Penumbra (relato)

Publicado: 3 enero 2017 en Literatura Resistente
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penumbra

Estoy rota, pensó María. El final de la tarde entraba por una rendija del parasol. La habitación estaba a oscuras y los restos de luz batallaban por inundar la escena: la penumbra se posaba en la cama, a pocos centímetros de su nariz se dibujaba una suerte de oleaje hecho de claroscuros y pliegues de sábanas; después del territorio de la cama apenas se distinguían los contornos de una cajonera y seguro detrás, la pared era un inmaculado telón negro.
María miraba todo esto con los ojos perdidos en ese haz de luz del parasol y retenía en su memoria este momento efímero: una catarata serena de lágrimas surcaba sus cachetes; lo único real era la respiración pausada de su hija: su cuerpecito blanco, bolsa de papa, entregado a un sueño profundo que se había negado en la siesta.
Se sentía cansada, qué decir: estaba rendida, agotada, agobiada, angostada. No sabía si un puñal invisible estaba clavado hace unos días en su pecho o un puño agarrotaba su garganta: ella solo podía llorar como autómata mientras la luz todavía insistía en bañar la escena.


Se odiaba también: se odiaba con un odio culposo por llegar tan limada del laburo y no tener paciencia para aguantar a su hija, o lo que es peor: no darse cuenta de que lo único que quería la nena era jugar un ratito para luego dormirse. Se odiaba porque no sabía en qué momento había perdido la alegría: en qué momento ese lugar, los personajes y sus circunstancias le habían robado la capacidad de reírse de sí misma y con otros.
María sabía que la guerra era cuerpo a cuerpo: el de ella contra los otros, en todos los flancos de la vida. No había trinchera de descanso y todo sabía a ese olor irreproducible de repugnante que describía la novela El Perfume cuando el pequeño Jean Batiste llegó al mundo, entre el barro y la sangre de la trastienda del puesto de su madre.
María seguía tendida en la cama, inmóvil, como retenida por esa luz débil que persistía en hacer presente algo de la habitación y no se rendía a la inevitable inminencia de lo negro. Si ponía atención, desde el balcón del vecino llegaba el ladrido histérico de sus tres caniches, que chillaban a todo lo que se moviera en el piso. Alguien entraba al baño y aporreaba la puerta, como no podía ser de otra forma. De fondo, llegaban las palabras entrecortadas por aplausos de algún verborrágico conductor de un programa de tevé. Una tarde como todas, pensó María y en ese pensamiento se coló la angustia de que-era-como-todas.
Le había costado horrores acomodarse a la realidad de los días-como-todos: la misma rutina aplastante de levantarse, dejar la nena en lo de su madre, ir al diario, poner el dedo en la máquina que decía “gracias”, sentarse en su escritorio, reescribir gacetillas mal armadas, hacer los comentarios pertinentes en el grupo de guasap, volver a darle forma a las burradas de algún parte sindical, mirar el reloj y que todavía falten dos horas para irse, un sorbo de agua, un mate, 10 bizcochos y otra vez la máquina que decía “gracias”; un remis a Fray Capelli y Libertad, buscar a la nena, decirle a mamá gracias, llegar a casa, tratar de dormir la siesta y así hasta el infinito. O hasta la finitud de su corta paciencia que terminaba con ella y su hija tendidas en esta cama por la que cada vez menos luz entraba, en una tarde que-era-como-todas.
No había alteraciones en la sucesión de sus tercos días y quizás era eso lo que la ahogaba o quebraba por dentro.
Me cegaba pensó María, como cuando se apaga la luz y todo es un sinfín negro, penetrante, estridente. La misma negritud que dominaba la habitación ahora que la penumbra había sido aniquilada y la tarde que-era-como-todas ya era noche.

María posó su mano sobre el pecho de su hija y recién allí pudo saber que la niña no respiraba. Solo su grito quebró la oscuridad que vino después de la penumbra.

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