Media vida (por MK)

Publicado: 8 mayo 2016 en Literatura Resistente
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Habían pasado seis meses: media vida, se dijo Mercedes y sonrió con esa sonrisa que sonreía hace 15 meses. Mercedes pensaba que ella podría haber hecho a Eloisa, pero lo cierto es que ella, Eloisa, la había hecho mamá: le había enseñado a mirar el mundo de nuevo, con todo el tiempo por delante.

Cuando todavía tenía esa panza, Mercedes pensaba que todo cambiaría, pero nunca sospechó cuánto y cómo: hoy, media vida después de por medio, Mercedes podía decirse feliz de ser mamá: ella que se había entrenado toda a vida para no depender de nadie, ni nadie de ella.

Mercedes sostenía que debían ser pocas las mujeres madres innatas: ser mamá es un ejercicio, el más arduo y lleno de alegría, miedos, incertidumbre, y alegría de nuevo. Y admitirlo era parte de ese ejercicio, así como decirlo, porque en verdad lo que le jodía como mujer, y ahora como madre, era la naturalización del rol; y la naturalización de todo en la vida.

Mercedes dimensionaba eso que le dijo una mujer hace cinco años atrás, en una mañana amanecida de alcohol: ser mamá te hace poderosa. En ese momento, Mercedes pensó que ésta estaba loca y defendía con uñas y dientes su condición de “no menos mujer por no ser madre”.

Pero Mercedes había entendido todo para el traste, como muchas cosas en su vida, y había tenido que latir otra vida y pasarle esa misma vida por el cuerpo para entender que después de la maternidad/paternidad uno vuelve a nacer: se convierte en otro, en muchos sentidos. Es invitado a ver el mundo con ojos nuevos. Se replantea su cordura. Acumula kilos de paciencia. Experimenta los límites del miedo y la incertidumbre. Se reconcilia con su propia madre y entiende por qué siempre se preocupará por uno, aunque uno ya pinte canas. Entiende el sentido de la palabra entrega. Se rinde. Se frustra. Putea. Y todo vuelve a tener sentido cuando esa pequeña manito aprieta tu dedo como si de eso dependiera la sucesión de los días. Y la felicidad de otro es el tamaño de tu felicidad. Y sobretodo entiende la conjugación “estamos creciendo” porque somos dos hasta que un día tu hija te suelte la mano.

Mercedes podía sentir todo esto media vida después: mentiría si dijera que fue así desde el principio. Pero lo importante es que Mercedes abrió su corazón como no creía nunca que podría y ahí está, siendo feliz a pleno.

Claro que tener un hijo no era imprescindible para ser, pero qué fuerte para aquellos que se animan, pensó Mercedes y terminó de teclear apurada porque la patrona de su vida entonaba el llanto desconsolado desde la habitación.

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