Posts etiquetados ‘literatura’

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En momentos como éstos, cuando quiero escribir algo sobre la muerte de Nisman y que ese mismo texto me sirva para ganar un concurso, me acuerdo de la reflexión de un gran amigo: “Mucho de lo que escribo no me representa, ¿así qué para qué voy a firmarlo?”. Y sí me digo para mis adentros: no hay más que resignarse a tan tremebunda iluminación.

Algunos hablan del “bloqueo de escritor”, otros del “síndrome de la página en blanco”, pero a los 35 años debería reconocer que no sufro de ninguna de las dos, que mi diagnóstico se acaba en la simple y llana sentencia de “usté no sirve pa’ esto m’hija”. Mi constante es la página en blanco, la haraganería: el estado normal de mi cerebro es el bloqueo, pero el general, no sólo el de escritor. Aún así tengo la nueva fortuna de vivir de la palabra y no vivo mal, y cada tanto eso que escribo le sirve a alguien para llegar al cine a tiempo o escuchar buena música, que no es poca cosa.

En esta revelación de la página en blanco me encontré cuando juntaba data para el texto del concurso La historia la ganan los que escriben, porque claro que iba a copiar la estructura de los textos que escribía el Gordo Soriano sobre la figura de su padre, tan contradictoria y clara a la vez, como los tiempos políticos que nos tocan vivir. Y me zambullí de lleno en las líneas de Osvaldo, en esa forma que tiene de decirte la verdad más profunda con la claridad de una cachetada en la mitad de la jeta, pero con la suavidad del cariño, y así fue como me comí el sopapo de que el cielo de la escritura no me pertenece.

Aun así no me desanimé y el tiempo de escritura se fue con la lectura de Soriano: hay giros maravillosos, sentencias estupendas e imágenes poderosas en su literatura. Quién mejor que el Gordo para decirte que la memoria colectiva es una “cosa íntima e intransferible” o que estamos así porque “en los años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costa por sobre la idea de la felicidad compartida”.

Miré mi página en blanco del concurso como exorcizándola a que se escriba sola algo memorable y no pasó nada: decidí ir a cocinar esos fideos con camarones que esperaban en la heladera. Mi destino es la página en blanco, agradezco vivir del ejercicio de la palabra y que las palabras de Soriano estén estampadas en mi espalda.

Mercedes recordó la décima novela de Charles Dickens. Era Tiempos difíciles. Un retrato denso y aburrido de la Inglaterra de la primera revolución industrial.

Cualquier similitud con sus días es puro capricho del Ministerio de Educación, se dijo Mercedes y nuevamente movió el cuello, que crujió entre la primera y la séptima vértebra.

Mercedes se preguntó hasta cuándo podía aguantar ser parte de esta novela improvisada por la improvisada de su jefa y el ministro. Era un relato desolador de aburrido. Como en Tiempos Difíciles, la jefa y el ministro eran los representantes de la clase alta, que vergueaban y verdugueaban en su ejercicio de poder. Ella, Mercedes, era cualquiera de esos obreros que mataba el día entre una oficina y otra, cumpliendo una jornada laboral de 12 horas.

El relato era una espesa sucesión de miserias, ejecutadas por unos no menos patéticos funcionarios contra una no menos insensata trabajadora. El desenlace nadie lo sabía, pero la historia tenía el olor turbio del aburrimiento y la asfixia.

Mercedes se lamentó por no ser la protagonista de una historia más interesante. Culpó a su obsesión chauvinista de sólo leer argentinos y le dedicó una sonrisa a los yacaré del otro lado del río.

Mercedes respiró. Recordó a Dickens. Respiró y pensó que esto también debería dejar ir.

Mercedes en la cama se preguntó cómo había logrado que ese rostro esté ahí: tan alcance de la mano, que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la revolución.

Sí, así se sentía Mercedes: ella revolución, y el pecho se le llenaba de animales en fuga, se le hinchaba el pulmón de tanta vida que la ahogaba a la altura del cuello y le llenaba el tanque de lágrimas de sus ojos. Pero Mercedes no sabía que ella no era la revolución: ese hombre rojo, acostado, suspendido a 3 metros del piso en la Mendoza y calle 6, era su toma de la Bastilla; su Ejército Rebelde; su Emiliano Zapata y Pancho Villa.

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Mercedes en la ducha recordó esos ojos: hasta ese domingo, cuando la luz de la siesta se colaba por cada agujerito de la casa, no había visto esos ojos de un tenue borde verde exterior y al centro ámbar, tan claros que la obligaban a bajar la mirada para no descubrirle el alma.

Mercedes comprendió rápido que no podía sostenerle la mirada. Lo sabía desde ese lunes a la noche cuando lo tenía enfrente y no paraba de hablar como una tarada; mitad maravillada por su presencia ahí, al alcance de su mano; mitad por el miedo espantoso que le producía la existencia de “el problema”.

Mercedes en la ducha no puedo evitar preguntarse hasta cuándo la acompañarían esos ojos. Ahora sí estaba a salvo y todo lo que había vivido valía la pena: esos ojos allá arriba, a unos 20 cm de su cabeza, eran el signo más claro de que había llegado a casa.

Mercedes se sentó en la ducha y apoyó su espalda contra la pared. Cerró los ojos e imaginó que esos ojos asomaban en su entrepierna como mirada de yacaré en el agua y se pensó feliz.

Mercedes se desploma sobre el sillón. El aire está espeso y caliente. De su mano cuelga el teléfono que le acercó la noticia: su tío, uno de los hermanos de su mamá, se murió esta mañana en un hospital a 1.000 km de distancia.

Mercedes mira su muñeca izquierda para retener la hora exacta en que la muerte se cuela por el hueco inmenso que dejó abierto la muerte de su padre. Siempre es lo mismo, se piensa, y se entrega a ese llanto lento de las lágrimas que le dibujan raudales en la cara. No hay nada que hacer, se piensa: la muerte siempre será esto que no entiende y la atraviesa en esa ventana del costado izquierdo que dejó abierta para siempre el Mario. Otra vez este llanto inconcluso, se piensa y sigue llorando.

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Mercedes en la ducha se sentó en el piso para afeitarse las piernas. Apoyó el culo sobre los azulejos marrones y estiró las piernas para enjabojarlas y pasar la máquina. Mercedes en la ducha no entendió por qué la invadió el llanto: se tiró para atrás para llorar tranquila, apoyando la espalda en la pared.

Mercedes en la ducha dejó caer las lágrimas, ahí sentada, desnuda, su piel casi blanca contra ese marrón húmedo que la sostenía, el chorro de agua corriendo y golpeando contra sus canillas. Nadie iba a entrar al baño y descubrirla en este espectáculo patético de mujer llorando.

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Cortazario - Julio Cortazar - Alejandra Pizarnik

Ahora que hace 50 años que se publicó Rayuela; y que el mundo es un confuso y triste hipertexto, mucho más oscuro y desolado que la carta al bebé Rocamadour; y a mi se me ocurre recordar cuando Alejandra Pizarnik perdió el manuscrito de esta novela, y también, por qué no, pensarme que las grandes obras necesitan más de dos manos; que se debe tejer el encanto de la propia vida literaria en colectivo porque juntos somos más para reírnos de la muerte y sí vamos a estar solos y no hay tu tía, que la cosa sea más llevadera de a dos, cuatro, seis.

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