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Sentada en el water, con los calzones a la altura de la rodilla, Mercedes se limpia la entrepierna y mira el papel higiénico, en un gesto automático. Mientras piensa el sin sentido de ese movimiento, Mercedes advierte la presencia de un vello, largo, enrulado, negro, en el centro mismo y blanco del papel, ahora húmedo.

Mercedes sonríe y recuerda: la huella de la mañana revolcada, esa en donde él taladró a fuerza de martillo, una y otra vez, sus tres millones de terminales nerviosas. Acerca el papel a su nariz y aspira con fuerza: todavía adivina el sabor de su sexo en ese resto de vida que él vuelca dentro de ella cada vez que se aman.

“Algo dentro mío”, dice Mercedes: suspira y piensa en las cientos de huellas microscópicas, invisibles que dentro de ella, dentro de él, se van quedando como restos del amor: como eso que ni la realidad les puede quitar una vez que se calzan el traje de humanos y salen a ponerle el pecho y las manos al corazón y a la vida.

Mercedes se queda mirando el pelo, diciéndose que es la huella indescriptible y muda de un momento tan efímero como pleno: mueca silenciosa, como los restos de los otros que amamos y están allí, agazapados en la forma de la queja y de la alegría y de la miseria que ejercemos día a día con los nuevos otros.

“Todos los otros, algo dentro mío y yo ahí, algo dentro de esos otros: la victoria del pasado, aquí y ahora”, piensa Mercedes, mientras sacude con cara de asco reglamentario ese pelo impúdico en su rosado coño.

Mercedes en la cama se preguntó cómo había logrado que ese rostro esté ahí: tan alcance de la mano, que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la revolución.

Sí, así se sentía Mercedes: ella revolución, y el pecho se le llenaba de animales en fuga, se le hinchaba el pulmón de tanta vida que la ahogaba a la altura del cuello y le llenaba el tanque de lágrimas de sus ojos. Pero Mercedes no sabía que ella no era la revolución: ese hombre rojo, acostado, suspendido a 3 metros del piso en la Mendoza y calle 6, era su toma de la Bastilla; su Ejército Rebelde; su Emiliano Zapata y Pancho Villa.

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Mercedes en la ducha recordó esos ojos: hasta ese domingo, cuando la luz de la siesta se colaba por cada agujerito de la casa, no había visto esos ojos de un tenue borde verde exterior y al centro ámbar, tan claros que la obligaban a bajar la mirada para no descubrirle el alma.

Mercedes comprendió rápido que no podía sostenerle la mirada. Lo sabía desde ese lunes a la noche cuando lo tenía enfrente y no paraba de hablar como una tarada; mitad maravillada por su presencia ahí, al alcance de su mano; mitad por el miedo espantoso que le producía la existencia de “el problema”.

Mercedes en la ducha no puedo evitar preguntarse hasta cuándo la acompañarían esos ojos. Ahora sí estaba a salvo y todo lo que había vivido valía la pena: esos ojos allá arriba, a unos 20 cm de su cabeza, eran el signo más claro de que había llegado a casa.

Mercedes se sentó en la ducha y apoyó su espalda contra la pared. Cerró los ojos e imaginó que esos ojos asomaban en su entrepierna como mirada de yacaré en el agua y se pensó feliz.

Mercedes se desploma sobre el sillón. El aire está espeso y caliente. De su mano cuelga el teléfono que le acercó la noticia: su tío, uno de los hermanos de su mamá, se murió esta mañana en un hospital a 1.000 km de distancia.

Mercedes mira su muñeca izquierda para retener la hora exacta en que la muerte se cuela por el hueco inmenso que dejó abierto la muerte de su padre. Siempre es lo mismo, se piensa, y se entrega a ese llanto lento de las lágrimas que le dibujan raudales en la cara. No hay nada que hacer, se piensa: la muerte siempre será esto que no entiende y la atraviesa en esa ventana del costado izquierdo que dejó abierta para siempre el Mario. Otra vez este llanto inconcluso, se piensa y sigue llorando.

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Mercedes en la ducha se sentó en el piso para afeitarse las piernas. Apoyó el culo sobre los azulejos marrones y estiró las piernas para enjabojarlas y pasar la máquina. Mercedes en la ducha no entendió por qué la invadió el llanto: se tiró para atrás para llorar tranquila, apoyando la espalda en la pared.

Mercedes en la ducha dejó caer las lágrimas, ahí sentada, desnuda, su piel casi blanca contra ese marrón húmedo que la sostenía, el chorro de agua corriendo y golpeando contra sus canillas. Nadie iba a entrar al baño y descubrirla en este espectáculo patético de mujer llorando.

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ujjayi

Mercedes en la ducha se esforzaba por no pensar en nada: respira respira respira, se decía. Respira como Deshimaru. Deja ir como los monjes. No te apegues a ningún pensamiento.

Mercedes en la ducha quería poder lograr: que los pensamientos vengan, se muestren y los deje ir. Venir, mostrarse, dejarlos ir. Zazen, sólo sentarse y respirar se decía.

Mercedes en la ducha estaba ahí: intentando lo imposible: calmar la mente: detener el pensamiento: detenerse ella en el pensamiento.

Mercedes en la ducha vio venir a la deficiente emocional de su profesora de yoga. Después la voz del payaso de la oficina. Seguido de la cara de mal cogida de la compañera de la otra oficina. Volvió el perfil de su jefe, lo primero que venía del mundo al levantar los ojos de la pantalla. Los dejó ir.

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todo hay s.a.

Mercedes en la ducha pensó que tenía que dejar de pensarse esas pavadas que pensaba en la ducha: a nadie le importa eso que sucede dentro de uno, que torpemente llamamos angustia o alegría. “La procesión va por dentro”, le había dicho la Elsa, que era más sana que nadie y de la vida sabía mucho. Sin embargo, Mercedes se dijo japirona la mundo ahora que en Paraguay cada día era una atrocidad distinta: iba a dejar correr la bronca y esa nostalgia de tereré con koku que le invadía el día.

Y Mercedes se entregó al llanto desesperado de la angustia de lo que fue y ya no ha sido. Se dejó habitar por la memoria de la otra orilla y se fue con cada lágrima por los raudales de Asunción. Y otra vez fue la casa empinada de República de Colombia y Parapiti; los últimos tiempos de un gobierno colorado que agonizaba y sobre todo fue la juventud; los años en dónde todo estaba por descubrirse y la vida vibraba acelerada bajos sus pies en esa ciudad nueva.

Mercedes se imaginó sentada en El Rubio y a Oscar sirviendo ese endemoniado y frío ñoño de Colón. Y se vio amada por ese amor disimulado que los perro ensayan porque no es políticamente correcto hablar de esas mariconerías. Se entregó al vacío inmenso que esos años; esos amores; esos odios; ese país y esas calles abrían en la mitad de su pecho a pesar de tanto tiempo felizmente vivido.

Trató de recordar el olor de Asunción, específicamente, el del Mercado 4 y descubrió que ya ni estaba en su nariz. Mercedes ensayó los detalles de cada rostro: las mejillas rechonchas de Bazzano al sonreír; la mirada distante y el todo de Viveros; el gesto de reproche de Hellboy; la cara de pícaro de Guararaso; los ojos inmensos del prologuista; la ceja interrogante del Edu; y ese timbre inconfundible de Elbolazo diciendo monikrei y sus brazos que te envolvían como un yeti.

Mercedes volvió a esta orilla con el cosquilleo en el estómago que produce el 30 Azul bajando, de Oliva a Perú.

Mercedes en la ducha pensó una vez más en cuánto de todo lo lejano y ajeno seguía latiendo en su costado izquierdo y qué oximorón más estúpido era que el techagau lata tan fuerte ahí adentro, ahora que por fin era feliz.