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En momentos como éstos, cuando quiero escribir algo sobre la muerte de Nisman y que ese mismo texto me sirva para ganar un concurso, me acuerdo de la reflexión de un gran amigo: “Mucho de lo que escribo no me representa, ¿así qué para qué voy a firmarlo?”. Y sí me digo para mis adentros: no hay más que resignarse a tan tremebunda iluminación.

Algunos hablan del “bloqueo de escritor”, otros del “síndrome de la página en blanco”, pero a los 35 años debería reconocer que no sufro de ninguna de las dos, que mi diagnóstico se acaba en la simple y llana sentencia de “usté no sirve pa’ esto m’hija”. Mi constante es la página en blanco, la haraganería: el estado normal de mi cerebro es el bloqueo, pero el general, no sólo el de escritor. Aún así tengo la nueva fortuna de vivir de la palabra y no vivo mal, y cada tanto eso que escribo le sirve a alguien para llegar al cine a tiempo o escuchar buena música, que no es poca cosa.

En esta revelación de la página en blanco me encontré cuando juntaba data para el texto del concurso La historia la ganan los que escriben, porque claro que iba a copiar la estructura de los textos que escribía el Gordo Soriano sobre la figura de su padre, tan contradictoria y clara a la vez, como los tiempos políticos que nos tocan vivir. Y me zambullí de lleno en las líneas de Osvaldo, en esa forma que tiene de decirte la verdad más profunda con la claridad de una cachetada en la mitad de la jeta, pero con la suavidad del cariño, y así fue como me comí el sopapo de que el cielo de la escritura no me pertenece.

Aun así no me desanimé y el tiempo de escritura se fue con la lectura de Soriano: hay giros maravillosos, sentencias estupendas e imágenes poderosas en su literatura. Quién mejor que el Gordo para decirte que la memoria colectiva es una “cosa íntima e intransferible” o que estamos así porque “en los años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costa por sobre la idea de la felicidad compartida”.

Miré mi página en blanco del concurso como exorcizándola a que se escriba sola algo memorable y no pasó nada: decidí ir a cocinar esos fideos con camarones que esperaban en la heladera. Mi destino es la página en blanco, agradezco vivir del ejercicio de la palabra y que las palabras de Soriano estén estampadas en mi espalda.

Loca como una cabra

Publicado: 30 diciembre 2014 en Lo que curioseo
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cabra

Mercedes incursionó en cuanta calaña de curanderas, manosantas y chamanes se le cruzaron en su corta vida, hasta que cayó en la fascinación burguesa del horóscopo chino y la maquinaria editorial de Ludovica Squirru. Allí mismo depositó la suerte de sus días y el año que se asomaba detrás de la lluvia, era el año de la cabra de madera.

Mercedes se pensó que la cabra de madera le traería las bondades que su amigo el caballo no supo:  por ejemplo, entrar de prepo en algún jean del pasado, como si fuera un caballo de Troya; o conquistar el imposible laboral de convertir en trabajo la presencia de quien no hace nada.

Mercedes se lo pensó nuevamente: el caballo no había sido tan malo, al menos alejó con sus patadas a los ladrones de emociones y atrajo a una patota de cínicas del cariño, capaces de brindar una montaña rusa de alegría, comidas, miserias y soledades compartidas. Y sin dudas, el equino se había traído consigo a esos dos tránfugas que llenaban sus días.

El saldo era rojo, como la revolución que Mercedes soñaba: esa de adentro y personal, con la otra de afuera y colectiva. Había comidas y ceremonia; cada tanto alguien venía de la otra margen del río; todavía estaban abiertos los ojos de su madre; cada encuentro con sus hermanas era una celebración; los mostros crecían de a metros, ganándole experiencia a la vida y su cuñado seguía soportándolas: a su hermana, a ella, a su otra hermana y a su madre, que no era poca cosa.

Ni falta ni resto, se dijo Mercedes. Al final de cuentas la vida era esa empinada montaña que ella, loca como una cabra, estaba dispuesta a subir y bajar.

Arroz con azafrán y pollo (2)

Están siendo tiempos de transición en mis días: un cambio que no termina de completarse, que no inaugura un nuevo tiempo; y esa suerte de limbo afecta siempre mi voluntad de hacer cosas, especialmente cocinar. Termino cayendo en la trampa del delivery a falta de mejor cosa y los platos más sencillos ni siquiera son imaginados.

Para ahuyentar esa suerte y compartir un sabor casero, el otro día me animé con éxito a este arroz azafrán: una receta sencilla, nada rebuscada, rápida y deliciosa. El truco de este arroz azafrán es el uso de hierbas frescas: ponele todo lo que tengas, minutos antes de apagar el fuego y dejarlo reposar antes de llevarlo a la mesa.

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“Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias”. 

Osvaldo Soriano. Algunas caídas.

Ahora que Raúl Rauch es sospechoso de un homicidio y Ariel Escobar apareció muerto, tirado en el canal de la Soberanía Nacional, seguro que a mi padre le gustaría seguir tan muerto como está. Debe estar pintando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno, sentado frente al motor desarmado de una 250 como lo recuerdo todavía.

Es la primavera o el verano del ’87. Hace poco menos de un año que nació Vimvula y Patricia todavía no sale con Dani. Yo tengo entre 7 y 8 años y voy a buscar una leche a Don Tito, para tomar mi Nesquik. Es una tarde cualquiera en la cuadra de Vélez Sarfield, entre Savedra y Córdoba, y a la altura de la entrada del garaje del taller de mi viejo está estacionado el camión Volvo del vecino: una tremenda máquina en la que jugábamos con Ariel y Walter cuando encontrábamos la puerta sin traba.

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Sentada en el water, con los calzones a la altura de la rodilla, Mercedes se limpia la entrepierna y mira el papel higiénico, en un gesto automático. Mientras piensa el sin sentido de ese movimiento, Mercedes advierte la presencia de un vello, largo, enrulado, negro, en el centro mismo y blanco del papel, ahora húmedo.

Mercedes sonríe y recuerda: la huella de la mañana revolcada, esa en donde él taladró a fuerza de martillo, una y otra vez, sus tres millones de terminales nerviosas. Acerca el papel a su nariz y aspira con fuerza: todavía adivina el sabor de su sexo en ese resto de vida que él vuelca dentro de ella cada vez que se aman.

“Algo dentro mío”, dice Mercedes: suspira y piensa en las cientos de huellas microscópicas, invisibles que dentro de ella, dentro de él, se van quedando como restos del amor: como eso que ni la realidad les puede quitar una vez que se calzan el traje de humanos y salen a ponerle el pecho y las manos al corazón y a la vida.

Mercedes se queda mirando el pelo, diciéndose que es la huella indescriptible y muda de un momento tan efímero como pleno: mueca silenciosa, como los restos de los otros que amamos y están allí, agazapados en la forma de la queja y de la alegría y de la miseria que ejercemos día a día con los nuevos otros.

“Todos los otros, algo dentro mío y yo ahí, algo dentro de esos otros: la victoria del pasado, aquí y ahora”, piensa Mercedes, mientras sacude con cara de asco reglamentario ese pelo impúdico en su rosado coño.

Hacía cosa de poco más de un mes que Mercedes pasaba todos los días por esa cuadra de la Vélez Sarsfield, a toda velocidad, claro. No se había preguntado por qué nunca había parado hasta hoy, cuando quedó clavada en el cordón de la vereda, entre el número 669 y 677 de la cuadra.

Mercedes se quedó encima de la Aurorita, ahí en la frontera que dividía la casa de su abuela y su casa de la infancia. Las fachadas de ambas casas eran tan distintas y a la vez tan iguales, que Mercedes se sacó los lentes de sol y se restregó los ojos para comprobar que lo que veía era verdad.

Ahí estaba Mercedes, clavada en el cordón de la calle, y una nena de unos 12 años salía del portón de la casa del 669. La seguía una niña más chica, de unos 5 ó 4 años. Las dos estaban descalzas y tenían cara de haberse escapado al sueño obligatorio de la siesta.

La nena de 12 años se acercó a Mercedes y elogió su bici. Se alejó corriendo a encontrarse con una barra que la esperaba en la vereda siguiente. La niña más pequeña, la miró de lejos y le dijo “estas vieja”.

No sé cuánto tiempo pasó Mercedes petrificada arriba de la Aurorita mirando a esas niñas. Pudo haber sido un segundo o la eternidad. Lo cierto es que Mónguica y Vimvula treparon al paraíso, que fue su nave; hicieron coronas con las flores amarillas del arbolito del clima; fueron y vinieron jugando a la embopa. Hasta se escondieron detrás de Mercedes cuando a Walter Rauch le tocó contar en la escondida.

Una señora de pelo gris corto salió a la vereda y las llamó a tomar la leche. Otra mujer morena sacó su Da-Dalt y encaró para la avenida Laprida. Ninguna saludó a Mercedes, pero ella las reconoció desde el pasado.

Mercedes se sacudió la nostalgia y siguió su camino por avenida Vélez Sarsfield. Quizás todo eso pasó porque la mañana anterior se había encontrado con la tía Nela, que le trajo su pasado en la cara.

Mientras Mercedes avanzaba a toda velocidad por la cuadra del 600 al 700 de la Veléz Sarsfield, una lágrima le dibujó el cachete y decidió que pasaría por esa calle lo que le reste de vida.

Capelittini carne ahumada

Hace poco más de dos semanas fui a pasar el cumpleaños de una amiga que vive en Sáenz Peña, una ciudad a 160 km de Resistencia. Allí, en la calle 12, está la cooperativa La Unión, un emprendimiento de los eslavos de la zona.

Croatas, servios, eslovacos, montenegrinos se juntaron para que podamos disfrutar de la chacurtería de su tierra natal en el corazón del Chaco. Si vas a Sáenz Peña, pasar por La Unión es una visita obligada. Podes encontrar carnes ahumadas, lomos, salchichas, quesos, salchichones, pollos ahumados: todos con el método tradicional de ahumado en tambores y a leña, nada de artefactos eléctricos.

El día que fui sólo había carne ahumada de cerdo: me traje un generoso pedazo y una pieza de queso casero. Delicias! Pensé en comerlos en una picada, pero un día se me antojaron unos capelettini, así que acá va la receta de capelittini con carne ahumada, un plato que lleva menos tiempo prepararlo que lo que tarda el delivery.

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