Cortazario - Julio Cortazar - Alejandra Pizarnik

Ahora que hace 50 años que se publicó Rayuela; y que el mundo es un confuso y triste hipertexto, mucho más oscuro y desolado que la carta al bebé Rocamadour; y a mi se me ocurre recordar cuando Alejandra Pizarnik perdió el manuscrito de esta novela, y también, por qué no, pensarme que las grandes obras necesitan más de dos manos; que se debe tejer el encanto de la propia vida literaria en colectivo porque juntos somos más para reírnos de la muerte y sí vamos a estar solos y no hay tu tía, que la cosa sea más llevadera de a dos, cuatro, seis.

Seguro que muchos de los amigos conocen la historia de cómo Alejandra perdió el manuscrito de Rayuela y casi comprometió la existencia del boom literario latinoamericano, pero es bello recordarla porque en aquel París de 1960, cuando ambos escritores apenas sobrevivían y gastaban su tiempo, su amor y su vida en las noches de esta ciudad, se cocía el alimento de las fantasías y construcciones que edificamos sobre “ser escritores”.

Imaginen una tarde como hoy, húmeda y lluviosa. Un café, pero no en la peatonal de Aida, sino en la Rue L’enperon. Digamos que es 1962 y un hombre descomunalmente alto, sostiene bajo el brazo un manuscrito gordo, de hojas raídas, engrasadas de manchas de café y tabaco. Se detiene frente a la mesa de ese café donde una mujer de inmensos ojos acuosos sonriente tristeza escribe frenéticamente en una libreta amarilla su trágico destino una década después. Son Julio Cortázar y Alejandra Pizarnik, así sin ser nadies como nosotros y sin embargo siendo ya esos que nos dejarían despiertos miles de noches con sus palabras.

No sabemos de qué hablaron, y casi no importa. Lo único cierto es que Julio dijo que en su novela aparecía la condesa Báthory de Transilvania y eso llamó la atención de la artífice de la condesa sangrienta. No sabemos si el manuscrito cae en las manos de Alejandra para que lo pase en limpio o para que dé su veredicto, lo cierto es que pasa buen tiempo perdido entre pilas de papeles, botellas, libros, anfetaminas de la habitación de Pizarnik. Un día vuelve a las manos de Cortázar, mecanografiado por la poetisa, sellando así destino celestial.

Y es que a veces, ciertas buenas obras necesitan cuatro manos para que Horacio Oliveira sea Villasboa en Paraguay; para que la Maga sea la aspiración de esa mujer que vive hoy en Girona; para que Polanco y Calac escriban la noche de las uras; para que las calles de  Montparnasse o Montmartre concentren el anhelo de la bohemia y se parezcan a cualquier esquina de Asunción o Resistencia; para que el Club de la Serpiente tenga su sucursal chaqueña en mis cuentos con La Veda; para que las sentencias de Morelli tengan la carne de mensajéamena; para que la tabla que separaba el cuarto de Talita se resuma en la introducción a las flores de plástico.

Gracias mis Julios y Alejandras por hacerme recordar que todavía, a tientas, con pasos firmes, también vamos saltando esta rayuela, universal y personalísima; que es la literatura de todos mis amigos escritores.

comentarios
  1. BONÍSIMO AMIGA….!!!!

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