cerdos que vuelan

En una revista Crisis de agosto de 1975 se leen cosas como ésta: “Para los criadores de porcino siempre ha sido un orgullo lograr ejemplares de trescientos o más kilos. En cambio, algunos especialistas del Japan Livenstock Institute se precian de todo lo contrario: su satisfacción estriba, precisamente, en hacerlos cada vez más chicos. Tan chicos que al alcanzar el punto de máximo desarrollo no superen los treinta kilos y puedan viajar al espacio. Esta investigación, aparentemente a contramano, no es un capricho: se ha llevado a cabo, y con éxito, por expreso encargo de la NASA. El primero de los chanchos voladores ha sido bautizado Japón-miniatura”. Un lechón en las nubes se titulaba la noticia.

Tuvimos tantos presidentes y generales que se vuelve muy difícil recordarlos, sobre todo por sus méritos. Pero hubo uno, en los 90’, que nos ofreció el cielo con las manos. Ese señor dijo que nos iba a llevar hasta la “estratota” (la estratósfera quiso decir). No especificó si a todos juntos y en el “cuete”; cuestión menor que después se aclaró: a casi todos juntos.

Aparte de ser un gran erudito astronáutico, apeló a la capacidad de asombro del pueblo y se reservó el último penal: muchos terminaron como chanchos, y más de la mitad del país con menos de treinta kilos. Idea simple y no más extravagante que las piedras de Kodama, los pantalones vaquero, los teléfonos celulares o jurar la bandera en cuarto grado.

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