Ahora que Boca le ganó a River por 1 a 0 en el Monumental y Cristina está fulera de salud, a mi viejo le gustaría seguir tan muerto como está. Lo imagino pitando un Conway tras otro en alguna dependencia del infierno y lamentando que la suerte política sea tan grela en este país y los clásicos sean más aburridos que chuparse un clavo.

Lo imagino así porque lo veo con la misma cara de pena con la que salió de una verdulería de Salta un febrero de 1991. Boca y River se disputaban la Copa Libertadores en La Bombonera. Los xeneizes ya habían ganado los amistosos de verano y lo tenían de hijo a los gallinas, pero ese día el verdulero, riverista a muerte, le decía socarronamente a mi viejo (que ya lo había olido boquense) que Boca perdía 3 a 1 en el primer tiempo.

Y ahí estaba mi viejo, lamentándose doblemente: primero porque su equipo perdía con su rival histórico y segundo porque mi vieja le había dado un susto en plenas vacaciones con un ataque de asma. Recuerdo que habíamos ido a la verdulería a ver qué podíamos comprar para comer, después de haber pasado por emergencias del hospital de Salta para que le inyecten un corticoide a la Elsa. Estábamos de vacaciones, recorriendo el norte argentino en un Fiat 128 que apenas andaba y hacíamos camping en cada pueblo de Salta y Jujuy. Ese verano queríamos llegar a La Quiaca, hazaña que logramos en ese auto destartalado y con el espíritu aventurero de mis viejos, que hoy serían vistos como inconscientes por los ojos asépticos de muchos.

Las vacaciones eran una maravilla para mí y no teníamos mucho: el Fiat, la carpa, frazadas y buzos, todos los elementos para la cocina al aire libre y a nosotros mismos: algo que a mi me encantaba porque era el único momento del año que pasábamos solos y en familia. El resto del año mi viejo estaba en su taller; mi vieja trabajando y nosotras hacíamos nuestrasvidas bajo el cuidado de la Gladys, mi abuela. Esta vez estábamos solos los cuatro: el Mario, la Elsa, la Vimvula y yo; la Patri se había quedado porque tenía como 21 años ya y se aburría con nosotras, que éramos dos mocosas de 13 y 6 años.

Y allá íbamos camino a Salta en el Fiat, atravesando esa zona del Chaco que no me gustaba para nada pero era el precio a pagar para ver las montañas. Todavía estoy sentada en el asiento trasero del 128, peleando con Vimvula, mientras la Elsa nos lanza un grito de que la cortemos, que la volvemos loca. O, el Mario mira con odio al verdulero que le dice que el partido está cocinado: River 3 y Boca 1 en el final del primer tiempo.

Volvemos al auto con algunas verduras y un poco de carne para hacer unos bifes. Mi viejo no sólo tiene que tragarse el resultado del superclásico sin poder verlo, sino que tiene que cocinarnos por primera vez en su vida. Recuerdo que la Elsa se quedó durmiendo en el auto esa noche, para estar más cómoda, mientras mi viejo y yo tratamos de hacer la cena.

Es la noche salteña y estamos en el camping municipal, que tiene una pileta del diámetro de una manzana ,con forma riñón: lo más cercano al mar para mí. Yo no pienso ni en River, ni en Boca, ni en mi vieja: sólo quiero que amanezca para meterme en la pile y mi viejo me pide que le ayude con los bifes.

No tiene ni idea de cómo se cocina. Nunca supo elegir qué ponerse ni comprarse ropa solo: fue un tipo que pasó de que la Gladys le deje la ropa en el pie de la cama a que lo haga la Elsa. A ambas amó profundamente, a su manera, algo que a mi me costó siempre entender. Y ahí está, dándome la responsabilidad de que cocine porque él no sabe, mientras se acerca a una carpa vecina desde donde se escucha la radio.

Los bifes salieron como la mierda y la ensalada no sé qué era, pero lo comimos contentos. Era la noche inmensa y al horizonte se dibujaban las montañas. Habíamos llegado de noche a Salta y la vieja se descompuso, así que no tuvimos tiempo de hacer nada.

La voz del relator retumba en la nada del camping. Mi viejo, la Vimvula y yo comemos. Siento la fría noche salteña en mis patas poi. Mi hermana se duerme en mi regazo y mi viejo va gritando uno a uno esos 3 goles de Boca en el segundo tiempo. Salta y tira todo con el golazo de Latorre a los 43 minutos. Vamossss carajooooo, llena el vacío y nosotras también gritamos con él. Sus ojos grises se llenan de lágrimas y el cogote se le pone rojo de tanto gritar. Mi vieja desde el auto pregunta qué pasa y el Mario le grita que le ganamos a los gallinas de mierda!

Nosotras saltamos y saltamos. Todavía sigo ahí, sentada con mi viejo y la Vimvula en una noche fría de Salta, festejando algo que no comprendo. No sabía que cuatro años después lo guardaría a mi viejo para siempre en su traje de madera y por mucho tiempo odiaría a Boca, los peronistas, los mecánicos y las herramientas.

Por suerte la vida se dio vuelta para mi como el partido de Boca – River. Hoy volví a mirar los clásicos un domingo, comiendo carne, soportando con humor a los peronistas y rezando para que alguna vez la cosa política cambie en serio.

Me gustaría mostrarle este mundo a mi viejo: una realidad tan distinta, en la que por ejemplo podría ver ese emocionante River -Boca de pantoloncitos cortos y no a estos pechofrío contemporáneos.

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