes calientes. Amor a la nariz estampada contra las sábanas después de una noche de sexo. Amor al estirar la mano y adivinar con las yemas la humanidad de tu compañero. El amor excitante de las ciudades desconocidas. Amor vértigo de la hamaca y los viajes. El amor a la tarea cumplida. El amor que late en el silencio.

Lo importante es que el amor vuelve para devolverme los amores olvidados: está ahí, va creciendo, metiéndose el mundo por la boca, chupando, durmiendo, berrincheando y sonriendo. En la medialuna que le dibuja la alegría en la cara tu corazón estalla de amor y todo tiene sentido.

eco latidos

No sé cuántas veces había estado en la misma y única situación en la que un hombre te dice “sacate la ropa interior y abrí las piernas” con la misma delicadeza que se pide un paquete de cigarrillos en un kiosco.


Mientras me bajaba el calzón, que se enredaba en mis pies porque todavía no me había descalzado, alcancé a ver a Aldo, ahí sentado en la silla al pie de la camilla. Pensé en los tipos, en este momento extraño, que acompañan a su mina al control ginecológico y tienen que sufrir la pequeña vergüenza pública de verla desnudarse, sin ninguna resistencia, frente a otro. Me lo imaginé diciéndole a su cerebro que ponga cara de nada, todo normal, todo cool, es sólo el médico. O no: nunca iba a entender a los tipos, ni siquiera me entendía a mí.

Concha al viento, me subí a la camilla y trabé las piernas en los estribos. Frente a mí, arriba, tenía una pantalla en blanco y negro que iba a mostrarme la imagen que había venido a buscar. Ya recostada me dije qué boluda, había olvidado mis lentes. Miré a mi derecha y el médico colocaba un preservativo en una suerte de tubo y lo simpatizaba con un gel lubricante.

La inserción no fue ninguna novedad y casi que ni lo sentí, para mi vergüenza.

Lo importante sucedía en esa pantalla borrosa pero yo no alcanzaba a ver con claridad. Recién entendí cuando el latido inundó la sala y era un pum pum pum intenso dentro y fuera de mí. La vida tenía ya otro sentido. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí los dedos de Aldo tocando mi pie, mientras me sonreía. Me quedé congelada. La mirada fija en la pantalla y el corazón en mis oídos, tratando de imaginar el rostro de esos latidos.

 

*Micro crónica para el Festival de Crónicas Nómades del Centro Cultural Alternativo, ilustración del artista Luciano Acosta, mayo 2015.