reserva el yacare

En el borde mismo del ancho río, en la verde ribera del Paraná, se alza la Isla del Cerrito, pueblito chaqueño, antiguo leprosario de Argentina. Y allí, en el único vestigio de selva del árido Chaco, en la serpiente sinuosa del camino, marcada apenas por la espesa vegetación de sauces, palmeras y helechos, está la Reserva “El Yacaré”.

Recuerdo que era el tercero de nuestros viajes, lo llamábamos “el retiro espiritual”. Allí íbamos cada final  de año a lavar todas las presiones de la existencia en las aguas del río. Reglamentariamente éramos la tríada: el Gordo, Manuel y yo, aunque a veces solíamos llevar algún invitado. Ahora que el tiempo ha pasado y desde tan lejos, río arriba, puedo imaginar el ritual de planear el viaje , el sortilegio de la anchura misma de su playa, la ondulación de cada curva del camino que nos acercaba más al alto cartel de “Bienvenidos a la Isla del Cerrito, perla del Paraná”, en la memoria me galopa el pasado.

Era diciembre y sus primeros días cuando partimos temprano para la Isla. El Gordo al volante contaba para los presentes las historias de cuanto rancho asomaba en el camino. Desde atrás, colgada de la ventilla con el pelo al viento, miraba pasar la vida de los lugareños y cada tanto alzaba la mano para saludar, como es la costumbre. El Volswagen Gol marcaba 40 km por hora y una estela de arena y piedras se dibujaba tras su cola. Estábamos a 45 km de Resistencia, capital del Chaco Argentino, mate pasando de mano en mano, adentrándonos de a poco en lo hondo de la treintayúnica selva en todo el terreno de monte cerrado. Y por supuesto que el Gordo seguía con sus historias y ya Don Julián, militar retirado que tenía una casita como Dios manda a la vera del Río Tragadero, aparecía en el relato y por arte de magia su morada  comenzaba a dibujarse en el horizonte. O la historia de los carayás de los árboles, que silbaban como el viento, ahora ya metidos selva adentro, alejados por el incipiente crecimiento de quintas y casas de fin de semana.

Mientras tanto, yo sostenía la mirada en la ventanilla y recordaba las palabras de Walsh y su mítica incursión en la Isla, allá por fines del 50 cuando el pueblito era el refugio al que eran confinados los leprosos más pobres de Argentina. Según contaba, la boya kilómetro 1244 marcaba sobre el Paraná la ubicación de la selvática isla de 12.000 hectáreas. Geográficamente pertenecía al Chaco, pero un decreto del año 1926 la declaró reserva nacional y leyes posteriores la adjudicaron al Ministerio de Salud Pública de la Nación. Allí vivieron por más de medio siglo, algunos de los 30.000 infectados de lepra de Argentina, confinados en un área de reclusión de 10 hectáreas con 20 pabellones. Ahora, los pabellones son el casco histórico de la Isla del Cerrito, donde se encuentran la municipalidad, la escuela y demás dependencias estatales con una población de alrededor de 3000 habitantes, sin lepra, pero enfermos ya vaya a saber uno de qué.

Durante los viajes anteriores nunca habíamos notado el rancho de paja y adobe que sostenía en su frente el cartel y eso que Manuel y yo sabíamos hasta el hartazgo la sucesión de casas, picadas y ranchitos que se alzaban al costado de la ruta que nos llevaba al Cerrito, como correspondía al caso de tan grata empresa. Lo cierto es que por ese tiempo una suerte de piel viscosa y húmeda, que nos había llegado desde la capital guaraní, nos movía el espíritu.

Quizá esa sensibilidad fue la que nos permitió reparar en la casita precaria que anunciaba en letras de pintura: “Reserva El Yacaré”. Ahí nomás paramos la marcha y de atropellados nos metimos a golpear las manos. Nadie nos respondió, sólo recibimos los coletazos y saltos de un perro marroncito claro que nos saludó de lo más contento. Las ropas colgadas en el tejido que marcaba el terreno de la reserva mantuvieron absoluta indeferencia, al igual que la mesa y las sillas de madera, que al fondo de la casa, debajo de un árbol, hablaban de la existencia de algún habitante de la reserva que había dejado olvidado sobre ellas su mate. Tristisímos entristecidos como corresponde al caso cuando Manuel y yo nos encontramos, decidimos guardar para siempre en la lente de la cámara la imagen de la reserva en medio camino de la Isla del Cerrito. Luego nos contentamos con imaginar la vida de los escamosos que moran la reserva, allí en el medio de la confluencia del río Paraná y el río Paraguay, como no podía de ser otra forma. Nos contentamos con pensar que cada tarde se reunían en la margen misma, donde se encuentran las aguas azuladas del primero y las rojizas del segundo, a celebran el prodigioso artilugio de la naturaleza, cantando tregua catala espera.

cielo del cerrito

Subimos al Gol a los gritos del Gordo, que siempre apurado a su manera, nos decía que se nos iba el día para disfrutar del “retiro”. Esa fue la última vez que nos vimos la cara en la Isla y casi sin saberlo estábamos viviendo ese momento crucial en el que el mundo que conocíamos cambiaría para siempre. Pero esa es otra historia.

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