El cuento del tío (por MK)

Publicado: 29 diciembre 2013 en Literatura Resistente
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Mercedes se desploma sobre el sillón. El aire está espeso y caliente. De su mano cuelga el teléfono que le acercó la noticia: su tío, uno de los hermanos de su mamá, se murió esta mañana en un hospital a 1.000 km de distancia.

Mercedes mira su muñeca izquierda para retener la hora exacta en que la muerte se cuela por el hueco inmenso que dejó abierto la muerte de su padre. Siempre es lo mismo, se piensa, y se entrega a ese llanto lento de las lágrimas que le dibujan raudales en la cara. No hay nada que hacer, se piensa: la muerte siempre será esto que no entiende y la atraviesa en esa ventana del costado izquierdo que dejó abierta para siempre el Mario. Otra vez este llanto inconcluso, se piensa y sigue llorando.

Mercedes vuelve a mirar el reloj fucsia de su muñeca mientras levanta el teléfono fucsia con la otra mano. Es su madre y no sabe qué decirle. Qué le va a decir de la muerte si ella sabe más que todos lo que es quedarse sola desde siempre. “Hace 10 años que no veo a mi hermano y voy a ir a verlo muerto” dice su madre como preguntando lo obvio. A Mercedes se le atraganta la vida en la garganta y suelta la tensión que le quiebra la voz. Su madre del otro lado hace lo mismo y le pide que no esté triste. Unos minutos después termina la llamada.

Mercedes se desploma en el sillón y piensa en el cuerpo rígido de ese tío que apenas recuerda. Se decide a pensarlo y recrear con obstinada minuciosidad cada detalle de lo que recuerda. No hay mucho. El reloj rosado de plástico que le regaló en Navidad cuando era niña. La cara del tío Mario, homónimo de su padre, que era una combinación perfecta de la nariz y esos ojos de ternero inmensos de su madre, con la tez y la pelada de su tío Juvencio.

Mercedes ensaya una sonrisa. Recuerda que como en el cuento La salud de los enfermos, el tío Mario descubrió que su Mario cuñado había muerto unos 10 años atrás. Nadie se acordó de avisarle en el momento indicado. Nadie se animó a contárselo por miedo a que su corazón de bypass se pare. Una fiesta familiar una década después fue la ocasión ineludible para decirle que omanó la cuñado, cuando preguntaba insistentemente por qué no venía y todos alargaban el cuento de que estaba de pesca al infinito.

Mercedes siente como se va recuperando: la muerte cede su paso en el costado izquierdo y su corazón se esfuerza por volver a hacerse de las preocupaciones de los vivos. Su tío se murió a 1.000 km de distancia en la soledad de un hospital y las cadavéricas y frías manos de la diligencia de las enfermeras. Eso la pone triste, pero se consuela pensando que su madre no morirá sola: se irá abrazada por el cariño inmenso de sus hijas, sus nietos, de sus hijos postizos, de sus amigas del coro, de sus compañeros de trabajo, de su hermano.

Mercedes piensa que quizás la muerte sea sólo eso: el tamaño de las manos que te arropan para este último viaje. Y también el pensamiento de quienes nos quedamos de este lado de vida, aún latiendo.

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