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Cielo de Asunción, Paraguay

Foto: MK

– Estaba buscando un lugar decente para tomar vino, y un chaval que arrastraba su cabeza de un cinturón me dijo que a cien pasos al oeste estaba la choza de Li Po. Eso tenía que verlo… Te imaginaba más alto.

– Y yo a ti más bajo. Pasa. Has venido al lugar indicado. Quítate los zapatos y arrodíllate conmigo a beber este delicado néctar.

– Pero si estoy descalzo, tío. Me los quitaron a la entrada. No sabía que el infierno era un templo budista.

– Es eso y más. Pero aquí no hay demonios.

– Pero está lleno de pillos: me han robado mi máquina de escribir. Me duelen un poco las piernas. Cuando crucé la puerta del infierno se achicaron los muslos, parecen tallos de bambú. ¿No tienes algún té para calmar dolores?

– No tengo cómo calentar agua.

– Ahora que lo mencionas, no he visto ni una maldita fogata. Li, me gustan tus poesías sobre nubes y ríos y canoas.

– A mí, tu poema del pájaro azul chico. Pero eso de que no lloras, es pura mentira, mierda literaria.

– No lloro, me quejo.

– Lo primero que has hecho al entrar aquí es mariconear por tu máquina de escribir…

– Estoy amputado sin ella.

– Escribe a mano entonces.

– No puedo, necesito aporrear algo.

– Sabes, cuando llegué aquí, me rebajaron mi dosis de vino. En la tierra, el anciano Ji lo destilaba de un modo único. Prueba, es mejor que el té.

– Debo confesarte que me emborraché más de la mitad de mi vida, pero nunca se me ocurrió tirarme al agua para abrazar la luna: eres un genio, Li. Y este vino es más claro que tu poesía…

– Vale. Para serte sincero, tampoco entendí mucho tu poesía. Debe ser por las traducciones…

– No te preocupes, yo tampoco entendí a Norteamérica. Tú estás hace varios unos siglos acá: beber la eternidad no debe ser muy divertido.

– Podemos dar una vuelta por el cielo si lo deseas…

– ¿Qué hay para hacer en el cielo?

– Seguir tomando vino y componiendo versos.

– No mucho entonces.

– No.

*Este texto tendría que haber cerrado el 2010, pero es una buena forma de iniciar el 2011.

Haiku es una de las seis coreografías que el Ballet Contemporáneo del Chaco presenta en estos días, donde los bailarines buscan con las líneas del cuerpo contar una segunda historia cifrada en ideogramas.

Esa segunda historia que se cuenta está librada a la interpretación. Lo primero que sugiere es una distancia con un aspecto tradicional del haiku como arte poético: el minimalismo. La obra está cargada. Cargada de cruces y líneas, de gestos e insinuaciones, de pequeños poemas entrelazados. Aunque la técnica se muestra rígida y dura, no evita que los bailarines (cinco hombres y cinco mujeres) muestren que cada uno compone las líneas de un poema más extenso.

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choripan

Yo no sabía que se estaba volviendo
un fanático de la enema
sus deposiciones eran escasas
y se tomó todas las plantas posibles.

Me mostró su última expulsión en el inodoro:
parecía un ? (pero sin puntito)
Dijo: no se puede andar dudando de todo.

Dioses, Tierra
llega el invierno
y todavía no pusimos vidrio
en la ventana de la cocina
tengan piedad;
hemos perdido cosas
el viento helado desgaja
ten piedad del ciclista
del que sale a trabajar en moto.

No oculten el sol;
ofrecemos nuestro sudor
pero no oculten el sol.

Nos tocó esta tierra baldía, ardiente
donde muchos sueñan con tocar nieve
pero
Dioses, Tierra
no se olviden de los
antimateria
átomos finos
los de a sopa y verduras y fideos y frutas.

El mundo no está bien:
no permitan que sea conquistado
por los choripaneros y chinchupaneros.

Imagen: Proyecto Remera

moneda eva peron

El viaje no dura más de veinte o veinticinco minutos en remis.

En colectivo, treinta y cinco.

Alguien (por comodidad, llamémoslo L) lleva imágenes de la ciudad como algo incómodo,
como marcas de varicela.

Llovía y había un perro en la parada.

Y una chica en sandalias y pantalón cortito tiembla.

Tiene el pelo mojado y muy negro y pegajoso de grasa.

No es linda. Tiene lindos pezones.

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Cenamos sopa de choclo y fideos con cebolla y perejil.

Tomo un té de boldo.

Me acuesto pasadas las 12.

Sueño que como un helado derretido de chocolate y frutilla y me da asco; el sueño sigue transitando por comidas repugnantes, aparece una montaña generosa de morcillas a la parrilla.

Me despierto a la madrugada. Asqueado, me digo que a la mañana con un té pasará.

Desayunamos con pan miel manteca y mermelada.

Lavo una manzana, la guardo en el bolsillo del saco.

Afuera heló.

Salimos juntos con mi novia y mi hija, vamos al centro, al trabajo.

Llevo la computadora para arreglar.

Paso a cobrar. A diez días del nuevo mes hay varias cuentas que pagar.

Mi hija sigue con dolor de cuello.

Almorzamos milanesa con papas.

A la siesta buscamos en la farmacia una barra de azufre. Paso de nuevo por el trabajo y pido que me conviden un cigarrillo. Servirá como remedio para quitarle el aire del cuello.

¿Para qué otra cosa servirá una barra de azufre?

Compro chocolate amargo y una revista de ciencia con una nota sobre hipocondría.

Hago tiempo en las librerías. Hay muchas novelas que parecen entretenidas. Paso varias páginas. Leo al azar distintos autores y encuentro comentarios sobre enfermedad y reflexiones sobre la vejez. Debo tener un imán para esos temas.

En la librería entrego dinero en mi cuenta.

No sé si quiero leer un libro o pasar el rato. Un libro es sólo eso, un acto solemne de perder el tiempo. No está esa novela japonesa que quiero.

Me falta colgar la ropa.

Es un arte inútil enumerar cosas.

derecho penal

Fue hace cinco o seis años o más. Un amigo había cobrado el dinero de un juicio luego de la muerte de su madre. Nunca habíamos visto tantos billetes de cien. Él los escondía en un grueso tomo de derecho penal. Se fueron gastando, los fuimos tomando. Ese verano nos enamoramos siete o diez veces. Y tomamos. Leíamos Bukowski y quizá, en secreto, era nuestro guía. Pero Buk ya no tiene ese sabor. Parece un farsante que intenta ser gracioso, y a veces lo es.

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