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eco latidos

No sé cuántas veces había estado en la misma y única situación en la que un hombre te dice “sacate la ropa interior y abrí las piernas” con la misma delicadeza que se pide un paquete de cigarrillos en un kiosco.


Mientras me bajaba el calzón, que se enredaba en mis pies porque todavía no me había descalzado, alcancé a ver a Aldo, ahí sentado en la silla al pie de la camilla. Pensé en los tipos, en este momento extraño, que acompañan a su mina al control ginecológico y tienen que sufrir la pequeña vergüenza pública de verla desnudarse, sin ninguna resistencia, frente a otro. Me lo imaginé diciéndole a su cerebro que ponga cara de nada, todo normal, todo cool, es sólo el médico. O no: nunca iba a entender a los tipos, ni siquiera me entendía a mí.

Concha al viento, me subí a la camilla y trabé las piernas en los estribos. Frente a mí, arriba, tenía una pantalla en blanco y negro que iba a mostrarme la imagen que había venido a buscar. Ya recostada me dije qué boluda, había olvidado mis lentes. Miré a mi derecha y el médico colocaba un preservativo en una suerte de tubo y lo simpatizaba con un gel lubricante.

La inserción no fue ninguna novedad y casi que ni lo sentí, para mi vergüenza.

Lo importante sucedía en esa pantalla borrosa pero yo no alcanzaba a ver con claridad. Recién entendí cuando el latido inundó la sala y era un pum pum pum intenso dentro y fuera de mí. La vida tenía ya otro sentido. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí los dedos de Aldo tocando mi pie, mientras me sonreía. Me quedé congelada. La mirada fija en la pantalla y el corazón en mis oídos, tratando de imaginar el rostro de esos latidos.

 

*Micro crónica para el Festival de Crónicas Nómades del Centro Cultural Alternativo, ilustración del artista Luciano Acosta, mayo 2015.

noche

Esa noche, cerca de la madrugada, comenzó el inusual ataque. Dos Uras entraron a romper la paz y tranquilidad de la pieza. Trancón, casual compañero de cuarto, y yo conversábamos con el sueño cuando nos percatamos de la presencia inaudita de las Uras, que volaban amenazantes sobre nuestras cabezas. Fue entonces cuando decidimos adoptar medidas extremas y reprimirlas. Para cuando caímos en la cuenta, sucedió lo improbable: las Uras convocaron a otras Uras y se armó un ejército de Uras en lucha contra los humanos. Fue así como comenzó todo.

Las calles de la ciudad se cerraron. Las Uras armaron piquetes en las casas, parapetadas entre los resquicios de las tejas rotas y los orificios de las paredes. Los humanos se defendían tras barricadas hechas con cajas de manzanas traídas de Clorinda.

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