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Ya ves

nada es serio ni digno de que se tome en cuenta,

nos hicimos jugando todo el mal necesario

ya ves, no es una carta esto,

nos dimos esa miel de la noche, los bares,

el placer boca abajo, los cigarrillos turbios

cuando el cielo raso tiembla la luz del alba,

ya ves,

yo sigo pensando en ti,

no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa

y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube

y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.

Nos hicimos jugando todo el mal necesario,

el tiempo pone el resto, los oseznos

duermen junto a una ardilla deshojada.

J. Cortázar, en Papeles Inesperados.

* Tenía miles de ganas de escribir algo pero parece que el mono de la tinta lo olvidé por ahí y bueno, encontré este poemita de Don Julio, él que tanto me gusta y que siempre le pega en el clavo. Está en ese póstumo libro, que vale la pena comprar por más que a uno lo encule esto de la mercenaria industria editorial.

Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto. Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.

-¿No sabe manejar, usted? -grita el vigilante.

El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:

-¿Usted quién es?

El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.

-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?

-Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.

El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse.

(1952)

* Al enormísimo cronopio que me acompaña cada día.

Entre Papeles inesperados, el póstumo libro de Cortázar, se encuentra un texto que dice esto: “Triste, solitario y final, como dice Raymond Soriano, escribí Rayuela para mí, es decir para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia -otros hombres y mujeres de más de 40 años. Muy poco después, ese mismo individuo emergió de un mundo obstinadamente metafísico y estético, y sin renegar de él entró en una ruta de participación histórica, de apoyo a otras fuerzas que buscaban y buscan la liberación de América Latina“.

Y ahora, que vuelvo a ver esta entrevista, vuelve la misma idea sobre Rayuela en Cortázar o quizás una idea que siempre se mantuvo latente, allí, agazapada en el cuerpo enormísimo de Julio.

Para quienes quieren comprar el libro, aquí está a la venta. Si alguien me lo presta, bailaré treguacatalaespera.