El silencio ciego (por MK)

Publicado: 27 marzo 2011 en Escritores
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Fueron treinta años de un silencio ciego, allá atrás, agazado por el único sonido: un montón de palabras escritas, visuales, carnales, que se amontonaban entre mis ojos,  al borde de mis pestañas, en mi entrepierna. Tenían que pasar treinta años ruidosos de palabras y esta soledad inmensa que me atraviesa de lado a lado, desde la ausencia que hoy es mi casa: una caja de resonancia en la que retumbaban una y otra vez las gotas de lluvia de la tarde.

Sí, treinta años y una casa como caja de resonancia. Pero también la soledad como una mano tendida para sacarme de ese silencio ciego en el que había estado. ¿Había otra forma de contar que no sea la palabra? ¿Existía otra historia posible que no fuera la de la imagen? Parece que sí. O no sabemos.

Primero fue aprender a escuchar ese silencio ciego que se mostraba apenas en el sonido del galope de mis dedos en el teclado. Una y otra vez, gracias a la soledad, a la falta de compañero de cama, apareció: al principio tímido, pedía casi susurrando desde los dedos que me quede en casa, que no salga, que necesitaba la cabalgata en el teclado para comenzar a mostrarse. Muchas me negué y en ese juego de esquivarlo, me vi empuñando lapicera contra papel en blanco en pleno reinado del griterío de bares: era algo como un vuelo al ras del suelo que me embriagaba.

Después ya fue pleno galope sobre el teclado: ese sonido sordo y seco de las yemas de los dedos golpeando a ritmo frenético la entrada periférica del ordenador. Ahí comenzaba a despertarme del silencio ciego: en primer plano mis manos sobre el teclado; en un fondo casi acuoso las gotas de lluvia sobre la calle de tierra; más allá un perro que ladraba; desde el costado izquierdo la canilla que goteada metálica; y en el final del paladar, como un vino añejo, el ronroneo del gato a mis pies.

Había despertado a un mundo de sonidos: yo tan palabra, tan cosa escrita e impresa en mi costado izquierdo, en el centro de mis ojos, en el centro más oscuro de mi cuerpo.

Sospecho que anoche fue avivamiento final: en medio de un concierto de marimba-contrabajo-percusión-guitarra, a sala completa con una vecina más ruidosa que el tráfico de una calle, a ojos cerrados pude ver cómo el silencio ciego se fue poblando: distinguía cada inmenso detalle, cada sonido acompasado de una armonía que reproducía agua.

Y ya no tuve que abrir más los ojos para escuchar.

Amén.

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