Lo público privado

Publicado: 17 agosto 2013 en Literatura Resistente, Los que escriben
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A los que me enseñaron algo en Tirol

Mercedes en la ducha pensó que todos los cánones del arte estaban obsoletos. Que la vida así como la había leído no tenía más sentido, o al menos para ella. Claro que no era el descubrimiento de la pólvora, pero para Mercedes cerebro chiquito alma para adentro estudiosa lectora del canon, era la eureka misma.

Se había pasado la última semana corriendo, con muchísimo gusto, entre Resistencia y Tirol, con la cámara emocionada de tantos colores y formas que una veintena de tipos iban dibujando en los muros tiroleros.

En esos días, mientras buscaba el mejor ángulo para la foto del diario, uno de los esos tipos, el más viejo, con ese cantito dulzón que sólo tienen en el noroeste argentino, decía que el arte público era la más solidaria de las expresiones plásticas porque estaban ahí, artista y público, viendo, ambos con distintos ojos, como la obra nacía y se hacía eso que es, y sobre todo lo que no es. Mercedes paró la oreja y eso que decía el catamarqueño comenzó atravesarla sin que ella sepa cómo y de qué venía.

Pasaron 7 días, 20 artistas, 15 murales, miles de ayudantes pintores, más espectadores y Mercedes sólo sonreía detrás de la cámara, pero ya con un tercer ojo que se abría grande y amplio en su pecho, dejando que por primera vez el arte público y el muralismo la miren de frente, como decía algún crítico de arte.

Todo terminó, pero algo cambió para siempre en Mercedes. La crítica y la teoría del arte dejaron de habitarla. Se esfumaron las nociones aprendidas y el canon del arte, religiosamente estudiado en soledad, terminó siendo el recuerdo aguado que nos dejan los malos artículos de una revista. Mercedes sonrío porque ya no estaba privada de lo público. De lo público del arte y esa cosa sucia y visceral que se produce en las manos cuando el arte es cemento directo, esgrafiado, mosaicos, esponjas, sintético, brocha gorda y spray. Mercedes intentó imaginar la alegría de esos pibes que pintaron los muros de Tirol con los 20 artistas y el corazón se le desbordó por los ojos.

Mercedes se sintió un poco más libre. Despidió una vez más a las viejas ataduras y volvió a decirse para ella misma: 33 años privada de lo público. Creyendo que estamos solos y no hay tu tía. Que el mejor arte es un ejercicio de soledad y dolor estoico. Que no existe Dios ni nada que nos ilumine. Que la amabilidad es cosa de gente común. Que el éxito se mide en quien es más cretino. Que la vida no vale nada.  Y que lo público es impúdica exhibición en un mundo ordenado y aséptico de egoísmo.

Mercedes en la ducha sonrió de clarividencia y se apuró: tenía que vestirse para ir a su clase de yoga; porque claro, todavía tenía que pagar para aprender a relacionarse con su cuerpo después de años de yomismo.

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