Mercedes se había tirado el I-Ching y la respuesta fue clara: el estancamiento. El hexagrama expresaba lo que ya venían diciéndole sus días: un tiempo paralizado en un conflicto que no terminaba de estallar y tiraba una luz de escándalo sobre su alma. Se sentía oprimida y medicaba el tormento con pintura de mandalas, sahumerios de sándalo, trasplante de plantas y las largas jornadas de lectura y entendimiento del Libro de las Mutaciones.

En momentos como éstos Mercedes buscada leer libros que arrojen luz sobre el mambo negro que se desparramaba en cada rincón de su vida. Pero sin duda lo que mejor funcionaba, es decir, lo que lograba esbozar esa sonrisa negada en su cara era andar en bici. Ida y vuelta al trabajo, paseos con amigos, divagues de pedal en solitario a toda hora y en cualquier tránsito: toda oportunidad de traslado en bicicleta era una fuente necesaria de endorfina y el único momento no obligado en que el rictus de su boca dibujada una medialuna de dientes que abría más puertas y corazones que el natural ceño fruncido de su frente.

Cada día era la certeza del tiempo flaco del estancamiento: apenas estiraba el cuerpo de la cama ya sentía la presión de sus obligaciones y su trabajo, que venían siendo un-deber-hacer más que un-hacer-con-ganas. Había olvidado por completo toda sensación de disfrute y creía moverse como un zombie por su día, por sus horas, por esto que llamaba su elección de vida. Claro que al momento de subir a la bici Mercedes experimentaba un extraño trueque del orden del tiempo y cada segundo era la eternidad del viento golpeando contra su cara, la felicidad estampada en una sonrisa que chocaba contra la violencia del tránsito de la ciudad e iba estrellándose y disolviendo las cara preocupada de motorizados y transeúntes. Y así andaba, feliz de la vida, sumando sonrisas que no duraban más allá del instante en que su culo se despegaba del asiento y volvía a ser un homo erectus de dos patas, sexo femenino, 30 años.

Esa noche cuando volvió a buscar su bici aparcada en el centro no imaginó que otro tiempo se acercaba: sus ojos cansados, el ceño fruncido y el paso apurado no le dejaron ver el maravilloso signo. En el canasto de su bicicleta, junto a la cinta coral de seda que había servido de collar a un perro que unos amigos encontraron en la calle, había un caramelo de limón Arcor. Allí estaba, enredado entre el listón rosadarojoanarajado, todo blanco con su papelito de limoncitos amarillos perfectamente dibujados, esperando que ella lo coma porque un donalguien había tenido el gesto de ofrecerle un caramelo, a ella y a su bici, para demostrarle la importancia de lo pequeño: el hexagrama que horas más tarde revelarían las monedas del I-Ching en su mesa.

Mercedes volvió a reír, pero ahora de pie y bien fuerte a la muerte.

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