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Cuando a Mercedes se le da por escuchar un disco de John Coltrane en mitad de la noche, el acto seguido es leer ese único mail que conserva en una casilla de correo oculta, para acortar así la distancia que la separa de ese chico que le roba el aliento cada vez que lo ve.

La lectura es lenta y serena: Mercedes va tocando cada palabra con los ojos, dejando que suenen fuerte en el silencio de la noche esas vocales redondas del j-a-m-a-z , o del r-e-i-r-n-o-s-a-c-a-r-c-a-j-a-d-a-s. Cada sílaba estalla como el ronroneo de su gata que se refriega el cariño en su mano mientras ella trata de poner por escrito esta tristeza dulce que le produce una distancia que nunca entenderá.

Lee y revuelve cada frase buscando, tratanto de recordar algún encuentro casual que le devuelva esas sonrisas que prometía la carta y el resultado es nada. Entonces a Mercedes se le da por calcular el tiempo de la espera paciente, apasiguando su corazón en cada tecleo, a ver si así logra dar vuelta esta rueda del destino que la lleva una y otra vez a leer la misma y única carta.

Nadie sabe el producto final de tal ecuación. Y mientras espera, a Mercedes se le antoja tatuarse la clave de su tiempo maya en la muñeca izquierda para ver si así esta distancia se convierte en paseo en el mes del Chancho.

Presos en mi ciudad, atrapados en la libertad

A nadie dedico estas palabras,
sin enojo, sin rencor.
De nadie voy a despedirme,
Bueno Nadie: ¡Chau, Adiós!
.

Flema.

Lágrimas. Y este texto no tenía que empezar así, pero qué más da. Comenzaré diciendo que, como cuando mis confidentes me recomiendan alejarme de alguno de mis amantes, mi parte racional comprende, pero hay otra –la que importa- que no. Pensaba en mis amigos, en los planes que cada uno tiene en rumbos que ya no me quedarán a un colectivo urbano o 20 minutos de bicicleta de distancia. Planes que no me incluyen. Dice Freud que enamorarse es encadenar el Yo al de otra(s) persona(s) para realizarse a través de ello. Las eses entre paréntesis son mías, pero parece que no me será posible: mis amigos planean exiliarse cada cual por su lado y entonces los bares se me volverán insoportablemente tristes porque ya no me encontraré con ellos a planear la revolución. Pero no sólo los bares. Con ellos se me va mucho más. Y se me ocurre que alguien tiene que tener la culpa de estas mutilaciones que me desangran con cada pasaje de larga distancia que me muestran –pese a que seguiré regalándoles bolsitas con caramelos para el camino, que le dicen. Decía que tengo que encontrar a quién escupirle la bronca por sus partidas, conseguir que el malvado sea visible. En eso estoy.

*****

Hace cuestión de tres semanas. Las ruedas de mi bicicleta avanzaban lento y casi derritiéndose bajo la  siesta chaqueña. Pero me llevaron hasta una jarra de tereré y el suelo fresquito de lo de El Croata. El tiene una de esas miradas que te dan paz desde su silencio. Se siente tan bien encontrar estos momentos. Da clases a chicos de 16 años que van a una escuela que queda a unas 15 cuadras del casco céntrico de la ciudad. Le reprocho que nunca me hizo escuchar esos famosos micros radiales que grabó con ellos. De los parlantes comienzan a salir voces adolescentes sobre “Argentina – Identidad”. Leen la “Carta abierta a la patria” que Julio Cortázar escribió en París allá por el ’55. Entre respiraciones que contienen una risa nerviosa y el rgsgrgs de la cinta, va llegando a mis oídos un “te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra, entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora”. Yo –que estoy al tanto de los trámites de pasaporte de El Croata- le digo que cuando se le ocurra escuchar este disco –estas voces- en un continente que no será este de las venas abiertas lo suyo será masoquista. Porque además la carta termina con: “Te quiero país, pañuelo sucio, con sus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho, nada más que de lejos y amargado. Y de noche”.

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Ya ves

nada es serio ni digno de que se tome en cuenta,

nos hicimos jugando todo el mal necesario

ya ves, no es una carta esto,

nos dimos esa miel de la noche, los bares,

el placer boca abajo, los cigarrillos turbios

cuando el cielo raso tiembla la luz del alba,

ya ves,

yo sigo pensando en ti,

no te escribo, de pronto miro el cielo, esa nube que pasa

y tú quizás allá en tu malecón mirarás una nube

y eso es mi carta, algo que corre indescifrable y lluvia.

Nos hicimos jugando todo el mal necesario,

el tiempo pone el resto, los oseznos

duermen junto a una ardilla deshojada.

J. Cortázar, en Papeles Inesperados.

* Tenía miles de ganas de escribir algo pero parece que el mono de la tinta lo olvidé por ahí y bueno, encontré este poemita de Don Julio, él que tanto me gusta y que siempre le pega en el clavo. Está en ese póstumo libro, que vale la pena comprar por más que a uno lo encule esto de la mercenaria industria editorial.