Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (MK)

Publicado: 19 octubre 2010 en Literatura Resistente
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Muchos no saben qué es vivir y qué es morir

Lucas Brito Sánchez

Al oeste de la ciudad, una avenida: serpiente de cemento furiosa en los días de sol inclemente. Es de noche, noche clara a cielo descubierto. Una atípica brisa de otoño todavía persiste en esta noche de octubre que ya debería ser caliente.

Digamos que es la medianoche porque a medianoche es cuando se da cita el drama, según sostiene la literatura. Digamos que la avenida divide la noche entre la vida y la muerte, sin saber qué lado le toca a cada una.

En la margen izquierda de la avenida una mujer come tortaloca y mira un libro de Chagall. Su departamento es pequeño. Está sola. Vive sola. Suena Joni Mitchell, como no podría ser de otra forma para la mujer sola, que recostada en su cama de una plaza, deja correr con ojos asombrados las páginas que le devuelven una y otra vez las pinturas de Chagall. Afuera la noche es silencio: inmenso silencio que retumba como gotas de lluvia sobre el techo de chapa de su departamento. Como en una caja de resonancia, el silencio se esparce por cada poro de las paredes, ahogando todo, hasta la soledad de la mujer sola que no sabe aún cómo vivir y está allí, a medianoche, comiéndose en una angustia alucinógena el peso de sus decisiones: ser una mujer sola.

/Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino/

En la margen derecha de la avenida una mujer llega a su casa, saluda a sus hijos y los reta por no haber hecho sus tareas. La mujer con hijos prepara la cena en la cocina nueva de su casa habitada por hijos y esposo. Revuelve estantes, saca sartenes y ollas. En ellos vierte alimentos como si fueran sustancias de alquimista y como buena ama de casa, grita “la comida está lista”. Sus hijos se sientan a la mesa. El teléfono suena. Es el esposo que avisa que llega tarde. La mujer con hijos dice a sus hijos que va a tomar un baño relajante. En el baño, el agua corre hasta llenar una bañera blanquísima, moderna, perfecta. El baño se llena de vapor y aromas embriagantes: sándalo, limón, pachulí. La mujer con hijos está desnuda y se sumerge en la bañera. El peso de su cuerpo hace subir el agua, que se vuelca por los costados de la bañera blanquísima. La mujer con hijos sostiene en su mano un frasco lleno de pastillas. Alplax dice el frasco. En un movimiento más sútil que el agua que envuelve su cuerpo traga 10,12, 15 pastillas. La mujer con hijos siente cómo el agua inunda cada poro de su piel, ahogando todo, hasta su soledad de mujer con hijos que aún no sabe cómo es morir y está allí, a medianoche, comiéndose en una angustia psicofármaca el peso de sus decisiones: ser una mujer con hijos.

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