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Estoy leyendo Cuadernos de crianza, un diario de un papá enamorado que cuenta las vicisitudes de estos mostros que llamamos hijos. Se lo regalé a Aldo para que viva su paternidad de otra forma y terminé  aplicando las fórmulas que propone el papá de Gretel (y me refiero a él así porque desde que uno tiene un hijo, el nombre desparece y nos convertimos “en la mamá de” o “el padre de tal”).

Ayer en la sala de espera del médico leí sobre el Efecto Beatles y decidí ponerlo en práctica a la noche. Mi mostra ya tiene un año, pero hace unos meses viene complicada  para relajarse y conciliar el sueño, sea de siesta o de noche. De más está decirles que esto sólo lo hace conmigo (muy especialmente) y a veces con el padre.

Hay dos cosas que uno pierde en la maternidad/paternidad: la objetividad y la capacidad de decirse verdades a uno mismo. Para mí va la segunda en relación al sueño de Eloisa: me cansé de andar por el mundo comentando lo bien que dormía mi hija y lo nada que me costó ser madre, en términos de sueño. Mentira!, o al menos ahora que es más grande esto es mentira porque Eloisa no duerme tan de corrido como me gustaría y pone a prueba mi umbral de paciencia, específicamente a la noche cuando tengo todo el peso del día.

Ni hablemos del momento mismo de dormir: su cuerpo establece una batalla campal con mis brazos y se retuerce como loco en camisa de fuerza. Claro que todo esto lo hace ya casi dormida porque uno la mira a la cara y tiene los ojitos cerrados, parece casi un ángel: un ángel endemoniado que se resiste a pasar al mundo de Morfeo. Luego de 30 minutos o una hora de brazos, canciones susurradas, música para relajar bebés, paseos, hamaqueo y acostarse frente con frente en la cama, Eloisa decide finalmente dormir y su cuerpecito se vuelve una bolsa de papa.

Anoche, por obra y gracia del Efecto Beatles, después de escuchar sin ninguna sensibilidad Across the universe, Eloisa sucumbió en 20 minutos a la melodía de While my guitar gently weeps, casualmente uno de mis favoritos:

Veremos si la magia se repite: en cuestión de hijos, nada es fija.