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“Techaga’u es la palabra”, dice Mario mientras sorbe con fuerza el tereré que acaba de servirse y en la mirada se le cruza esa añoranza nostálgica que describe la palabra guaraní. Cuando nos demos cuenta se cumplirá una década de que emprendimos un exilio elegido a Asunción y lo único que no cambió en nuestros hábitos desde la vuelta es la tradición de tomar un tereré. Es más: el brebaje de agua fría, yuyo y yerba es el hilo finísimo que sostiene el recuerdo de esos años mozos por la capital de la República del Paraguay.

“Es verdad que el tereré también se toma acá desde hace mucho, pero no tiene la impronta del tereré paraguayo y la mística de las yuyeras y su magia”, sentencia Mario Anic, un hijo de croata nacido en el Chaco argentino y amigo personal con el que migramos en 2004 al Paraguay. Y es verdad: la ciudad de siete colinas guarda para quien la habite los secretos de la Plaza Uruguaya, donde a la sombra de una fuente con la estatua de José Gervasio Artigas, las yuyeras alquilaban un equipo de tereré para pasar el mal trago del calor húmedo a solo 5 pesos. Recuerdo que uno podía sentarse en alguno de los bancos de esa plaza que describió Roa Bastos en Hijo de hombre y detener su vida por lo que dure esa jarra de plástico con pohâ ro’ÿsã (remedio refrescante) y de dudosa salubridad, pero alta refrescancia.

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todo hay s.a.

Mercedes en la ducha pensó que tenía que dejar de pensarse esas pavadas que pensaba en la ducha: a nadie le importa eso que sucede dentro de uno, que torpemente llamamos angustia o alegría. “La procesión va por dentro”, le había dicho la Elsa, que era más sana que nadie y de la vida sabía mucho. Sin embargo, Mercedes se dijo japirona la mundo ahora que en Paraguay cada día era una atrocidad distinta: iba a dejar correr la bronca y esa nostalgia de tereré con koku que le invadía el día.

Y Mercedes se entregó al llanto desesperado de la angustia de lo que fue y ya no ha sido. Se dejó habitar por la memoria de la otra orilla y se fue con cada lágrima por los raudales de Asunción. Y otra vez fue la casa empinada de República de Colombia y Parapiti; los últimos tiempos de un gobierno colorado que agonizaba y sobre todo fue la juventud; los años en dónde todo estaba por descubrirse y la vida vibraba acelerada bajos sus pies en esa ciudad nueva.

Mercedes se imaginó sentada en El Rubio y a Oscar sirviendo ese endemoniado y frío ñoño de Colón. Y se vio amada por ese amor disimulado que los perro ensayan porque no es políticamente correcto hablar de esas mariconerías. Se entregó al vacío inmenso que esos años; esos amores; esos odios; ese país y esas calles abrían en la mitad de su pecho a pesar de tanto tiempo felizmente vivido.

Trató de recordar el olor de Asunción, específicamente, el del Mercado 4 y descubrió que ya ni estaba en su nariz. Mercedes ensayó los detalles de cada rostro: las mejillas rechonchas de Bazzano al sonreír; la mirada distante y el todo de Viveros; el gesto de reproche de Hellboy; la cara de pícaro de Guararaso; los ojos inmensos del prologuista; la ceja interrogante del Edu; y ese timbre inconfundible de Elbolazo diciendo monikrei y sus brazos que te envolvían como un yeti.

Mercedes volvió a esta orilla con el cosquilleo en el estómago que produce el 30 Azul bajando, de Oliva a Perú.

Mercedes en la ducha pensó una vez más en cuánto de todo lo lejano y ajeno seguía latiendo en su costado izquierdo y qué oximorón más estúpido era que el techagau lata tan fuerte ahí adentro, ahora que por fin era feliz.

Foto: MK

Muy pocas cosas sabe hacer bien Mercedes con su vida, con su tiempo, con sus emociones y hoy más que nunca siente que poco le importa la seriedad o el riguroso análisis con que trata de entender esto que pasa en Paraguay.

Hay veces en que ni los datos históricos, los algoritmos estadísticos o la razón misma pueden abrazar tamaña sensación de injusticia que inunda el alma de poco más de 5 millones de paraguayos, porque hay una amplia mayoría que festeja la victoria de la impunidad y el desparpajo.

Mercedes sabe que no tiene la sabiduría del Pepe Mujica, ni la claridad combativa de Evo Morales, menos aún la tibieza de su presidente Cristina para explicar esto que sucede a 400 km de su corazón, pero hay algo que esta chica aprendió: darle el tamaño que se merece la palabra pueblo, con todos sus aciertos, con todas sus contradicciones y no entiende cómo la historia se negó a darle su lugar en este viernes negro sobre el cielo de Asunción.

Mercedes lee que “el presidente Lugo acepta la destitución y dice que sale por la puerta más grande de la patria, la puerta del corazón de mis compatriotas” y les cuesta entender cómo 10.000 voluntades no pueden más que el odio del poder.

Cómo 10.000 voluntades no son más fuertes que el discurso cochino de los medios.

Cómo un presidente pudo no oír durante poco más de cuatro años la voz de un pueblo que un 20 de abril de 2008 salió a festejar la esperanza puesta en un cambio y que hoy, ayer, anteayer y siempre seguirá ahí en esas plazas que rodean el Congreso de la República del Paraguay defendiendo a quienes representan la esperanza del cambio.

Mercedes piensa en esa esperanza que celebró, sin entender mucho su dimensión, y ahora se le retuerce el alma y tiene unas ganas bárbaras de ir a sacudirle el cuello a Lugo y preguntarle por qué piko insistió en seguir negociando la gobernabilidad tan de cerca con el poder corrupto del coloradismo y la ambición de protagonismo de los liberales. Mercedes estaría encantada de preguntarle por qué puta no se apoyó en la fuerza de ese pueblo y prefirió el miedo de no cambiar radicalmente casi nada. Mercedes no quiere sucumbir a los demonios de la conspiración pero por un segundo piensa que sospecha que todo esto no es más que una pantomima montada por el poder del miedo azulcolorado y el presidente es el triste y necesario mártir de un relato tan pútrido como la idea de la conspiración misma.

Mercedes sólo entiende una cosa: el pueblo es una fuerza poderosa aunque hoy la historia del Paraguay demuestre lo contrario. Aún cuando el discurso mugriento de los medios grite más fuerte que 10.000 voces. Aún cuando las instituciones, que ese mismo pueblo defiende, disparen las balas que sus pechos atajan.

No hay más esperanza que el pueblo y el pueblo en la calle para que alguna vez la historia sea otra forma de lo posible y no esta mentira colorada y azul. Amén.

monica kreibohm

El sábado 23 estaré por Asunción, invitada en una charla de los amigos de Agencia HINA. Un placer dar una charla sobre periodismo con Jorge Saénz, Mike Silvero y Enrique Gímenez.

Estaré llevando algunos trabajos de amigos para ilustrar el ojo periodístico en la fotografía.

Esperemos no pasar papelones frente a tamaña audiencia y compañeros de conferencia.

 

Quería que este 2010 comience distinto para mí, al menos riéndome a destajo, cosa poco común en mi persona. Pero vamos que lo he logrado con este personaje: el borracho de la arbolada volador, a quien me gustaría muchísimo haber entrevistado.

Este señor tuvo un accidente de motos en Asunción, la nota corresponde a Canal 13 de la tv paraguaya. Sin más palabras que su relato:

Yo quiero ir entre 60-80 km/h este año y volar de mí!

Si te dicen que lloré:
No les creas
es mentira
para prueba
te ofrezco recoger
lágrimas
metidas en los zapatos
mezcladas con el agua rancia del florero
raptadas por el cuello de tu camisa.

Si te cuentan que reí:
Ni les escuches
es broma!
Y si no crees
acercá el oído a la caracola
preguntále al gato donde maulló
arrancá el rosal de raíz…

Si te dicen que te quise:
Ni lo pienses
es falso
así como falsas
fueron las noches que
te arreglé la almohada
las veces que te esperé a la tarde
y sólo me devolvía
pájaros negros…

Y yo idiota
esperándote,
esperando
al menos tu silueta
ahí, en la palma de mi mano
manchada de tierra
de lombrices
Y vos no volviste…


Eduardo Barreto
Desde Asunción
Más cerca del Sol, que de la civilzación

mujer frente espejo

¿Estas ahí?
Entre queja y queja volví.
Un poco más vieja…
Un poco más tiesa…
Con muchas ganas de sentir.
Sentirte…

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