Tu sueño tibio (por MK)

Publicado: 10 mayo 2013 en Literatura Resistente
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A mi subcampeón argentino de mountain bike

Lo más parecido a la eternidad era quedarme así, apenas encima del colchón, envuelta como una oruga de mantas, mirándote dormir, soñando un sueño en donde todavía me querías, un sueño tibio de otoño en el que íbamos a toda velocidad por las calles polvorientas de Villa Fabiana una siesta cualquiera del año pasado.

Te miré fijo hasta que tu cara comenzó a nublarse y convertirse en tu mano que serpenteaba por debajo de kas sábanas y mantas hasta llegar a mi cintura y dibujarme un trasero que sólo tu tacto podía hacer apetecible. Tus dedos volvieron por todo lo largo del muslo, pasando suavemente por mi pubis hasta borrarme de un roce el pliegue de pancita que ya comenzaba a criar. Llegaste a mi espalda, donde tu caricia traía el amor de todos los hombres, y allí te quedaste dibujándome círculos a la altura del tatuaje de Soriano, para subir luego hasta mi nuca y provocar una tormenta de piel de pollo a mar abierto en todo mi cuerpo, del dedo chiquito del pie en oleadas interrumpidas hasta el remolino que corona mi gran cabeza. Me estremecí como un niño con bicicleta nueva y atiné a soltar un suspiro hondo y profundo. Antes de que pudiera notarlo estaba boca arriba, contigo encima mío, recitándole no sé qué secretos a mis tetas, mis diminutas tetas, que alegres recibían uno a uno tus besos. Sentí la fuerza de tu sexo penetrándome con calculada delicadeza. Uno, dos, tres, cuatro y mi cuerpo se curvaba de amor, de alegría y todas esas cosas que no se pueden nombrar con palabras y sólo se sienten en la piel, bien adentro. Tu cara rozaba la mía, balbuceabas algo que no llegué a distinguir y me mirabas así, como antes y como ahora, con esos ojos de ternero brillantes y un poco vidriosos, de un marrón único y cubierto de espesas pestañas negras. Sé que te amé y lo dije, no sé si me escuchaste. Muy dentro mío grité y grité que te amaba, dije que me asustaba la vida y que era bien duro dejarte ir.

Lo más parecido a la soledad es la inminencia de tu ausencia aquí, apenas prendido de nuestra vida, envuelto en un mandato confuso que no comprendemos y que aceptamos con dócil obediencia. Y yo te miro dormir en este colchón de una plaza, donde a veces todavía vuelvo porque nuestra cama es un inmenso mar que ahoga mis esperanzas, y espero a que abras los ojos y me sonrías hasta que un día ya no estés más.

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