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Mercedes en la cama se preguntó cómo había logrado que ese rostro esté ahí: tan alcance de la mano, que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la revolución.

Sí, así se sentía Mercedes: ella revolución, y el pecho se le llenaba de animales en fuga, se le hinchaba el pulmón de tanta vida que la ahogaba a la altura del cuello y le llenaba el tanque de lágrimas de sus ojos. Pero Mercedes no sabía que ella no era la revolución: ese hombre rojo, acostado, suspendido a 3 metros del piso en la Mendoza y calle 6, era su toma de la Bastilla; su Ejército Rebelde; su Emiliano Zapata y Pancho Villa.

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Mercedes se desploma sobre el sillón. El aire está espeso y caliente. De su mano cuelga el teléfono que le acercó la noticia: su tío, uno de los hermanos de su mamá, se murió esta mañana en un hospital a 1.000 km de distancia.

Mercedes mira su muñeca izquierda para retener la hora exacta en que la muerte se cuela por el hueco inmenso que dejó abierto la muerte de su padre. Siempre es lo mismo, se piensa, y se entrega a ese llanto lento de las lágrimas que le dibujan raudales en la cara. No hay nada que hacer, se piensa: la muerte siempre será esto que no entiende y la atraviesa en esa ventana del costado izquierdo que dejó abierta para siempre el Mario. Otra vez este llanto inconcluso, se piensa y sigue llorando.

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ujjayi

Mercedes en la ducha se esforzaba por no pensar en nada: respira respira respira, se decía. Respira como Deshimaru. Deja ir como los monjes. No te apegues a ningún pensamiento.

Mercedes en la ducha quería poder lograr: que los pensamientos vengan, se muestren y los deje ir. Venir, mostrarse, dejarlos ir. Zazen, sólo sentarse y respirar se decía.

Mercedes en la ducha estaba ahí: intentando lo imposible: calmar la mente: detener el pensamiento: detenerse ella en el pensamiento.

Mercedes en la ducha vio venir a la deficiente emocional de su profesora de yoga. Después la voz del payaso de la oficina. Seguido de la cara de mal cogida de la compañera de la otra oficina. Volvió el perfil de su jefe, lo primero que venía del mundo al levantar los ojos de la pantalla. Los dejó ir.

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pizarnik

Hoy se cumplen 41 años de la muerte de Alejandra Pizarnik. Quien tuvo el estómago de leer sus Diarios, se habrá encontrado con el relato en el que Alejandra decide que morirá unos 6 años después de eso que está escribiendo: un acto performativo como pocos, en donde el mismo acto de la escritura toma vida, en este caso muerte.

Canal Encuentro encargó un especial de la vida de la poetisa, que se materializó en este documental de cuatro entregas, Memoria Iluminada I: Alejandra Pizarnik. Está disponible el link para verlo online o descargarlo, aprovechen, úsenlo en las aulas, en la casa, en los parques, en la cama, en la mesa, en los baños, que vale la alegría enamorarse de la poesía.

Si tienen la chance, cómprense Poesía Completa, allí están dos libros, Árbol de Diana y Los trabajos y las noches, para mí los más intensos. Se escribió mucha y buena y bella y visceral poesía, pero nada condensa mejor esta vida que la línea que dice “esta noche he visto pero. Nadie es del color del deseo más profundo“.

A tu salud, a tu muerte Alejandra.

Muchos no saben qué es vivir y qué es morir

Lucas Brito Sánchez

Al oeste de la ciudad, una avenida: serpiente de cemento furiosa en los días de sol inclemente. Es de noche, noche clara a cielo descubierto. Una atípica brisa de otoño todavía persiste en esta noche de octubre que ya debería ser caliente.

Digamos que es la medianoche porque a medianoche es cuando se da cita el drama, según sostiene la literatura. Digamos que la avenida divide la noche entre la vida y la muerte, sin saber qué lado le toca a cada una.

En la margen izquierda de la avenida una mujer come tortaloca y mira un libro de Chagall. Su departamento es pequeño. Está sola. Vive sola. Suena Joni Mitchell, como no podría ser de otra forma para la mujer sola, que recostada en su cama de una plaza, deja correr con ojos asombrados las páginas que le devuelven una y otra vez las pinturas de Chagall. Afuera la noche es silencio: inmenso silencio que retumba como gotas de lluvia sobre el techo de chapa de su departamento. Como en una caja de resonancia, el silencio se esparce por cada poro de las paredes, ahogando todo, hasta la soledad de la mujer sola que no sabe aún cómo vivir y está allí, a medianoche, comiéndose en una angustia alucinógena el peso de sus decisiones: ser una mujer sola.

/Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino/

En la margen derecha de la avenida una mujer llega a su casa, saluda a sus hijos y los reta por no haber hecho sus tareas. La mujer con hijos prepara la cena en la cocina nueva de su casa habitada por hijos y esposo. Revuelve estantes, saca sartenes y ollas. En ellos vierte alimentos como si fueran sustancias de alquimista y como buena ama de casa, grita “la comida está lista”. Sus hijos se sientan a la mesa. El teléfono suena. Es el esposo que avisa que llega tarde. La mujer con hijos dice a sus hijos que va a tomar un baño relajante. En el baño, el agua corre hasta llenar una bañera blanquísima, moderna, perfecta. El baño se llena de vapor y aromas embriagantes: sándalo, limón, pachulí. La mujer con hijos está desnuda y se sumerge en la bañera. El peso de su cuerpo hace subir el agua, que se vuelca por los costados de la bañera blanquísima. La mujer con hijos sostiene en su mano un frasco lleno de pastillas. Alplax dice el frasco. En un movimiento más sútil que el agua que envuelve su cuerpo traga 10,12, 15 pastillas. La mujer con hijos siente cómo el agua inunda cada poro de su piel, ahogando todo, hasta su soledad de mujer con hijos que aún no sabe cómo es morir y está allí, a medianoche, comiéndose en una angustia psicofármaca el peso de sus decisiones: ser una mujer con hijos.

Fragmento de la entrevista a Telesur que Mario Benedetti dio alguna vez. Su familia, sus recuerdos, su vida y su obra.

Adiós Don Mario, adiós.

idea

Ayer en un hospital de Montevideo, Idea Vilariño se iba, vaya a saber uno si a encontrarse con Don Juan Carlos o qué.

En fin, este adíos, adiós apresurado con un libro suyo en mi mano y este poema que siempre, siempre me gustó:

Lo que siento por ti

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.

Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.

Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.

Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.