Mercedes en la cama se preguntó cómo había logrado que ese rostro esté ahí: tan alcance de la mano, que era sólo estirarla y comenzar a saber de memoria y para siempre ese perfil, coronado de eso sojo que la miraban con la misma convicción y esperanza que uno mira la revolución.

Sí, así se sentía Mercedes: ella revolución, y el pecho se le llenaba de animales en fuga, se le hinchaba el pulmón de tanta vida que la ahogaba a la altura del cuello y le llenaba el tanque de lágrimas de sus ojos. Pero Mercedes no sabía que ella no era la revolución: ese hombre rojo, acostado, suspendido a 3 metros del piso en la Mendoza y calle 6, era su toma de la Bastilla; su Ejército Rebelde; su Emiliano Zapata y Pancho Villa.

Mercedes en la cama recapituló la revuelta: no empezaba en su cara apoyada a 3 centímetros de la suya. Tampoco en el gesto de tomarla y desnudarle el alma por la entrepierna, como esa madrugada de lunes.

No estaba en el gesto avergonzado de subir las escaleras como dos desconocidos que eran y tumbarse en la cama, con ropa y todo. No habitaba en esa sonrisa nerviosa que ensayaron a través de la reja la primera que por fin se vieron.

Mercedes pensó que el gesto revolucionario estaba en la cita clandestina que se prometieron, pero no era así.

El verdadero salto al abismo, ese vacío de hamaca a la altura de la boca del estómago, había comenzado en el mismo momento que Mercedes lo vio atravesar el pasillo de la redacción y entendió que allí podría estar la libertad.

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