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penumbra

Estoy rota, pensó María. El final de la tarde entraba por una rendija del parasol. La habitación estaba a oscuras y los restos de luz batallaban por inundar la escena: la penumbra se posaba en la cama, a pocos centímetros de su nariz se dibujaba una suerte de oleaje hecho de claroscuros y pliegues de sábanas; después del territorio de la cama apenas se distinguían los contornos de una cajonera y seguro detrás, la pared era un inmaculado telón negro.
María miraba todo esto con los ojos perdidos en ese haz de luz del parasol y retenía en su memoria este momento efímero: una catarata serena de lágrimas surcaba sus cachetes; lo único real era la respiración pausada de su hija: su cuerpecito blanco, bolsa de papa, entregado a un sueño profundo que se había negado en la siesta.
Se sentía cansada, qué decir: estaba rendida, agotada, agobiada, angostada. No sabía si un puñal invisible estaba clavado hace unos días en su pecho o un puño agarrotaba su garganta: ella solo podía llorar como autómata mientras la luz todavía insistía en bañar la escena.

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Habían pasado seis meses: media vida, se dijo Mercedes y sonrió con esa sonrisa que sonreía hace 15 meses. Mercedes pensaba que ella podría haber hecho a Eloisa, pero lo cierto es que ella, Eloisa, la había hecho mamá: le había enseñado a mirar el mundo de nuevo, con todo el tiempo por delante.

Cuando todavía tenía esa panza, Mercedes pensaba que todo cambiaría, pero nunca sospechó cuánto y cómo: hoy, media vida después de por medio, Mercedes podía decirse feliz de ser mamá: ella que se había entrenado toda a vida para no depender de nadie, ni nadie de ella.

Mercedes sostenía que debían ser pocas las mujeres madres innatas: ser mamá es un ejercicio, el más arduo y lleno de alegría, miedos, incertidumbre, y alegría de nuevo. Y admitirlo era parte de ese ejercicio, así como decirlo, porque en verdad lo que le jodía como mujer, y ahora como madre, era la naturalización del rol; y la naturalización de todo en la vida.

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Todo era amor. Amor creciendo. Vómito de amor. Amor mareado. Amor desequilibrado. Descerebrado amor. Amor redondo y estriado. Amor hinchado de pies a cabeza. Amor recostado, de izquierda mejor.

Y cuando pensaste que ya no podías soportar más amor, llegó el amor del bueno. Amor en el llanto. Amor en los dedos largos y finos que se prendían de tu dedo como si de ello dependiera el mundo, la sucesión de los días. Amor en los ojos hinchados que apenas se abrieron a la vida para ver la vida misma por primera vez. Amor en la succión: amor y dolor. Amor de mierda, literal amor a la mierda. Amor odioso a los cólicos y sus efectos. Amor, amor, amor: miradas de amor al dormir; miradas de amor para tetear, miradas de amor porque sí: para conocer más el amor.

Donde mirabas había amor y nunca lo habías visto: los ojos de ver se llenan de telarañas de odio en el vivir y olvidan el amor. El amor de los ojos de tu vieja. El amor del abrazo necesario entre hermanos cuando las papas queman. El amor de los amigos, ese que está ahí siempre. Amor en el viento que te golpea la cara cuando andas en bici. Amor al olor de los libros, sí nuevos mejor. Amor al olor a tierra mojada o tostadas en la mañana. El amor entrañable de las mañanas de otoño en estas latitudes calientes. Amor a la nariz estampada contra las sábanas después de una noche de sexo. Amor al estirar la mano y adivinar con las yemas la humanidad de tu compañero. El amor excitante de las ciudades desconocidas. Amor vértigo de la hamaca y los viajes. El amor a la tarea cumplida. El amor que late en el silencio.

Lo importante es que el amor vuelve para devolverme los amores olvidados: está ahí, va creciendo, metiéndose el mundo por la boca, chupando, durmiendo, berrincheando y sonriendo. En la medialuna que le dibuja la alegría en la cara tu corazón estalla de amor y todo tiene sentido.

eco latidos

No sé cuántas veces había estado en la misma y única situación en la que un hombre te dice “sacate la ropa interior y abrí las piernas” con la misma delicadeza que se pide un paquete de cigarrillos en un kiosco.


Mientras me bajaba el calzón, que se enredaba en mis pies porque todavía no me había descalzado, alcancé a ver a Aldo, ahí sentado en la silla al pie de la camilla. Pensé en los tipos, en este momento extraño, que acompañan a su mina al control ginecológico y tienen que sufrir la pequeña vergüenza pública de verla desnudarse, sin ninguna resistencia, frente a otro. Me lo imaginé diciéndole a su cerebro que ponga cara de nada, todo normal, todo cool, es sólo el médico. O no: nunca iba a entender a los tipos, ni siquiera me entendía a mí.

Concha al viento, me subí a la camilla y trabé las piernas en los estribos. Frente a mí, arriba, tenía una pantalla en blanco y negro que iba a mostrarme la imagen que había venido a buscar. Ya recostada me dije qué boluda, había olvidado mis lentes. Miré a mi derecha y el médico colocaba un preservativo en una suerte de tubo y lo simpatizaba con un gel lubricante.

La inserción no fue ninguna novedad y casi que ni lo sentí, para mi vergüenza.

Lo importante sucedía en esa pantalla borrosa pero yo no alcanzaba a ver con claridad. Recién entendí cuando el latido inundó la sala y era un pum pum pum intenso dentro y fuera de mí. La vida tenía ya otro sentido. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí los dedos de Aldo tocando mi pie, mientras me sonreía. Me quedé congelada. La mirada fija en la pantalla y el corazón en mis oídos, tratando de imaginar el rostro de esos latidos.

 

*Micro crónica para el Festival de Crónicas Nómades del Centro Cultural Alternativo, ilustración del artista Luciano Acosta, mayo 2015.

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En momentos como éstos, cuando quiero escribir algo sobre la muerte de Nisman y que ese mismo texto me sirva para ganar un concurso, me acuerdo de la reflexión de un gran amigo: “Mucho de lo que escribo no me representa, ¿así qué para qué voy a firmarlo?”. Y sí me digo para mis adentros: no hay más que resignarse a tan tremebunda iluminación.

Algunos hablan del “bloqueo de escritor”, otros del “síndrome de la página en blanco”, pero a los 35 años debería reconocer que no sufro de ninguna de las dos, que mi diagnóstico se acaba en la simple y llana sentencia de “usté no sirve pa’ esto m’hija”. Mi constante es la página en blanco, la haraganería: el estado normal de mi cerebro es el bloqueo, pero el general, no sólo el de escritor. Aún así tengo la nueva fortuna de vivir de la palabra y no vivo mal, y cada tanto eso que escribo le sirve a alguien para llegar al cine a tiempo o escuchar buena música, que no es poca cosa.

En esta revelación de la página en blanco me encontré cuando juntaba data para el texto del concurso La historia la ganan los que escriben, porque claro que iba a copiar la estructura de los textos que escribía el Gordo Soriano sobre la figura de su padre, tan contradictoria y clara a la vez, como los tiempos políticos que nos tocan vivir. Y me zambullí de lleno en las líneas de Osvaldo, en esa forma que tiene de decirte la verdad más profunda con la claridad de una cachetada en la mitad de la jeta, pero con la suavidad del cariño, y así fue como me comí el sopapo de que el cielo de la escritura no me pertenece.

Aun así no me desanimé y el tiempo de escritura se fue con la lectura de Soriano: hay giros maravillosos, sentencias estupendas e imágenes poderosas en su literatura. Quién mejor que el Gordo para decirte que la memoria colectiva es una “cosa íntima e intransferible” o que estamos así porque “en los años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costa por sobre la idea de la felicidad compartida”.

Miré mi página en blanco del concurso como exorcizándola a que se escriba sola algo memorable y no pasó nada: decidí ir a cocinar esos fideos con camarones que esperaban en la heladera. Mi destino es la página en blanco, agradezco vivir del ejercicio de la palabra y que las palabras de Soriano estén estampadas en mi espalda.

“Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias”. 

Osvaldo Soriano. Algunas caídas.

Ahora que Raúl Rauch es sospechoso de un homicidio y Ariel Escobar apareció muerto, tirado en el canal de la Soberanía Nacional, seguro que a mi padre le gustaría seguir tan muerto como está. Debe estar pintando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno, sentado frente al motor desarmado de una 250 como lo recuerdo todavía.

Es la primavera o el verano del ’87. Hace poco menos de un año que nació Vimvula y Patricia todavía no sale con Dani. Yo tengo entre 7 y 8 años y voy a buscar una leche a Don Tito, para tomar mi Nesquik. Es una tarde cualquiera en la cuadra de Vélez Sarfield, entre Savedra y Córdoba, y a la altura de la entrada del garaje del taller de mi viejo está estacionado el camión Volvo del vecino: una tremenda máquina en la que jugábamos con Ariel y Walter cuando encontrábamos la puerta sin traba.

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Sentada en el water, con los calzones a la altura de la rodilla, Mercedes se limpia la entrepierna y mira el papel higiénico, en un gesto automático. Mientras piensa el sin sentido de ese movimiento, Mercedes advierte la presencia de un vello, largo, enrulado, negro, en el centro mismo y blanco del papel, ahora húmedo.

Mercedes sonríe y recuerda: la huella de la mañana revolcada, esa en donde él taladró a fuerza de martillo, una y otra vez, sus tres millones de terminales nerviosas. Acerca el papel a su nariz y aspira con fuerza: todavía adivina el sabor de su sexo en ese resto de vida que él vuelca dentro de ella cada vez que se aman.

“Algo dentro mío”, dice Mercedes: suspira y piensa en las cientos de huellas microscópicas, invisibles que dentro de ella, dentro de él, se van quedando como restos del amor: como eso que ni la realidad les puede quitar una vez que se calzan el traje de humanos y salen a ponerle el pecho y las manos al corazón y a la vida.

Mercedes se queda mirando el pelo, diciéndose que es la huella indescriptible y muda de un momento tan efímero como pleno: mueca silenciosa, como los restos de los otros que amamos y están allí, agazapados en la forma de la queja y de la alegría y de la miseria que ejercemos día a día con los nuevos otros.

“Todos los otros, algo dentro mío y yo ahí, algo dentro de esos otros: la victoria del pasado, aquí y ahora”, piensa Mercedes, mientras sacude con cara de asco reglamentario ese pelo impúdico en su rosado coño.