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Jebuzito me trajo dos libros, uno de ellos es Comí, el último de Martín Caparrós. Creo que no leí nada de él después de La guerra moderna o La historia. Un poco porque lo perdí en el camino, otro porque pensaba que fueron las mejores cosas que escribió y todo lo demás era vyrorei editorial, como él mismo lo dejó entrever en una entrevista.

Antes de Navidad di con la entrevista que le hacían por Comí en la Ñ  y flasheé: más por el título que por otra cosa. Los libros que me gustan mucho me asustan: no sé cómo reseñarlos y poner en palabra eso tan inmenso que me abren. Así que acá le va un fragmento de esta cruza interesante entre crítica existencial, clase de cómo escribir un monólogo y ficción forzada de la vida cotidiana, todo en su versión más intensa como sólo el bigotes lo sabe hacer. 

“Ahora que fracasé puedo decir algunas cosas. Llevo mucho tiempo pensando en el momento en que por fin voy a decir-realmente decir, sostener, decir de veras- esta frase: ahora que fracasé puedo decir algunas cosas. Pero en todo este tiempo, mientras me preparaba, no he podido saber cuáles serían. Fracasar-la conciencia de haber fracasado- me da una libertad extraordinaria: ya no tengo que simular ningún logro; no tengo que contarme una vida plena de triunfos; no tengo que imaginar proyectos ni pasar la zozobra de sopesar sus dificultades, sus debilidades, sus inutilidades, y además dudar si sabré hacerlos; no tengo que moderar mis entusiasmos cuando no consigo ignorar que ese entusiasmo es espejismo; no tengo que buscar en mi reveses el aspecto supuestamente positivo que me permita engañar o engañarme; no tengo que preguntarme qué me falta, donde está esa falla imperceptible que hace que no consiga lo que me propongo, y cómo remediarla; no tengo que inventarme historias para convencerme de que la culpa de tal o cual derrota no es mía sino de aquél, de éste, de tal circunstancia; no tengo que preguntarme si no podría modificar un poco ciertas convicciones, ciertas ideas sobre mí mismo, sobre el mundo, sobre lo que se puede o puedo hacer con él; ni siquiera tengo que pensar cómo corregir esas manías que hacen que Silvana no me soporte como no me soportaron otras, porque me queda claro que no va a haber ninguna más.

Fracasar es parecido a morirse: te libera tanto como morirte, sólo que te deja la conciencia necesaria para disfrutar de esa liviandad, de esa falta de necesidad que tienen los muertos.  Y te da la posibilidad de estirar hasta lo indecible tus últimas palabras”.

 

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