Del malestar en la cultura y otras angustias

Publicado: 3 septiembre 2013 en Lo que curioseo, Lo que me gusta
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Hace unos meses retomé la lectura de Freud y puta que da gusto: de alguna forma sigue siendo tan actual en su mirada de la salud mental que impresiona pensar qué habrá sido de tu cabezona ahí pensando todas esas cosas.

Entre los libros que leí está el ensayo Malestar en la cultura, uno de los escritos más lúcidos y debería ser incluido en todo estudio sociológico serio. Acá un fragmento que se divaga sobre la felicidad, nuestra lucha para alcanzar, el principio del placer, las fluctuaciones de la economía libidinal y el boicot que nos tiene planeado la psiquis.

“El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices es irrealizable; empero no es lícito -más bien: no es posible- resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento. Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos, anteponer el contenido positivo a la meta, la ganancia de placer, o su contenido negativo, la evitación de displacer. Por ninguno de ellos podemos alcanzar todo lo que anhelamos.

Discernir la dicha posible en ese sentido moderado es una problema de economía libidinal del individuo. Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que alcanzar la bienaventuranza. Los más diversos factores intervendrán para indicarle el camino de su opción. Los que interesa es cuánta satisfacción real pueda esperar del mundo exterior y la medida en que sea movido a independizarse de él; en el último análisis, por cierto; la fuerza con que él mismo crea contar para modificarlo según sus deseos. Y en esto, además de las circunstancias externas, pasará a ser decisiva la constitución psíquica del individuo. Si es predominantemente erótico, antepondrá los vínculos de sentimiento con otras personas; si tiende a la autosuficiencia narcisista, buscará las satisfacciones sustanciales en sus procesos anímicos internos; el hombre de acción no se apartará del mundo exterior, que le ofrece la posibilidad de probar su fuerza. En el caso de quien tenga una posición intermedia entre estos tipos, la índole de sus dotes y la medida de sublimación de pulsiones que pueda efectuar determinarán dónde haya de situar sus intereses. Toda decisión extrema será castigada, exponiéndose al individuo a los peligros que conlleva la insuficiencia de la técnica de vida elegida con exclusividad. Así como el comerciante precavido evita invertir todo su capital en un solo lugar, podría decirse que la sabiduría de la vida aconseja no esperar satisfacción de una aspiración única. El éxito nunca es seguro; depende de la coincidencia de muchos factores; y quizás en grado eminente de la capacidad de constitución psíquica para adecuar su función al medio circundante y aprovecharlo para la ganancia de placer. Quien nazca con una constitución libidinal particularmente desfavorable y no haya pasado de manera regular por la transformación y reordenamiento de sus componentes libidinales, indispensables para su posterior productividad, encontrará arduo obtener felicidad de su situación exterior, sobre todo si se enfrenta a tareas algo difíciles.   

Como última técnica de vida, que le promete al menos satisfacciones sustitutivas, se le ofrece el refugio en la neurosis, refugio que en la mayoría de los casos consuma ya en la juventud. Quien en una época anterior de su vida vea fracasados sus empeños de obtener dicha, hallará consuelo en la ganancia de placer de la intoxicación crónica, o emprenderá el desesperado intento de rebelión de la psicosis. 

La religión perjudica este juego de elección y adaptación, imponiendo a todos por igual su camino para conseguir dicha y protegerse del sufrimiento. Su técnica consiste en deprimir el valor de la vida y en desfigurar de manera delirante la imagen del mundo real, lo cual presupone un amedrentamiento de la inteligencia. A este precio, mediante la violenta fijación a un infantilismo psíquico y la inserción en un delirio de masas, la religión consigue ahorrar a muchos seres humanos la neurosis individual. Pero difícilmente obtenga algo más; según dijimos son muchos los caminos que pueden llevar a la felicidad tal como es asequible al hombre, pero ninguno que nos guié con seguridad hasta ella.

Tampoco la religión puede mantener esa promesa. Cuando a la postre el creyente se ve precisado a hablar de “inescrutables designios” de Dios, no hace sino confesar que no le ha quedado otra posibilidad de consuelo ni fuente de placer en el padecimiento que la sumisión incondicional. Y toda vez que esté dispuesto a ella, habría podido ahorrarse, verosímilmente, aquel rodeo”.

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