Posts etiquetados ‘lucas brito sánchez’

la fundación de japón tapa

La fundación de Japón es la nueva novela de Lucas Brito Sánchez, conocido en como poeta y cronista. La presentación fue el jueves en Las Chatas Bar y estuvo comandada por dos consagrados de literatura chaqueña: Rocío Navarro y Miguel Ángel Molfino. El libro fue publicado por Librería Contexto, a quien se agradece la apuesta por lo local,  y forma parte de los títulos de la Colección Mulita, dirigida por Mariano Quirós y Pablo Black, que esta vez se lucieron con el cuidado de la edición. Las palabras del autor se completan con las ilustraciones de Sebastián Curutchet, en tapa, y Jarumi Nishishinya en el interior. Lo encuentran a $78 en la librería, en French e Irigoyen.

(más…)

UNO Menuda tarea la de escribir acerca de la poesía, más aún cuando a este inmenso sustantivo añadimos un gentilicio: chaqueña. No sé si existe la poesía chaqueña, japonesa, paraguaya o lo que sea. Sí sé que la poesía de este rincón del mundo que me toca habitar tiene el nombre de mis amigos. Sí sé que la poesía de mis amigos es escrita con algodón en la garganta, con dedos temblorosos que galopan un teclado o empuñan la birome, en los momentos más solos, más inmensos, más profundamente íntimos, donde uno comienza a cercar la muerte, donde encierra la soledad para decirle que se vaya, que nos deje vivir de tanta esperanza. Y también sucede, que la poesía que escriben mis amigos es un grito de libertad, un rayo de sol ardiente en una siesta de otoño, un lugar en el que descansar este animal herido que llevo en el costado izquierdo, abrir la puerta y salir jugar. La poesía que escriben mis amigos, la poesía de este rincón del mundo que me toca habitar, es “vivir como si la vida fuera una especie de locura que hace la muerte”, como dice Clarice Lispector. Así que, a la salú de esta suerte de locura que es leer y vivir la poesía que escriben mis amigos van estas líneas.

(más…)

El acusado confesó, no soportó el peso de sus nalgas. Sólo falta resolver el problema de la bolsa de basura.

se sumerge sin llegar a la cintura – lava el plato y la cuchara de madera – invierno, el arroyo no se congeló – en la orilla

envuelve los pies con un trapo grueso – pasan unos minutos – donde nadie escucha un lamento, ella recita oraciones

para Buda – que no da respuestas – Buda recita acertijos – ella no los usa – no le interesa la profundidad – sólo una

costumbre, antes de volver a casa y juntar leña en el camino – ¿qué tan peligroso será no tener los pies en la tierra? –

pero ella nunca llegó a la orilla – se demoró – la corriente arrastraba un hoja completa de diario – en su pierna se enredó

– de rodillas se puso a leer – y apareció otra hoja – el arroyo se congeló ese invierno – ya no reza – no pudo ir más allá de

la semiótica – su miedo tiene olor de agua congelada

crusoe

Antes de irme a vivir con los cangrejos anduve un tiempo rondando un hormiguero, para ver si daba lástima y me dejaban entrar. Me sentaba al borde y esperaba. Si en boca cerrada no entran moscas, yo nunca me callé, así que me entraron como 56 ese día al lado del hormiguero.

Me fue mal con las hormigas. En esa comuna andaban todos muy de ocupados acarreando cosas. ¡Todos en lo suyo, a sus larvas!

Nuestra relación se terminó después de varios intentos míos de que incorporen como herramienta de trabajo a la bicicleta. Les expliqué que si acortaban los tiempos de carga y descarga metiéndole al pedal, tendrían tiempo disponible para los besos y los celos. Y no habría necesidad de tratar tan mal a los zánganos.

Me aguantaba que no acepten mis recomendaciones, pero el crusoismo es una religión incómoda. Crusoe fue un farsante. Sobrevivió gracias a su parasitismo. Siete comunidades de hormigas hembras le dieron de comer después de su naufragio. Antes de irme derrumbe a patadas tres murales de Robinson al óle

los 70s

Una tapa de olla. Una tapa de botella. Una de ataúd. No. Esta historia tiene como fondo una tapa de inodoro y una pareja de amigos.

Salieron un año y se fueron a vivir juntos. Sin hijos. Pasa el tiempo. Acomodan muebles. Eligen pintura. Allí debería ir el aire acondicionado, allí una puerta. Las obsesiones van ganando espacio. Pequeñas erupciones que atormentan. Él cree que ella no tiene en cuenta ciertas cosas, como no bajar la tapa del inodoro para que el gato no tome agua de ahí. El problema quizá es el gato. Ella se ríe nerviosa. Dice que hay que dejarlo que haga su berrinche algunos días.

Ella sigue olvidando la tapa levantada.

Un día hacen una fiesta. Llegan amigos y extraños. Discuten en la pieza por lo de la tapa. Otra pareja se va. Toman la ruta. Se detienen a un costado. Terminan cervezas en lata. Toman una línea de cocaína. Él lo besa. Él también. Se piden perdón. Eso no está bien. Se cuentan a quienes extrañan realmente.

Martes. El hombre gordo
habla solo pero no está solo,
lo abruman cartas de oyentes
y la nicotina
y quién sabe que otros demonios, dulces y agrios
de la duda.

Corren los ‘90 y por el micrófono invita
a pensar motivos para vivir
ha hecho una lista cursi, y la lee.
Hay un puente muy corto entra la dicha
y la desgracia. Dos ríos que corren paralelo
sabemos que se tocarán
cuando no haya más motivos
para escapar
.

El almirante Cordero Vega tiene sus motivos.
No hace mucho que empezó
a tomar en serio los deseos escritos,
no hace mucho empezó a dejar
de tener miedo
de los pensamientos terremotos
que devoran la cabeza de los fieles.
Uno de esos deseos escritos era un libro
que no lo convencía gastar,
y Henri Michaux recorriendo Asia
se aparece en una edición usada y barata.
Un deseo menos que perseguir. Muchos
se espantan cuando la vida les sale como quieren.

No hay absolutos para el almirante:
hay hombres que “son buenos porque tienen miedo”
como dice la canción que fue puesta
para que el almirante si siente
e intente ordenar sus razones para vivir.
No tiene nada en el hígado
nada en su corazón; consume moderadas grasas
cambió alcoholes por té.

Sábado. El almirante despertará
con una sonrisa idiota
que dura lo que dura
el corazón de un picaflor
porque matarse es una cosa vana
como escribir inventarios para vivir.

El hombre gordo ríe y fuma.
Invita a los oyentes a andar en bicicleta,
ver dormir a un hijo, perder el tiempo.
Puede ser.