Cocina, alquimia del amor (por MK)

Publicado: 5 noviembre 2011 en Literatura Resistente, Lo que debería leer
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La cocina es alquimia de amor

Guy de Maupassant

 

Comenzar estas líneas citando a un escritor es un vicio de la literatura, pero a la vez ese empujón que necesitaba para animarme a juntar en un libro la experiencia de la cocina, que al fin y al cabo para mí, es la historia de mi corta vida.

Si bien no soy chef profesional, cocinar y comer son dos pasiones que atraviesan mi vida. Parece un cliché, pero mi relación con la comida comenzó cuando era chica, viendo cocinar a mi abuela y a mi madre. En la cocina de mi casa, mi abuela era la reina, que todos los días ponía a funcionar la alquimia de los fogones, que luego devorábamos en la mesa. A mis 8 ó 10 años algunos de esos platos eran verdaderas torturas imposibles de masticar, pero hoy con la madurez de la digestión que dan los años, son auténticas reliquias de una cocina casera de antaño, casi en extinción.

Mi abuela era una mujer de su tiempo: ama de casa, encargada de la cocina y el confort familiar, una cocinera más bien práctica que imaginativa. Durante los 15 años que viví con ella, supe que iba a comer cada día porque el menú semanal siempre fue el mismo: lunes, puchero con todo para purificar el asado o la comilona del domingo; martes, algún buen guiso y cuando era de lentejas en invierno era una celebración para las papilas; miércoles, pastel de papá o bombas de papá, que era el plato favorito de mi hermana más chica; jueves y viernes se podía comer algo de carne, ya sea en bifes a la criolla de ternera o  hígado, o milanesas con puré (mis favoritas); y sí aún a fin de mes el dinero alcanzaba para una familia de siete comensales, los sábados comíamos pasta con su estofado obligatorio. A primera vista no parece un menú muy saludable, pero en la mesa de mi abuela siempre había muchas verduras, ensaladas para acompañar los platos, frutas de postre y pan, algo que nunca podía faltar. Los domingos eran días especiales: hagas lo que hagas el día anterior, tenías que levantarte temprano para pasarla con la familia y ayudar en la realización del ritual dominguero del asado, que en su defecto por la lluvia, mutaba en ravioles o ñoquis amasados por las manos de mi madre. Y a pesar que yo y mis hermanas nos negábamos muchas veces a comer lo que considerábamos comidas “asquerosas y aburridas”, crecimos “sanas y fuertes” y hasta el día de hoy, cuando nos juntamos alrededor de la mesa, recordamos con risas esos años en los que la abuela y los viejos nos sometían a esos martirios culinarios.

Como dije, mi abuela era la responsable de la casa y la comida porque mi madre trabajaba: no era una mujer de su tiempo y creo que nunca le gustó mucho eso de “cuidar del hogar”, por lo que se dedicó a la no menor tarea de traer el pan a la mesa. Pero cada sábado por la tarde o domingo, cuando mamá estaba en casa era una celebración verla en la cocina haciendo chipa o amasando los ñoquis más ricos del mundo que comí en mi vida. Junto a mi vieja aprendí a hacer una buena salsa para la pasta y era tan guapa la mujer, que cuando mi papá se ponía perezoso con el asado, ella echaba mano a la parrilla y curtía sus manos en las brasas.

Y como dice Maupassant, la cocina es alquimia de amor para mí porque el primer recuerdo de mi vida es esa cocina rectangular de la casa de mi abuela, con sus baldosas de granito gris, el ventanal que da el patio y los muebles dispuestos en U, abrazando los pasos de mi abuela o mi vieja, que revuelven alguna olla con algo más que una cuchara de madera. Hay olores, sonidos o imágenes de las que uno no se puede desprender en toda su vida: el crujido del pollo a la plancha con limón de mi abuela, que nunca me salió igual; las manos de mi madre llenas de masa chiclosa que se pegan a sus dedos; el plaf imperceptible de la harina espolvoreada en una mesa de madera; el olor a carne asada que inundaba la cuadra de mi barrio todos los domingos.

Todavía sigo prendida a esos instantes, en donde no tengo más de 10 años y desde una silla pequeñita en un rincón de la cocina, veo a mi madre o mi abuela yendo de un lugar a otro, buscando especias en los estantes, cortando verduras, poniendo a cocer algo en el horno y contándome cómo se hace tal o cual cosa en la cocina. Quizás no sea la gran cosa, pero esos recuerdos son el ingrediente más importante hoy cuando en mi cocina invento o plagio alguna receta.

Seguramente mucha palabra más versada en fogones y literatura escribió ya acerca del arte de la cocina, pero lo cierto es que para mí cocinar está relacionado a tres circunstancias irreductibles: imaginación, cariño y sabor. No hay receta que no inspire una nueva conjugación de esta triada y sí la musa culinaria no te visita, lo mejor es esperar hasta el momento justo de su llegada.

Este libro de cocina y recetas es simplemente un viaje a través de los sabores que me enseñó la vida: platos de mi abuela y mi madre, recetas de nuevos amigos cocineros e inventos que cocino a mi familia, amigos y amores para celebrar nuestro paso por este mundo.

Si Nietzsche vaticinó que el mundo sin música hubiese sido un error, los invito a pensar el devenir de nuestros días sin un humeante y sabroso plato de lo que gusten frente a sus narices. ¿Sería duro no?

*Introducción al nuevo proyecto: libro “Cocina, alquimia del amor”, por Mónica Kreibohm, que aún se está cociendo.

comentarios
  1. Carol dice:

    tantas cosas en este blog “yo-también”

  2. guillermo dice:

    estimulante…

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