Posts etiquetados ‘cuento’

A los chicos del barrio

Siempre que voy a emprender la vuelta a Resistencia se me vuelven en la memoria algunas de sus calles o personas, y es entonces cuando me veo otra vez montada en una bicicleta prestada, yendo a toda velocidad por la vereda de Vélez Sarsfield, sintiendo como el viento Norte me sopapea la cara. O si no es ese primero de enero del 2000 y el calor aplastante de 52º grados a la sombra, la resaca de la noche anterior y Manuel llegando en bicicleta a la puerta de mi casa, destrozado porque su novia lo dejó.

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Ahora que Boca le ganó a River por 1 a 0 en el Monumental y Cristina está fulera de salud, a mi viejo le gustaría seguir tan muerto como está. Lo imagino pitando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno y lamentando que la suerte política sea tan grela en este país y los clásicos sean más aburridos que chuparse un clavo.

Lo imagino así porque lo veo con la misma cara de pena con la que salió de una verdulería de Salta un febrero de 1991. Boca y River se disputaban la Copa Libertadores en La Bombonera. Los xeneizes ya habían ganado los amistosos de verano y lo tenían de hijo a los gallinas, pero ese día el verdulero, riverista a muerte, le decía socarronamente a mi viejo (que ya lo había olido boquense) que Boca perdía 3 a 1 en el primer tiempo.

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A mi subcampeón argentino de mountain bike

Lo más parecido a la eternidad era quedarme así, apenas encima del colchón, envuelta como una oruga de mantas, mirándote dormir, soñando un sueño en donde todavía me querías, un sueño tibio de otoño en el que íbamos a toda velocidad por las calles polvorientas de Villa Fabiana una siesta cualquiera del año pasado.

Te miré fijo hasta que tu cara comenzó a nublarse y convertirse en tu mano que serpenteaba por debajo de kas sábanas y mantas hasta llegar a mi cintura y dibujarme un trasero que sólo tu tacto podía hacer apetecible. Tus dedos volvieron por todo lo largo del muslo, pasando suavemente por mi pubis hasta borrarme de un roce el pliegue de pancita que ya comenzaba a criar. Llegaste a mi espalda, donde tu caricia traía el amor de todos los hombres, y allí te quedaste dibujándome círculos a la altura del tatuaje de Soriano, para subir luego hasta mi nuca y provocar una tormenta de piel de pollo a mar abierto en todo mi cuerpo, del dedo chiquito del pie en oleadas interrumpidas hasta el remolino que corona mi gran cabeza. Me estremecí como un niño con bicicleta nueva y atiné a soltar un suspiro hondo y profundo. Antes de que pudiera notarlo estaba boca arriba, contigo encima mío, recitándole no sé qué secretos a mis tetas, mis diminutas tetas, que alegres recibían uno a uno tus besos. Sentí la fuerza de tu sexo penetrándome con calculada delicadeza. Uno, dos, tres, cuatro y mi cuerpo se curvaba de amor, de alegría y todas esas cosas que no se pueden nombrar con palabras y sólo se sienten en la piel, bien adentro. Tu cara rozaba la mía, balbuceabas algo que no llegué a distinguir y me mirabas así, como antes y como ahora, con esos ojos de ternero brillantes y un poco vidriosos, de un marrón único y cubierto de espesas pestañas negras. Sé que te amé y lo dije, no sé si me escuchaste. Muy dentro mío grité y grité que te amaba, dije que me asustaba la vida y que era bien duro dejarte ir.

Lo más parecido a la soledad es la inminencia de tu ausencia aquí, apenas prendido de nuestra vida, envuelto en un mandato confuso que no comprendemos y que aceptamos con dócil obediencia. Y yo te miro dormir en este colchón de una plaza, donde a veces todavía vuelvo porque nuestra cama es un inmenso mar que ahoga mis esperanzas, y espero a que abras los ojos y me sonrías hasta que un día ya no estés más.

Últimamente me abstengo de recordar e incluso compartir esas memorias con familiares y amigos porque el pasado se me antoja angustiante en estos días. Sin embargo hoy, después de leer este maravilloso texto de Rodrigo Fresán, no pude frenar el vértigo con el que volvió un recuerdo de juventud: el robo de Tratado Semiótica General de Umberto Eco, libro que me afané de la biblioteca de mi facultad.

Recuerdo que ese día habíamos ido con Lucas, consumado profesional del punguismo librero, a la biblioteca de nuestra facultad: una habitación pequeña que tenía más de zaguán o baño que de biblioteca misma. Cuatro o cinco estantes a punto de desmoronarse conservaban la literatura más retrógrada de la historia de la comunicación, pero allí en el medio, brillando flamente estaba Tratado de Semiótica General. Para mí era como la biblia o el paraíso perdido y Eco el dios del Olimpo Interpretativo que me quitaba el sueño por esos días. Soñaba, despierta y dormida, con ser semióloga y conseguir una beca en el equipo de investigación de Eco en la Universidad de Bologna.

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crusoe

Antes de irme a vivir con los cangrejos anduve un tiempo rondando un hormiguero, para ver si daba lástima y me dejaban entrar. Me sentaba al borde y esperaba. Si en boca cerrada no entran moscas, yo nunca me callé, así que me entraron como 56 ese día al lado del hormiguero.

Me fue mal con las hormigas. En esa comuna andaban todos muy de ocupados acarreando cosas. ¡Todos en lo suyo, a sus larvas!

Nuestra relación se terminó después de varios intentos míos de que incorporen como herramienta de trabajo a la bicicleta. Les expliqué que si acortaban los tiempos de carga y descarga metiéndole al pedal, tendrían tiempo disponible para los besos y los celos. Y no habría necesidad de tratar tan mal a los zánganos.

Me aguantaba que no acepten mis recomendaciones, pero el crusoismo es una religión incómoda. Crusoe fue un farsante. Sobrevivió gracias a su parasitismo. Siete comunidades de hormigas hembras le dieron de comer después de su naufragio. Antes de irme derrumbe a patadas tres murales de Robinson al óle

Hace unos 4-5 años atrás, cuando el Tecnócrata Monitor Dionisios Kalterbrunner significaba algo para mí, Alberto Laiseca contaba un cuento como este por i-Sat:

Si quieren leer cuentos de Don Laiseca, acá Matando enanos a garrotazos.

cuatro paredes

Camino tres pasos y el puente se mueve, corro para alcanzarlo y se pierde en el horizonte. La angustia me invade por no conseguir al menos tocar la baranda, apoyar el pie en algunos de sus maderos y poder así cruzar ese espacio vacío.

Todas las noches sueño lo mismo: el puente, el vacío, mis ganas de avanzar. Qué pasa si pienso en soñar con el pasado, pero como nunca recuerdo de dónde vengo y qué precisamente estoy haciendo, entre estas cuatro paredes, el cansancio me gana.

Lo seguro es la sensación de que me falta algo, como un miembro. En la oscuridad se esclarece lo escaso, tengo los diez dedos, los dos brazos todo en perfecta simetría. Seguro que la espera y esta inanición me hacen delirar.

Busco el punto exacto en donde siempre fijo la mirada, el techo, con sus vigas y esas telarañas sin presas. Cierro los ojos para volver a ver, el horizonte, con sus colores difuminados, el puente, el vacío y de nuevo las ganas que se inyectan a mis pies para correr, alzar la mano y sujetar a ese pedazo de madera que vive, que se escapa, que tiene como profesión lo fugitivo.

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