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“Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias”. 

Osvaldo Soriano. Algunas caídas.

Ahora que Raúl Rauch es sospechoso de un homicidio y Ariel Escobar apareció muerto, tirado en el canal de la Soberanía Nacional, seguro que a mi padre le gustaría seguir tan muerto como está. Debe estar pintando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno, sentado frente al motor desarmado de una 250 como lo recuerdo todavía.

Es la primavera o el verano del ’87. Hace poco menos de un año que nació Vimvula y Patricia todavía no sale con Dani. Yo tengo entre 7 y 8 años y voy a buscar una leche a Don Tito, para tomar mi Nesquik. Es una tarde cualquiera en la cuadra de Vélez Sarfield, entre Savedra y Córdoba, y a la altura de la entrada del garaje del taller de mi viejo está estacionado el camión Volvo del vecino: una tremenda máquina en la que jugábamos con Ariel y Walter cuando encontrábamos la puerta sin traba.

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Sentada en el water, con los calzones a la altura de la rodilla, Mercedes se limpia la entrepierna y mira el papel higiénico, en un gesto automático. Mientras piensa el sin sentido de ese movimiento, Mercedes advierte la presencia de un vello, largo, enrulado, negro, en el centro mismo y blanco del papel, ahora húmedo.

Mercedes sonríe y recuerda: la huella de la mañana revolcada, esa en donde él taladró a fuerza de martillo, una y otra vez, sus tres millones de terminales nerviosas. Acerca el papel a su nariz y aspira con fuerza: todavía adivina el sabor de su sexo en ese resto de vida que él vuelca dentro de ella cada vez que se aman.

“Algo dentro mío”, dice Mercedes: suspira y piensa en las cientos de huellas microscópicas, invisibles que dentro de ella, dentro de él, se van quedando como restos del amor: como eso que ni la realidad les puede quitar una vez que se calzan el traje de humanos y salen a ponerle el pecho y las manos al corazón y a la vida.

Mercedes se queda mirando el pelo, diciéndose que es la huella indescriptible y muda de un momento tan efímero como pleno: mueca silenciosa, como los restos de los otros que amamos y están allí, agazapados en la forma de la queja y de la alegría y de la miseria que ejercemos día a día con los nuevos otros.

“Todos los otros, algo dentro mío y yo ahí, algo dentro de esos otros: la victoria del pasado, aquí y ahora”, piensa Mercedes, mientras sacude con cara de asco reglamentario ese pelo impúdico en su rosado coño.

Hacía cosa de poco más de un mes que Mercedes pasaba todos los días por esa cuadra de la Vélez Sarsfield, a toda velocidad, claro. No se había preguntado por qué nunca había parado hasta hoy, cuando quedó clavada en el cordón de la vereda, entre el número 669 y 677 de la cuadra.

Mercedes se quedó encima de la Aurorita, ahí en la frontera que dividía la casa de su abuela y su casa de la infancia. Las fachadas de ambas casas eran tan distintas y a la vez tan iguales, que Mercedes se sacó los lentes de sol y se restregó los ojos para comprobar que lo que veía era verdad.

Ahí estaba Mercedes, clavada en el cordón de la calle, y una nena de unos 12 años salía del portón de la casa del 669. La seguía una niña más chica, de unos 5 ó 4 años. Las dos estaban descalzas y tenían cara de haberse escapado al sueño obligatorio de la siesta.

La nena de 12 años se acercó a Mercedes y elogió su bici. Se alejó corriendo a encontrarse con una barra que la esperaba en la vereda siguiente. La niña más pequeña, la miró de lejos y le dijo “estas vieja”.

No sé cuánto tiempo pasó Mercedes petrificada arriba de la Aurorita mirando a esas niñas. Pudo haber sido un segundo o la eternidad. Lo cierto es que Mónguica y Vimvula treparon al paraíso, que fue su nave; hicieron coronas con las flores amarillas del arbolito del clima; fueron y vinieron jugando a la embopa. Hasta se escondieron detrás de Mercedes cuando a Walter Rauch le tocó contar en la escondida.

Una señora de pelo gris corto salió a la vereda y las llamó a tomar la leche. Otra mujer morena sacó su Da-Dalt y encaró para la avenida Laprida. Ninguna saludó a Mercedes, pero ella las reconoció desde el pasado.

Mercedes se sacudió la nostalgia y siguió su camino por avenida Vélez Sarsfield. Quizás todo eso pasó porque la mañana anterior se había encontrado con la tía Nela, que le trajo su pasado en la cara.

Mientras Mercedes avanzaba a toda velocidad por la cuadra del 600 al 700 de la Veléz Sarsfield, una lágrima le dibujó el cachete y decidió que pasaría por esa calle lo que le reste de vida.

julio

A la muerte de todo escritor le sigue una seguidilla de descubrientos alucinantes, obra del resguardo del heredero de sus derechos de autor. Este año se cumplieron los 25 años de la muerte de Julio Cortázar y era de esperarse que algo se venía.

Pues como verán no en vano a veces leo Para Tí (cuando nadie me ve) y acabo de enterarme que este mayo en España y Argentina sale a la venta Papeles Inesperados, un libro de 450 páginas editado por Alfaguara.

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