Mercedes en la ducha recordó esos ojos: hasta ese domingo, cuando la luz de la siesta se colaba por cada agujerito de la casa, no había visto esos ojos de un tenue borde verde exterior y al centro ámbar, tan claros que la obligaban a bajar la mirada para no descubrirle el alma.

Mercedes comprendió rápido que no podía sostenerle la mirada. Lo sabía desde ese lunes a la noche cuando lo tenía enfrente y no paraba de hablar como una tarada; mitad maravillada por su presencia ahí, al alcance de su mano; mitad por el miedo espantoso que le producía la existencia de “el problema”.

Mercedes en la ducha no puedo evitar preguntarse hasta cuándo la acompañarían esos ojos. Ahora sí estaba a salvo y todo lo que había vivido valía la pena: esos ojos allá arriba, a unos 20 cm de su cabeza, eran el signo más claro de que había llegado a casa.

Mercedes se sentó en la ducha y apoyó su espalda contra la pared. Cerró los ojos e imaginó que esos ojos asomaban en su entrepierna como mirada de yacaré en el agua y se pensó feliz.

comentarios
  1. […] que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la […]

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