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Loca como una cabra

Publicado: 30 diciembre 2014 en Lo que curioseo
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cabra

Mercedes incursionó en cuanta calaña de curanderas, manosantas y chamanes se le cruzaron en su corta vida, hasta que cayó en la fascinación burguesa del horóscopo chino y la maquinaria editorial de Ludovica Squirru. Allí mismo depositó la suerte de sus días y el año que se asomaba detrás de la lluvia, era el año de la cabra de madera.

Mercedes se pensó que la cabra de madera le traería las bondades que su amigo el caballo no supo:  por ejemplo, entrar de prepo en algún jean del pasado, como si fuera un caballo de Troya; o conquistar el imposible laboral de convertir en trabajo la presencia de quien no hace nada.

Mercedes se lo pensó nuevamente: el caballo no había sido tan malo, al menos alejó con sus patadas a los ladrones de emociones y atrajo a una patota de cínicas del cariño, capaces de brindar una montaña rusa de alegría, comidas, miserias y soledades compartidas. Y sin dudas, el equino se había traído consigo a esos dos tránfugas que llenaban sus días.

El saldo era rojo, como la revolución que Mercedes soñaba: esa de adentro y personal, con la otra de afuera y colectiva. Había comidas y ceremonia; cada tanto alguien venía de la otra margen del río; todavía estaban abiertos los ojos de su madre; cada encuentro con sus hermanas era una celebración; los mostros crecían de a metros, ganándole experiencia a la vida y su cuñado seguía soportándolas: a su hermana, a ella, a su otra hermana y a su madre, que no era poca cosa.

Ni falta ni resto, se dijo Mercedes. Al final de cuentas la vida era esa empinada montaña que ella, loca como una cabra, estaba dispuesta a subir y bajar.

Sentada en el water, con los calzones a la altura de la rodilla, Mercedes se limpia la entrepierna y mira el papel higiénico, en un gesto automático. Mientras piensa el sin sentido de ese movimiento, Mercedes advierte la presencia de un vello, largo, enrulado, negro, en el centro mismo y blanco del papel, ahora húmedo.

Mercedes sonríe y recuerda: la huella de la mañana revolcada, esa en donde él taladró a fuerza de martillo, una y otra vez, sus tres millones de terminales nerviosas. Acerca el papel a su nariz y aspira con fuerza: todavía adivina el sabor de su sexo en ese resto de vida que él vuelca dentro de ella cada vez que se aman.

“Algo dentro mío”, dice Mercedes: suspira y piensa en las cientos de huellas microscópicas, invisibles que dentro de ella, dentro de él, se van quedando como restos del amor: como eso que ni la realidad les puede quitar una vez que se calzan el traje de humanos y salen a ponerle el pecho y las manos al corazón y a la vida.

Mercedes se queda mirando el pelo, diciéndose que es la huella indescriptible y muda de un momento tan efímero como pleno: mueca silenciosa, como los restos de los otros que amamos y están allí, agazapados en la forma de la queja y de la alegría y de la miseria que ejercemos día a día con los nuevos otros.

“Todos los otros, algo dentro mío y yo ahí, algo dentro de esos otros: la victoria del pasado, aquí y ahora”, piensa Mercedes, mientras sacude con cara de asco reglamentario ese pelo impúdico en su rosado coño.

Hacía cosa de poco más de un mes que Mercedes pasaba todos los días por esa cuadra de la Vélez Sarsfield, a toda velocidad, claro. No se había preguntado por qué nunca había parado hasta hoy, cuando quedó clavada en el cordón de la vereda, entre el número 669 y 677 de la cuadra.

Mercedes se quedó encima de la Aurorita, ahí en la frontera que dividía la casa de su abuela y su casa de la infancia. Las fachadas de ambas casas eran tan distintas y a la vez tan iguales, que Mercedes se sacó los lentes de sol y se restregó los ojos para comprobar que lo que veía era verdad.

Ahí estaba Mercedes, clavada en el cordón de la calle, y una nena de unos 12 años salía del portón de la casa del 669. La seguía una niña más chica, de unos 5 ó 4 años. Las dos estaban descalzas y tenían cara de haberse escapado al sueño obligatorio de la siesta.

La nena de 12 años se acercó a Mercedes y elogió su bici. Se alejó corriendo a encontrarse con una barra que la esperaba en la vereda siguiente. La niña más pequeña, la miró de lejos y le dijo “estas vieja”.

No sé cuánto tiempo pasó Mercedes petrificada arriba de la Aurorita mirando a esas niñas. Pudo haber sido un segundo o la eternidad. Lo cierto es que Mónguica y Vimvula treparon al paraíso, que fue su nave; hicieron coronas con las flores amarillas del arbolito del clima; fueron y vinieron jugando a la embopa. Hasta se escondieron detrás de Mercedes cuando a Walter Rauch le tocó contar en la escondida.

Una señora de pelo gris corto salió a la vereda y las llamó a tomar la leche. Otra mujer morena sacó su Da-Dalt y encaró para la avenida Laprida. Ninguna saludó a Mercedes, pero ella las reconoció desde el pasado.

Mercedes se sacudió la nostalgia y siguió su camino por avenida Vélez Sarsfield. Quizás todo eso pasó porque la mañana anterior se había encontrado con la tía Nela, que le trajo su pasado en la cara.

Mientras Mercedes avanzaba a toda velocidad por la cuadra del 600 al 700 de la Veléz Sarsfield, una lágrima le dibujó el cachete y decidió que pasaría por esa calle lo que le reste de vida.

Mercedes en la cama se preguntó cómo había logrado que ese rostro esté ahí: tan alcance de la mano, que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la revolución.

Sí, así se sentía Mercedes: ella revolución, y el pecho se le llenaba de animales en fuga, se le hinchaba el pulmón de tanta vida que la ahogaba a la altura del cuello y le llenaba el tanque de lágrimas de sus ojos. Pero Mercedes no sabía que ella no era la revolución: ese hombre rojo, acostado, suspendido a 3 metros del piso en la Mendoza y calle 6, era su toma de la Bastilla; su Ejército Rebelde; su Emiliano Zapata y Pancho Villa.

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Mercedes en la ducha recordó esos ojos: hasta ese domingo, cuando la luz de la siesta se colaba por cada agujerito de la casa, no había visto esos ojos de un tenue borde verde exterior y al centro ámbar, tan claros que la obligaban a bajar la mirada para no descubrirle el alma.

Mercedes comprendió rápido que no podía sostenerle la mirada. Lo sabía desde ese lunes a la noche cuando lo tenía enfrente y no paraba de hablar como una tarada; mitad maravillada por su presencia ahí, al alcance de su mano; mitad por el miedo espantoso que le producía la existencia de “el problema”.

Mercedes en la ducha no puedo evitar preguntarse hasta cuándo la acompañarían esos ojos. Ahora sí estaba a salvo y todo lo que había vivido valía la pena: esos ojos allá arriba, a unos 20 cm de su cabeza, eran el signo más claro de que había llegado a casa.

Mercedes se sentó en la ducha y apoyó su espalda contra la pared. Cerró los ojos e imaginó que esos ojos asomaban en su entrepierna como mirada de yacaré en el agua y se pensó feliz.

corazón

Mercedes en la ducha pensaba que el pecho se le había abierto y andaba por ahí, desparramando pulmones, alvéolos y corazón a los cuatro vientos. Decía que esto del des amor era como morirse sin haberlo hecho aún. El trámite de desnudarse del amor, de quitarse la piel como yarará y dejarla que se oree a Sol, le producía un profundo embole, sólo comparable con los días de humedad de su tierra.

Mercedes se pensaba que mudar el amor era lo más difícil del mundo y hasta que un nuevo depositario de la demanda amorosa llegue, iba a tener que meterse todo su amor en el pequeño pecho, abollarlo bien chiquitito allí entre la teta izquierda y la derecha, por debajo del esternón. De sólo pensar la faena, Mercedes desistía y se esmeraba en buscar en su teléfono, entre sus conocidos, en los contactos de facebook algún candidato para ejercer la dictadura del cariño en su humanidad.

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Una vez más Mercedes iba a forzar las letras para ajustarlas a las únicas palabras que conocía y que sin embargo no sabían decir nada de ella. Era como un mandato necesario, casi vital entre tanta palabra muda o ahogada que recorría sus días.

Y Mercedes pensaba en el amor y la vida como la misma cosa, sin darse cuenta que el amor y la vida fueron siempre dos buenas enemigas y que en nombre de la vida y sus responsabilidades; la vida misma le iba comiendo vida al amor. Así y contra todo pronóstico, Mercedes torcía su suerte y sentía un amor tranquilo/

que le estrujaba el alma en silencio/

que le alborotaba la mirada para dejarla ahí petrificada y muda ante el subibaja de la yarará que el amor, tranquilo, amor le producía en el ecuador de su cuerpo.

Y era entonces cuando a Mercedes le importaba muy poco la vida y la sucesión de los días o el odio en la oficina y esa forma tan violentamente enferma de ser de sus compañeros y el amor, tranquilo, amor lo inundaba todo, llenando el aire de olor a jengibre, hinchando los pulmones de cannabis y atajando cada bronca con la destreza inverosímil de Lance Amstrong.

Mercedes sabía que tenía que forzar las letras para ajustarlas a las únicas palabras que conocía y que sin embargo no decían nada de ella, así la yarará comía su amor y su vida.

Y otra vez todo tenía sentido. Amén.