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Debería estar escribiendo una columna de opinión sobre la deserción escolar indígena, en esos ejercicios que a veces hacemos para entender este terrible mundo, y sin embargo tu imagen no se desprende de mí.

Afuera la tarde cae al oeste de la ciudad, dibujando en el cielo una capota de nubes negras, que se recorta contra el azul limpísimo de este otoño, y todavía sigues aquí: palpipas en la voz de Zooey Deschannel, en una versión de You really got a holl me, que hoy se me antoja dulcísima.

En la pantalla se cierra un chat con un viejo amigo, al que acabo de mostrarle tu fotografía.

El reproductor te devuelve en In the sun, donde Deschanel nuevamente me dice que no hay peor cosa que ser ignorada.

El estado de feisvuc de una amiga me habla de la gramática primitiva de la fruta y otra vez tu nombre, la huella más auténtica de tu imagen, se retuerce en mi memoria, con un eco insoportable, llamándote desde la soledad de esta caja de zapatos que es mi vida.

Borro, borro, borro. Las palabras se van deformando al galope de mis dedos en el teclado y espanto tu imagen de mi memoria. Intento pensar en otra cosa, concentrarme en las cifras que defenderán la situación indígena de este país. No pasa nada y sólo vuelve la imagen perfecta de anoche: corte de luz general en la peatonal, miles de personas caminando que en segundos se convierten en millares de sombras proyectadas en el piso por el reflejo de las luces de los autos. Te hubiese gustado tanto la imagen, podríamos habernos reído tanto: incluso disfrutar el paseo en esa tormentosa peatonal!

No estas aquí: no sé cómo exorcizar esta ausencia. Pero quizás imagino, que allí donde estés, en algún rincón de esta ciudad plana, algo te andará faltando porque tu imagen o el recuerdo de ella se niega a dejarme.

No sé cómo llegó a mis manos el manuscrito de la novela Tan lejos que olvidar volver, quizás de pura desidia, como sostiene su personaje, Fernando Funes. Pero lo cierto es que allí, con una lucidez bien acertada para mi estado anímico, Funes plantea que todo debe ser olvidado y eso se me antoja a la actitud de Heidegger cuando dejó de escribir porque ya no había nada en el lenguaje para nombrar el dasein.

Quizás la clave, no tan sólo de estos días que me resultan un hastío insoportable, sea esto: olvidar. Olvidar para no volver, ni siquiera a los lugares comunes en los que se sostiene la vida cotidiana. Olvidar con empeño de burro empacado. Olvidar esa nostalgia que nos lastima. Olvidar tu nombre, todos los nombres acuosos de mi memoria. Olvidar para que no duela porque la memoria es presencia de la ausencia y la ausencia es presencia del paraíso perdido, eso que ya no vuelve como dice el tango.

Hoy necesito olvidar, pero olvidar ya, de la noche a la mañana y ahí está el yeite: no se olvida de un sopapo. Olvidar lleva su tiempo, su paciencia, su devenir, su espacio. Es como borrar día a día el costado frío de la cama: tu recuerdo. Como desempolvar esta telaraña en los ojos que nos teje la cotidianidad. Como escupirle a la nada.

Quisiera que mañana el día me despierte con un olvido tan rotundo que ni siquiera me permita respirar.Para sacarme este recuerdo de todo lo que hace de mí este despojo de mujer.

Amén.

Hace muchísimo que no escuchaba este tema, todavía me acuerdo del hijoputa que se llevo mi CD y me dejó la cajita.

Björk, Resistencia, la habitación en la casa de la Elsa, algunas personas, manos, rostros, cuerpos…qué tiempos!

ballard

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.

Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

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Ahora que murió Alfonsín y estamos cerca de la Pascua, y la casa (argentina) sigue tan en “orden” como hace 22 años, me he tomado la libertad de desearles Felices Pascuas con este vídeo hasta el lunes de la semana que viene porque IsabelaVeneno se va de vacaciones por el interior paraguayo, a conocer un poco…

Lo que nos cuesta la vida democrática, Don Raúl!

A Paco Urondo, a Rodolfo Walsh, a los 30.000 desaparecidos y a los que hoy, 33 años después,  sigue desapareciendo el gobierno argentino con su política económica de hambre e ignorancia.

el-devorador-de-pecadosCartel de El Devorador de Pecados, por J Heilborn

¿Cómo es posible plantear una contra-memoria de la memoria colectiva que barajamos? Es decir, no ya la contra-memoria del revisionismo histórico que está a la orden de hacerlo, sino una des-memoria: la narración puesta en una obra de arte que nos relate ese lado eclipsado de la memoria colectiva. La narración del o de los personajes de una dictadura. Una narración que arroje un mínimo de luz sobre los hechos y los personajes cruentos de una dictadura. Más específicamente de la dictadura de Alfredo Stroessner. Y más específicamente en una obra de teatro como El Devorador de Pecados.

Supongamos que la obra de arte es un terreno fértil para trabajar la des-memoria. A partir de esto intentaremos acercarnos desde el ejemplo concreto y aislado de esta pieza teatral a la forma en que la memoria colectiva paraguaya fue escrita a través de la tortura y sus personajes en la dictadura de Stroessner.

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