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Mercedes recordó la décima novela de Charles Dickens. Era Tiempos difíciles. Un retrato denso y aburrido de la Inglaterra de la primera revolución industrial.

Cualquier similitud con sus días es puro capricho del Ministerio de Educación, se dijo Mercedes y nuevamente movió el cuello, que crujió entre la primera y la séptima vértebra.

Mercedes se preguntó hasta cuándo podía aguantar ser parte de esta novela improvisada por la improvisada de su jefa y el ministro. Era un relato desolador de aburrido. Como en Tiempos Difíciles, la jefa y el ministro eran los representantes de la clase alta, que vergueaban y verdugueaban en su ejercicio de poder. Ella, Mercedes, era cualquiera de esos obreros que mataba el día entre una oficina y otra, cumpliendo una jornada laboral de 12 horas.

El relato era una espesa sucesión de miserias, ejecutadas por unos no menos patéticos funcionarios contra una no menos insensata trabajadora. El desenlace nadie lo sabía, pero la historia tenía el olor turbio del aburrimiento y la asfixia.

Mercedes se lamentó por no ser la protagonista de una historia más interesante. Culpó a su obsesión chauvinista de sólo leer argentinos y le dedicó una sonrisa a los yacaré del otro lado del río.

Mercedes respiró. Recordó a Dickens. Respiró y pensó que esto también debería dejar ir.

A los que me enseñaron algo en Tirol

Mercedes en la ducha pensó que todos los cánones del arte estaban obsoletos. Que la vida así como la había leído no tenía más sentido, o al menos para ella. Claro que no era el descubrimiento de la pólvora, pero para Mercedes cerebro chiquito alma para adentro estudiosa lectora del canon, era la eureka misma.

Se había pasado la última semana corriendo, con muchísimo gusto, entre Resistencia y Tirol, con la cámara emocionada de tantos colores y formas que una veintena de tipos iban dibujando en los muros tiroleros.

En esos días, mientras buscaba el mejor ángulo para la foto del diario, uno de los esos tipos, el más viejo, con ese cantito dulzón que sólo tienen en el noroeste argentino, decía que el arte público era la más solidaria de las expresiones plásticas porque estaban ahí, artista y público, viendo, ambos con distintos ojos, como la obra nacía y se hacía eso que es, y sobre todo lo que no es. Mercedes paró la oreja y eso que decía el catamarqueño comenzó atravesarla sin que ella sepa cómo y de qué venía.

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Abrí la puerta de la casa y ahí estaba el horror de no verte en la escena/

era el eco ensordecedor de la puerta golpeando el marco en la casa vacía, un retúnnnn que se extendía más allá de las palabras.

 

No había nada: la expresión más cabal de no verte en la escena/

y sin embargo estabas ahí en esa nada vaporosa, llena de no verte en la escena.

 

Cerraba mis ojos y allí estabas: tan llenando cada parte de la oscuridad con no verte en la escena.

 

Ese espacio insalvable entre yo y los demás era el tamaño de mi esperanza de no verte en la escena/

y donde quiera que vaya te llevaba.

 

Juré que jamás habría un no verte en la escena y que amaría hasta las lágrimas a cualquier marmota que se me cruce por dejar de no verte en la escena.

 

No había caso: la ausencia sería la más perfecta de las formas de tu presencia.

 

corazón

Mercedes en la ducha pensaba que el pecho se le había abierto y andaba por ahí, desparramando pulmones, alvéolos y corazón a los cuatro vientos. Decía que esto del des amor era como morirse sin haberlo hecho aún. El trámite de desnudarse del amor, de quitarse la piel como yarará y dejarla que se oree a Sol, le producía un profundo embole, sólo comparable con los días de humedad de su tierra.

Mercedes se pensaba que mudar el amor era lo más difícil del mundo y hasta que un nuevo depositario de la demanda amorosa llegue, iba a tener que meterse todo su amor en el pequeño pecho, abollarlo bien chiquitito allí entre la teta izquierda y la derecha, por debajo del esternón. De sólo pensar la faena, Mercedes desistía y se esmeraba en buscar en su teléfono, entre sus conocidos, en los contactos de facebook algún candidato para ejercer la dictadura del cariño en su humanidad.

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*¿En qué consiste una percepción distorsionada? Cuando se desconoce el estado natural del objeto, a partir de esto surge un concepto que le adjudica características inexistentes; eso es una proyección mental.

Por ejemplo, cuando miramos una flor blanca, hay una conciencia que la percibe como blanca. Un daltónico, esa misma flor, la ve como azul. Con respecto a la flor, entonces, hay dos percepciones: una percepción de que es blanca y otra de que es azul. En realidad la flor es blanca, pero el daltónico la ve azul por una afección temporaria que distorsiona su percepción. Cuando comparamos estos dos tipos de percepciones , vemos que, en el caso de la primera, dado que la flor es en realidad blanca, el verla una y otra vez sólo consolidará la percepción de que es blanca. En cambio, en el caso del daltónico, si éste tomara una medicina que lo curase de su afección temporaria, finalmente la vería blanca: su percepción de que la flor es azul no se mantendría. Es decir que concebir o percibir algo tal como es en realidad constituye una cognición válida y estable. En cambio, una percepción que está distorsionada por la confusión, por más fuerte que resulte en lo inmediato, a la larga es inestable por carece de sustento.

Ahora bien la ira, la envidia y el orgullo provienen de una percepción distorsionada. Y tienen sus opuestos: amor y compasión para la ira; empatía con la alegría de los demás para la envidia. En el caso del orgullo, éste no se generaría si uno percibiera el objeto que propicia el orgullo tal cual es, ya que en ese caso su percepción estaría en concordancia con la realidad del objeto. El orgullo surge como consecuencia de una percepción distorsionada, al adjudicar al objeto que da lugar a ese orgullo unas características que en realidad no tienen.

*Fragmento del libro Valores para la libertad interior, del Dalai Lama.

Meditación con Lobsang Tonden

Para quienes no lo conocen, Slavoj Zizek es uno de los pensadores contemporáneos más lúcidos e interesantes, al menos para mi gusto.

En este entrevista para el Círculo de Bellas Artes, en España. Pasa el trapo a muchos temas que me interesan: el capitalismo, la izquierda contemporánea, la industria del arte, Hollywood y el cine, la cultura pop y las legitimaciones que sostienen esto que llamamos sociedad. No tiene pierde el Zizek, veánlo!

Entrar al diario de un escritor es como hacer un viaje después de muchos años. Llegar a una ciudad nueva y deslumbrarse con la sonrisa de cualquier chica, o invadirse de terror  por la mirada de un extraño. El Diario de John Cheever es parecido a eso: cometer todos los pecados del primer vistazo. Para juzgar, arbitrariedad y soberbia. Pero no me interesan todos los aspectos de su vida, sí cómo la escribió.

Sobre la primera impresión, escribí: Fascina ver cómo los hábitos más toscos y la lástima más empalagosa pueden crear un arte. Esto son los diarios de Cheever. Hay algo insano en ese comentario. Después, he leído otros fragmentos de los diarios y aprecio y envidio este diario, que escribió durante casi 40 años. Algunas anotaciones son inmejorables. Quien pretenda imitarlo quedaría como un idiota. ¿Hay un estilo cheeveriano? No lo sé. Sus críticos hablan de “su estilo”.

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