Ladrones de medio pelo

Publicado: 6 julio 2010 en Literatura Resistente
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Últimamente me abstengo de recordar e incluso compartir esas memorias con familiares y amigos porque el pasado se me antoja angustiante en estos días. Sin embargo hoy, después de leer este maravilloso texto de Rodrigo Fresán, no pude frenar el vértigo con el que volvió un recuerdo de juventud: el robo de Tratado Semiótica General de Umberto Eco, libro que me afané de la biblioteca de mi facultad.

Recuerdo que ese día habíamos ido con Lucas, consumado profesional del punguismo librero, a la biblioteca de nuestra facultad: una habitación pequeña que tenía más de zaguán o baño que de biblioteca misma. Cuatro o cinco estantes a punto de desmoronarse conservaban la literatura más retrógrada de la historia de la comunicación, pero allí en el medio, brillando flamente estaba Tratado de Semiótica General. Para mí era como la biblia o el paraíso perdido y Eco el dios del Olimpo Interpretativo que me quitaba el sueño por esos días. Soñaba, despierta y dormida, con ser semióloga y conseguir una beca en el equipo de investigación de Eco en la Universidad de Bologna.

Cuando vi Tratado, allí tan solito, en medio de toda esa mugre de libros que no nos enseñaban nada, supe que tenía que ser mio y le propuse a Lucas que cada uno robemos algo. El amigo aceptó y lo único que restaba era elegir su víctima y la estrategia de distracción de la bibliotecaria, que nos respiraba en la nuca, no tanto porque sospeche de nosotros, sino porque el espacio era muy pequeño y uno no podía hacer tres pasos en esa biblioteca sin dar de frente con un estante o con ella misma.

Yo tenía mi presa a la vista: en un discuido de miradas, con la sangre bombeando a presión en mis venas y una sobredosis de adrenalina, metí a Eco en mi mochila sin que nadie me viera. Paso seguido, miré a mi cómplice y lo invité a irnos retirando, pero el caso era que Lucas no había elegido aún su víctima y eso no era un buen signo. Pasé los siguientes 30 minutos con Eco en mi mochila, soportando la mirada de la bibliotecaria y con la culpa latiendo como El corazón delator de Poe. Dos o tres veces me vi tentada a devolver a Eco a su estante. Finalmente Lucas se decidió por un libro de diseño gráfico, algo bien extraño para este ladrón de lecturas, pero que según arguyó hace poco, fue por el interés que la comunicación visual le provocaba.

No sé con qué excusa entramos con mochila detrás del mostrador de la biblioteca de la facultad ese día. No sé cómo salí de allí con mi precioso en la mochila. Sí sé que durante mucho tiempo sentí culpa por dejar a los demás alumnos privados de esta lectura, culpa con la que aún juegan mis amigos; pero lo cierto es que la sensación de libertad y poder de robar un libro deseado es (casi) incomparable.

Apuntes para las memorias de un ladrón de libros por Rodrigo Fresán

comentarios
  1. rO! dice:

    (casi)? con qué otra sensación es comparable?
    yo nunca me robé un libro, che. no lo digo con orgullo, pero la verdá es que nunca lo hice. eso sí, jamás me robaría uno de Eco…

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