Lo único que en la música persiste y prolifera, escribió Gandini, es el proceso mismo de composición (…) Un pianista insomne busca, en la noche, los restos de una música que se ha perdido. Son siempre pasos en la nieve: marcas silenciosas en una superficie blanca. Allí se encierra el sonido de los sueños.
Retrato del artista, en Formas Breves, de Ricardo Piglia.

No voy a hablar de fútbol, aunque la edición lo requiera. Si voy a hablar de una forma de la tradición: el folklore; y si tensamos un poco la interpretación de eso que llamamos “tradición”; el fútbol y el folklore entran en ese vastísimo universo de la tradición argentina, lo que nos deja libre de crimen y castigo.

El folklore, como expresión musical argentina, tiene tantos matices y sonidos como la extensión misma de este país bicentenario. De la Quiaca a Ushuaia va mudando de color y olor su ritmo, en tonalidad con el semblante de sus habitantes y ejecutantes.

El canon folklórico establece que al nordeste argentino le corresponde un timbre que llaman chaqueño: chamamé, polca, chacarera o takirari son algunas de las pieles en las que se nos presenta el folklore chaqueño. El folklore chaqueño es entonces un ritmo que abraza fraternalmente, por encima de las fronteras, al Gran Chaco; extendiéndose del noreste de Santiago del Estero a Paraguay, con un paso firme en Formosa, Chaco y norte de Santa Fe, hasta el litoral correntino y misionero.

En esta estepa, mitad desértica, mitad verde-selvática, es donde surge en la escena formoseña Nde Ramírez: un proyecto artístico multidisciplinar que es simplemente un escándalo de ritmo, movimiento e imagen en vivo.

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Nde Ramírez (o Tu Ramírez, si la voz en guaraní acepta la traducción) aterrizó en el CeCual una noche de abril. El otoño comenzaba a hacer sentir su mano fría en el patio del centro cultural. El lugar estaba más vacío que lleno, sin embargo la noche prometía.

Arriba viva, el cielo era una capota negra con dos o tres de las mínimas estrellas que las luces de una ciudad nos dejan ver.

Abajo bajo, algunas sillas. Cuerpos sentados en esas sillas. Otros parados en los rincones. Cervezas. Rubias. Negras. Cigarros. Abrigos. Rostros amigos. Caras desconocidas. Ese era el público que esperaba escuchar a Nde Ramírez.

Primero primo, Prima Jessy calentaría la noche con su rockería de sonidos de sintetizador tranquilo electro.

Segundo tundo, vendría Nde Ramírez: un nombre totalmente desconocido para los presentes pero que ofrecía pines, remeras y disco en una mesita en un rincón.

Diez o 12 tipos con sombreros de paja, sobretodos negros, pasamontañas y vaya a saber qué cosa más que escapó a mis ojos subieron al escenario. Allí se leía un cartel: Bienvenidos a Villa Jardín: Donde nadie se enoja. El detalle: un hombre de mostacho dalinesco parado firme a un costado del escenario, con chaleco a rayas, como esperando en un cola de banco, atrapaba las miradas y el asombro de los presentes.

Decir que la banda comenzó a sonar es decir poco: Nde Ramírez supera el concepto de banda musical y se alza como combo de música+movimiento+imagen; y en el sentido más feliz del término show.  Sin embargo, Nde Ramírez sonó a un ritmo que hizo vibrar al (muchas veces parco) público resistente. Algunos se levantaron de sus sillas. Dos o tres señoritas se animaron a bailar su folklorock. Muchos dispararon sus flashes ante la escena tremebunda que se esparcía en el escenario. Otros tantos quedaron de bruces en sus sillas petrificados. Un par de niños, lo mejor del público, miraban en trance eso que ocurría encima de las tablas.

Tranquilo chacra, La nena y el pombero, Pom Pom Pom o Tanto celofán fueron algunos de los temas que dispararon Nde Ramírez: a fuerza de percusión, guitarra acústica, efectos de sonido computarizados, voces del más acá, bajo, batería y bombo. Las almas de ese patio en el CeCual, de esa noche recién fría a cielo abierto, pudieron escuchar mirar sentir oler la psicodelia folklórica formoseña.

En la media mediana del show, el Noticiero Black, un espacio perfomático en la performance Nde Ramírez, donde el señor Negro Franco del mostacho dalinesco personificó a un bizarro presentador de noticiero, en un guión informativo de pura risa.

El resultado: la materialidad de una nueva forma del folklore, producida en los márgenes de este país, desde la ecléctica experiencia que sólo las ciudades de frontera nos pueden ofrecer. Y no fue solo una mixtura de sonidos que invitan a al disfrute renovado del folklor, sino una escena completamente diferente en donde todo parece estar a punto de ebullición, explotando.

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Traducir en palabras lo que sucede en vivo con Nde Ramírez es una empresa bien vana: como todas las expresiones innovadoras de esto que llamamos arte contemporáneo (en el más amplio sentido), Nde Ramírez es una cosa inclasificable, que sólo encuentra nomenclatura en el aquí y ahora de su puesta en vivo y en la encrucijada de esta experiencia con el universo personalísimo místico de la interpretación de cada una de las personas que lo escuchan, ven y sienten.

Sin embargo los intentos por explicarse no están ausentes: Nde Ramírez es y está por encima del proyecto artístico que tiene como centro a Marcos Ramírez, un músico y diseñador formoseño, que actúa como Aleph de este escándalo.

Girando como átomos en constante ebullición, está un número más o menos estable de artistas que hacen Nde Ramírez: Albano HOMBRE INFLABLE Caballero, que oficia de bajista; Eduardo SUPERMAN ROCKarothy, en voces; Lucas Paulina LA MUJER MARAVILLA, en batería; Johnny PULECÍA Jackson, en ciuca y recitados; Negro Franco EL POMBERO y Luis Tintín ACERTIJO Gómez en performance. Cada show es distinto y los artistas que se suman y han sumado a la escena de Nde Ramírez incluyen los más diversos e innumerables especímenes de la bohemia contemporánea, sea formoseña o regional.

Hasta hoy, Nde Ramírez cuenta con un disco, Bienvenidos a Villa Jardín: Donde nadie se enoja, que incluye 14 tracks que mezclan malambo, electrónica, chacarera, carnavalito, tango, folklore latinoamericano y ritmos foráneos. Han presentado shows a lo largo del país, ganando con un éxito rotundo la escena porteña al grito de Viva el folkloRCK!

Si bien Nde Ramírez es de escucharse, los expertos sostienen que es más de verse-vivirse en vivo: un escándalo sonoro en donde, al ritmo de una vidalita, un malambero ejercita el breakdance o un clown te propone honrar a la Pachamama con tu nariz de payaso.

Como expresión del arte contemporáneo, Nde Ramírez no deja de mirar su lugar de origen y su tiempo: las canciones de este disco nos devuelven a parajes formoseños como Misión Lahisi; nos internan en la oscuridad del mito del Pombero; nos interpelan ecológicamente desde la explotación de la tierra para finalmente escupirnos en la cara la estupidez de los modelos de pensamiento de la televisión y esta sociedad de la imagen.

En un mundo donde todo se vive en diferido en las redes sociales, Nde Ramírez es un páramo que se visita en vivo y en directo. Un paisaje que arde. A punto de estallar. De transformarse o morir. Una danza tribal con furia rockera. Un signo de que la escena artística argentina también se cuece en su periferia. Un misterio que desafía al artista y que el público puede adivinar. Un desequilibro profundo del folklore que vale la pena estas palabras.

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