Archivos de la categoría ‘Osvaldo Soriano’

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En momentos como éstos, cuando quiero escribir algo sobre la muerte de Nisman y que ese mismo texto me sirva para ganar un concurso, me acuerdo de la reflexión de un gran amigo: “Mucho de lo que escribo no me representa, ¿así qué para qué voy a firmarlo?”. Y sí me digo para mis adentros: no hay más que resignarse a tan tremebunda iluminación.

Algunos hablan del “bloqueo de escritor”, otros del “síndrome de la página en blanco”, pero a los 35 años debería reconocer que no sufro de ninguna de las dos, que mi diagnóstico se acaba en la simple y llana sentencia de “usté no sirve pa’ esto m’hija”. Mi constante es la página en blanco, la haraganería: el estado normal de mi cerebro es el bloqueo, pero el general, no sólo el de escritor. Aún así tengo la nueva fortuna de vivir de la palabra y no vivo mal, y cada tanto eso que escribo le sirve a alguien para llegar al cine a tiempo o escuchar buena música, que no es poca cosa.

En esta revelación de la página en blanco me encontré cuando juntaba data para el texto del concurso La historia la ganan los que escriben, porque claro que iba a copiar la estructura de los textos que escribía el Gordo Soriano sobre la figura de su padre, tan contradictoria y clara a la vez, como los tiempos políticos que nos tocan vivir. Y me zambullí de lleno en las líneas de Osvaldo, en esa forma que tiene de decirte la verdad más profunda con la claridad de una cachetada en la mitad de la jeta, pero con la suavidad del cariño, y así fue como me comí el sopapo de que el cielo de la escritura no me pertenece.

Aun así no me desanimé y el tiempo de escritura se fue con la lectura de Soriano: hay giros maravillosos, sentencias estupendas e imágenes poderosas en su literatura. Quién mejor que el Gordo para decirte que la memoria colectiva es una “cosa íntima e intransferible” o que estamos así porque “en los años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costa por sobre la idea de la felicidad compartida”.

Miré mi página en blanco del concurso como exorcizándola a que se escriba sola algo memorable y no pasó nada: decidí ir a cocinar esos fideos con camarones que esperaban en la heladera. Mi destino es la página en blanco, agradezco vivir del ejercicio de la palabra y que las palabras de Soriano estén estampadas en mi espalda.

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Ilustración de MeGustaTuRemera

Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía “Perón cumple, Evita dignifica”, era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.

Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda.

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A Peregrino Fernández le decíamos el Mister por¬que venía de lejos y decía haber jugado y dirigido en Cali, ciudad colombiana que en aquel pueblo de la Patagonia sonaba tan misteriosa y sugerente como Estrasburgo o Estambul.

Después de que nos vio jugar un partido que per¬dimos 3 a 2 o 4 a 3, no recuerdo bien, me llamó aparte en el entrenamiento y me preguntó:

—¿Cuánto le dan por gol?
—Cincuenta pesos —le dije.
—Bueno, ahora va a ganar más de doscientos —me anunció y a mí el corazón me dio un brinco porque apenas tenía diecisiete años.
—Muy agradecido —le contesté. Ya empezaba a creerme tan grande como Sanfilippo.
—Sí, pero va a tener que trabajar más —me dijo enseguida—, porque lo voy a poner de back.
—Cómo que me va a poner de back —le dije, creyendo que se trataba de una broma. Yo había jugado toda mi vida de centro-delantero.
—Usted no es muy alto pero cabecea bien —insis¬tió—; el próximo partido juega de back.
—Discúlpeme, nunca jugué en la defensa —dije—. Además, así voy a perder plata.
—Usted suba en el contragolpe y con el cabezazo se va a llenar de oro. Lo que yo necesito es un hombre que se haga respetar atrás. Ese pibe que jugó ayer es un angelito.

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el-mario

Alguna edípica, tanática  razón me ha llevado a releer este cuento de Soriano…

Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.

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