Aquellos choques

Publicado: 3 septiembre 2014 en Literatura Resistente
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“Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias”. 

Osvaldo Soriano. Algunas caídas.

Ahora que Raúl Rauch es sospechoso de un homicidio y Ariel Escobar apareció muerto, tirado en el canal de la Soberanía Nacional, seguro que a mi padre le gustaría seguir tan muerto como está. Debe estar pintando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno, sentado frente al motor desarmado de una 250 como lo recuerdo todavía.

Es la primavera o el verano del ’87. Hace poco menos de un año que nació Vimvula y Patricia todavía no sale con Dani. Yo tengo entre 7 y 8 años y voy a buscar una leche a Don Tito, para tomar mi Nesquik. Es una tarde cualquiera en la cuadra de Vélez Sarfield, entre Savedra y Córdoba, y a la altura de la entrada del garaje del taller de mi viejo está estacionado el camión Volvo del vecino: una tremenda máquina en la que jugábamos con Ariel y Walter cuando encontrábamos la puerta sin traba.

Mi viejo está en su taller, detrás del muro de la esquina con Córdoba pensando alguna solución para esa moto de óvalo que le quita el sueño por las noches y el tiempo con su familia. En la ochava de Córdoba y Vélez Sarsfield es el patio de la madre de Don Tito, donde todas las tardes se sienta a tomar su mate. Unos metros después, sobre Vélez Sarsfield, está la ventada de la despensa, donde detrás de la reja te atiende Don Tito: el hombre más negado a la calvicie que conocí en mi vida y que porta un ridículo peinado sobre el que nadie se anima a decir palabra. Caminando por la vereda, entre el 669 y el 677 de Vélez Sarsfield, voy yo: una nena flaquita de patas largas y pelo lacio largo, con alta fama de marimacho.

Pocos metros antes de la esquina, desde la cabina del Volvo escucho que me chistan: Mónica, Mónica! Son Ariel y Walter, dentro del camión. Me acerco y abren la puerta: preguntan a dónde voy y les digo que a Don Tito, a comprar leche. “Subí te llevamos” me dice el nene gordito, agitando la llave del Volvo en la mano. La idea me parece totalmente lógica y nunca se me ocurriría pensar en el disparate de tres niños de entre 10 y 7 años manejando semejante camión.

Son casi las 6 de la tarde. El Sol se esconde al oeste de la Vélez Sarsfield y ahí vamos a Don Tito a comprar leche: Walter y yo apretamos los pedales, Ariel maneja el volante, como puede. Somos tres capitanes de una nave de hierro que vibra desde un motor bullicioso: lo más cercano a la SFD 1 Macross de Robotech que estaremos nunca. Nos sentimos en la gloria mientras avanzamos en el Volvo a nuestra misión láctea: somo tres amigos, me pensaba yo en ese momento y ahora sé que era yo con dos hermanos, que vivían en casas separadas, uno al lado de la otra. Qué loco, pienso y evito distraerme.

Vuelvo al recuerdo. El Volvo avanza y Ariel lucha con el volante: apenas nos damos cuenta de eso Walter y yo, que apretamos los pedales riendo, como si fueran las teclas de un piano. De repente la misión está en peligro: el Volvo apunta hacia el muro de la madre de Don Tito y no hace caso al capitán. Nos entregamos a nuestro destino de frenar contra el muro. Lo que resta está nublado en mi recuerdo por las lágrimas y el tremendo susto, y la certeza de niña de haber matado a la vieja.

Con el Volvo atravesado en la bocacalle de Córdoba y Vélez Sarsfield, con la trompa clavada en el patio de la madre de Don Tito, nos bajamos del camión, más asustados que nunca en la vida. Yo lloro y me miro el pantalón meado, seguro del cagaso, mientras pienso en la penitencia que me darán mis padres y que nunca más saldré a jugar en mi vida. Doña Gladys, mi abuela, está en la vereda del taller y se agarra la cabeza mientras dice Mónica! Lo veo a mi viejo saliendo de su taller, con un Conway atravesado entre los dedos y sonriendo. Hay muchos vecinos y entre ellos Don Tito, que se lamenta seguramente. De su madre no sabemos nada, pero tenemos la certeza de haberla matado.

En mi recuerdo los pierdo de vista a Walter y Ariel: ahí no sé que son hermanos, pero ahora sí y lamento que no puedan seguir jugando juntos, como lo hacíamos de niños. Los Rauch siempre fueron los ricos del barrio: malcriados y mezquinos a la hora de jugar, pero a pesar de todo pasamos miles de aventuras y macanas juntos.

Hace tres meses que Ariel maneja algún Volvo a toda velocidad, para siempre, después de que un grupo de cobardes le negó la vida de sus hijos en 16 ó 20 puñaladas. Y yo escribo para que no se olvide, a falta de mejor cosa.

comentarios
  1. Como recuerdo “el choque que conmociono al barrio” y la cara de Tito cuando vio su esquina a travesada por el camión… con tus palabras viaje a la infancia de la velez sarsfield .. y aún no puedo creer todo lo que ha pasado.. abrazo Moni! 🙂

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