Archivos de la categoría ‘Escritores’

Pizza sin gluten

Esto de ser mamá se lleva todo tu tiempo y energía, más aún cuando una combina trabajo y maternidad. El tiempo privativo de una es un ideal que a veces se concreta cada 15 días o en esas horas libres del día que te deja el bebé, pero que rápidamente se las lleva el cansancio y el sueño.

Soy de las madres que que todavía se siente entre la espada y pared todavía por la falta de tiempo: por momentos lamentándome de no poder hacer tal o cual cosa; luego calmándome al verla a Eloisa sonreír o sorprenderse por cualquier nimiedad. La vida es bella me digo; y entre pañales, algún que otro llanto y juguetes, lo único que hago con el poco tiempo que tengo es pensar qué cocinarle para que coma bien y agarre el gusto por la comida y la cocina. A mi me gusta la pizza, es más el mundo sin pizza sería un error, así que ayer ensayé una pizza libre de gluten, hecha con almidón de mandioca, que es lo que tenía en casa.

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eco latidos

No sé cuántas veces había estado en la misma y única situación en la que un hombre te dice “sacate la ropa interior y abrí las piernas” con la misma delicadeza que se pide un paquete de cigarrillos en un kiosco.


Mientras me bajaba el calzón, que se enredaba en mis pies porque todavía no me había descalzado, alcancé a ver a Aldo, ahí sentado en la silla al pie de la camilla. Pensé en los tipos, en este momento extraño, que acompañan a su mina al control ginecológico y tienen que sufrir la pequeña vergüenza pública de verla desnudarse, sin ninguna resistencia, frente a otro. Me lo imaginé diciéndole a su cerebro que ponga cara de nada, todo normal, todo cool, es sólo el médico. O no: nunca iba a entender a los tipos, ni siquiera me entendía a mí.

Concha al viento, me subí a la camilla y trabé las piernas en los estribos. Frente a mí, arriba, tenía una pantalla en blanco y negro que iba a mostrarme la imagen que había venido a buscar. Ya recostada me dije qué boluda, había olvidado mis lentes. Miré a mi derecha y el médico colocaba un preservativo en una suerte de tubo y lo simpatizaba con un gel lubricante.

La inserción no fue ninguna novedad y casi que ni lo sentí, para mi vergüenza.

Lo importante sucedía en esa pantalla borrosa pero yo no alcanzaba a ver con claridad. Recién entendí cuando el latido inundó la sala y era un pum pum pum intenso dentro y fuera de mí. La vida tenía ya otro sentido. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sentí los dedos de Aldo tocando mi pie, mientras me sonreía. Me quedé congelada. La mirada fija en la pantalla y el corazón en mis oídos, tratando de imaginar el rostro de esos latidos.

 

*Micro crónica para el Festival de Crónicas Nómades del Centro Cultural Alternativo, ilustración del artista Luciano Acosta, mayo 2015.

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En momentos como éstos, cuando quiero escribir algo sobre la muerte de Nisman y que ese mismo texto me sirva para ganar un concurso, me acuerdo de la reflexión de un gran amigo: “Mucho de lo que escribo no me representa, ¿así qué para qué voy a firmarlo?”. Y sí me digo para mis adentros: no hay más que resignarse a tan tremebunda iluminación.

Algunos hablan del “bloqueo de escritor”, otros del “síndrome de la página en blanco”, pero a los 35 años debería reconocer que no sufro de ninguna de las dos, que mi diagnóstico se acaba en la simple y llana sentencia de “usté no sirve pa’ esto m’hija”. Mi constante es la página en blanco, la haraganería: el estado normal de mi cerebro es el bloqueo, pero el general, no sólo el de escritor. Aún así tengo la nueva fortuna de vivir de la palabra y no vivo mal, y cada tanto eso que escribo le sirve a alguien para llegar al cine a tiempo o escuchar buena música, que no es poca cosa.

En esta revelación de la página en blanco me encontré cuando juntaba data para el texto del concurso La historia la ganan los que escriben, porque claro que iba a copiar la estructura de los textos que escribía el Gordo Soriano sobre la figura de su padre, tan contradictoria y clara a la vez, como los tiempos políticos que nos tocan vivir. Y me zambullí de lleno en las líneas de Osvaldo, en esa forma que tiene de decirte la verdad más profunda con la claridad de una cachetada en la mitad de la jeta, pero con la suavidad del cariño, y así fue como me comí el sopapo de que el cielo de la escritura no me pertenece.

Aun así no me desanimé y el tiempo de escritura se fue con la lectura de Soriano: hay giros maravillosos, sentencias estupendas e imágenes poderosas en su literatura. Quién mejor que el Gordo para decirte que la memoria colectiva es una “cosa íntima e intransferible” o que estamos así porque “en los años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costa por sobre la idea de la felicidad compartida”.

Miré mi página en blanco del concurso como exorcizándola a que se escriba sola algo memorable y no pasó nada: decidí ir a cocinar esos fideos con camarones que esperaban en la heladera. Mi destino es la página en blanco, agradezco vivir del ejercicio de la palabra y que las palabras de Soriano estén estampadas en mi espalda.

“Del país me queda (…) , las estrellas chaqueñas en Pampa de Guanacos yendo de Salta a Misiones en un tren del año cuarenta y dos (…), y también algunos patios, claro, y sombras que me callo, y muertos”.

“Lucas, su patriotismo”, en Un tal Lucas, JC.

 

julio cortázar

Habría que empezar diciendo que un 12 de febrero de 1984 Julio Cortázar dejaba para siempre su vestidura humana para encaminarse al cielo de los cronopios, el único posible. La trama seguiría más o menos así: que nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914, hijo de padres argentinos. Que llegó a la Argentina a los cuatro años. Que pasó su infancia en Bánfield, que se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los que debió abandonar por razones económicas. Que un día se fue a Europa, vivió en Francia. Que escribió vastas palabras. Que luchó desde el arte y con el arte contra los demonios de las dictaduras latinoamericanas. Que nos obligó a todos a buscar la falda de la Maga en cada esquina. Que nos exigió ser para cada hombre esa Maga. Que nos invitó al Club de la Serpiente y que algunos pudimos recrearlo en la piel escamosa de otro reptil. Que nos regaló el placer de descubrir La Ciudad en algún rompecabezas del 62/Modelo para armar, que es nuestra existencia, al igual que la rayuela que tejen los días.  Sin embargo me niego a dar las cosas por sentadas: a entender que una mesa es tristemente una mesa, no el ser fantástico que levanta sus patitas ni bien dejo de mirarlo.

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Jebuzito me trajo dos libros, uno de ellos es Comí, el último de Martín Caparrós. Creo que no leí nada de él después de La guerra moderna o La historia. Un poco porque lo perdí en el camino, otro porque pensaba que fueron las mejores cosas que escribió y todo lo demás era vyrorei editorial, como él mismo lo dejó entrever en una entrevista.

Antes de Navidad di con la entrevista que le hacían por Comí en la Ñ  y flasheé: más por el título que por otra cosa. Los libros que me gustan mucho me asustan: no sé cómo reseñarlos y poner en palabra eso tan inmenso que me abren. Así que acá le va un fragmento de esta cruza interesante entre crítica existencial, clase de cómo escribir un monólogo y ficción forzada de la vida cotidiana, todo en su versión más intensa como sólo el bigotes lo sabe hacer. 

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pizarnik

Hoy se cumplen 41 años de la muerte de Alejandra Pizarnik. Quien tuvo el estómago de leer sus Diarios, se habrá encontrado con el relato en el que Alejandra decide que morirá unos 6 años después de eso que está escribiendo: un acto performativo como pocos, en donde el mismo acto de la escritura toma vida, en este caso muerte.

Canal Encuentro encargó un especial de la vida de la poetisa, que se materializó en este documental de cuatro entregas, Memoria Iluminada I: Alejandra Pizarnik. Está disponible el link para verlo online o descargarlo, aprovechen, úsenlo en las aulas, en la casa, en los parques, en la cama, en la mesa, en los baños, que vale la alegría enamorarse de la poesía.

Si tienen la chance, cómprense Poesía Completa, allí están dos libros, Árbol de Diana y Los trabajos y las noches, para mí los más intensos. Se escribió mucha y buena y bella y visceral poesía, pero nada condensa mejor esta vida que la línea que dice “esta noche he visto pero. Nadie es del color del deseo más profundo“.

A tu salud, a tu muerte Alejandra.

Cortazario - Julio Cortazar - Alejandra Pizarnik

Ahora que hace 50 años que se publicó Rayuela; y que el mundo es un confuso y triste hipertexto, mucho más oscuro y desolado que la carta al bebé Rocamadour; y a mi se me ocurre recordar cuando Alejandra Pizarnik perdió el manuscrito de esta novela, y también, por qué no, pensarme que las grandes obras necesitan más de dos manos; que se debe tejer el encanto de la propia vida literaria en colectivo porque juntos somos más para reírnos de la muerte y sí vamos a estar solos y no hay tu tía, que la cosa sea más llevadera de a dos, cuatro, seis.

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