Elogio de La Fundación de Japón

Publicado: 16 diciembre 2013 en Lo que debería leer
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la fundación de japón tapa

La fundación de Japón es la nueva novela de Lucas Brito Sánchez, conocido en como poeta y cronista. La presentación fue el jueves en Las Chatas Bar y estuvo comandada por dos consagrados de literatura chaqueña: Rocío Navarro y Miguel Ángel Molfino. El libro fue publicado por Librería Contexto, a quien se agradece la apuesta por lo local,  y forma parte de los títulos de la Colección Mulita, dirigida por Mariano Quirós y Pablo Black, que esta vez se lucieron con el cuidado de la edición. Las palabras del autor se completan con las ilustraciones de Sebastián Curutchet, en tapa, y Jarumi Nishishinya en el interior. Lo encuentran a $78 en la librería, en French e Irigoyen.

1 Esto no es una reseña. No voy a decir nada más inteligente que lo que ya dijeron los presentadores de esta novela, pero sí quiero rescatar algunas palabras y emociones del nacimiento de esta obra. Molfino y Navarro coincidieron en calificar de “rara” o “excéntrica” a la prosa de Brito Sánchez, quizás porque se aleja del relato clásico, buscando una nueva forma del relato a través de la simulación rítmica de la cadencia de la literatura japonesa. Y también porque hay un dato curioso: el narrador de este Japón está ausente así como la identidad nominal de sus personajes. En ese juego de la seducción se van sucediendo imágenes: sí, imágenes como evocaciones de las situaciones. Como en el I-Ching, el autor sólo elige retazos de la historia para contar eso que les sucede a su narrador y sus personajes. No hay inicio nudo desenlace: es más, las acciones parecen no concluir y uno se encuentra muchas veces con finales que te dejan con ganas de más. Cada página parece ser una sentencia – oráculo para quien las lee y un instante congelado para los personajes dentro de la historia.

2 La rareza, la excentricidad, la evocación, la alusión exquisita, la ausencia que habitan los personajes parecen ser algunos de los condimentos con los que Lucas Brito Sánchez se pone a dialogar en su literatura. Hasta la perfomance de la presentación, ambientaba con mantras, té chino, velas y papel de arroz escrito sirven a la creación del seudónimo del autor: Lucas Hosomichi. Además de acercar a la fauna literaria local el excentricismo de oriente, que tan de moda está en estos tiempos. Toda esta construcción me recuerda un poco a lo que decía Heidegger acerca del ser de la obra de arte: el dasein de la obra sucede en ese diálogo de miradas entre el espectador y la obra: no basta mirar la obra, la obra debe mirarte a ti y en ese cruce, es donde sucede la cosa. Y creo que la literatura no es más que ese cruce de miradas: un choque entre la mirada del autor y la mirada que nos devuelve la realidad que vivimos, y en ese accidente ocular es que surgen las obras, como testimonio emocional de lo que nos produce el mundo. Lucas Brito Sánchez encontró en la literatura nipona la clave para presentar su mirada del mundo y ponerla a mirarse con el lector que se atreva a dejarse ser visto. No es una mirada llana como la de literatura clásica en donde se distingue claramente el momento del pestañeo: es una mirada alegórica en donde quienes conocen al autor podrán encontrarse y desencontrarse. Y especialmente es una mirada en donde el autor mismo se duplica: primero, como el mítico poeta conocedor de oriente; segundo, como el hombre que se reconcilia con su particular visión del mundo y desde allí también se encuentra.

3 Una pista de esta alegoría de lo real nos dio el propio autor en la presentación: rescató la figura de los samurais, como los personajes no dichos y a la vez implícitos en su obra. Los samuráis atraviesan silenciosos las páginas de La fundación de Japón, hablando sin hablar en su doble destino: el honor y la muerte, dos miradas del mundo que despiertan a los ojos del autor. No hay autor que no ponga en papel sus miedos o pasiones: a veces de forma directa como Gregorio Samsa, otras no tanto. Quizás la literatura sólo se trate de eso: un meticuloso ejercicio de dejar venir la palabra, escribirla y dejarla ir en un libro, como el zazen. Y que después reine el silencio y la calma, como las formas más adecuadas del sucedernos y que aún el ego se niega a resignar.

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