corazón

Mercedes en la ducha pensaba que el pecho se le había abierto y andaba por ahí, desparramando pulmones, alvéolos y corazón a los cuatro vientos. Decía que esto del des amor era como morirse sin haberlo hecho aún. El trámite de desnudarse del amor, de quitarse la piel como yarará y dejarla que se oree a Sol, le producía un profundo embole, sólo comparable con los días de humedad de su tierra.

Mercedes se pensaba que mudar el amor era lo más difícil del mundo y hasta que un nuevo depositario de la demanda amorosa llegue, iba a tener que meterse todo su amor en el pequeño pecho, abollarlo bien chiquitito allí entre la teta izquierda y la derecha, por debajo del esternón. De sólo pensar la faena, Mercedes desistía y se esmeraba en buscar en su teléfono, entre sus conocidos, en los contactos de facebook algún candidato para ejercer la dictadura del cariño en su humanidad.

No había caso y Mercedes lo sabía. Uno no cambia de amor como de calzón y esquivarle al bulto de mudar los sentimientos enredaría más las cosas, como hartamente lo sabía.

Entonces Mercedes se decidió: durante tres días y sus noches se sentó en la puerta de su casa, viendo pasar lágrimas y humedad. Al cuarto día el mecanismo se activó: el primer síntoma fue prescindir de mirar su teléfono cada tres milésimas de segundo en busca de un signo que le devuelva su vida. Mudar el amor no era imposible. Ya vendría el olvido a lamer recuerdos y alegrías, dejándolas chatas e insípidas como imanes de heladera.

Al quinto día ya dejó de preocuparse por la felicidad del genocida y admitió la muerte de la Mercedes enamorada como un acto natural y necesario para la sucesión de los días. No había dolor, o ese dolor era la nostalgia por las millones de Mercedes que ella  había asesinado a lo largo de su vida. Mercedes se admitía como una asesina serial de sí misma, justa y necesaria; y pensó en qué tontos los que creen que no se muere de amor: se vive de amor y eso es un crimen.

A los diez días ya nada era el igual. Mercedes se miraba al espejo sin reconocer a esa mujer que sonreía y exhibía impúdicamente una cicatriz esqueloide en el pecho, como si fuera que le hubiesen practicado una cirugía a corazón abierto. Hasta sus amigos, esos espejos humanos que nos inventamos, huían de su presencia cuando ejercitaba con feroz agudeza chistes acerca de su pasado y su condición de soltera.

A los sesenta días Mercedes entendió que la mudanza estaba por empezar a terminar: pensaba que el pecho se le había abierto y andaba por ahí, desparramando su alegría, como la chica que desparramaba corazones que le salían del pecho dibujada por un artista paraguayo.

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