Aunque parezca uno más donde haces lo de siempre: levantarte, respirar, comer las cosas que se comen, decir las palabras que no te gustan, escribir palabras estúpidas, cagar, coger y coger, soñar con los ojos abiertos, leer un libro, abrir Google, hablar con los amigos lejos, volver a comer las cosas que se comen, mirar la tv, decir unas pocas palabras que te gustan y muchas más para el olvido, coger, dormir y vuelta a empezar.

Pero no. Por alguna extraña razón este día había sido distinto e igual a otros, por esas cosas mínimas que te dicen, que levantan surcos de la memoria y todo lo que alguna vez fue tu cotidiano vuelve con la fuerza de la añada que le dan los años y la distancia. Quizás todo había comenzado con una charla inocente entre dos viejas amigas que se prometían fotos y no me olvides nunca, que nosotras nos queremos para siempre. Pero entre el recuerdo de esas fotos habían venidos otros años vividos de a dos, de a cuatro, de a seis. Otra vez era la gorda pelota o Chaplin en el pasillo a semioscuras de una calle de Corrientes o el recuerdo vaguísimo de una foto en la que sonreíamos (¿de qué?) sentamos en la plaza del mismo edificio que alberga el pasillo, una mañana de invierno, 10, 9 años más jóvenes y riéndonos de qué.

Y otra vez se te viene encima eso que uno fue o que ha sido (¿cuál es el verbo correcto?), las calles de una ciudad a la que no volverías pero en la que pasaron tantas cosas que ya ni me acuerdo: gente para el olvido, cambios no cumplidos y toda esa cosa que ya ni recuerdo. Pero sin embargo es otra vez el 98 y alguien, muchos alguien, pisan esa pasillo semioscuro y se invitan a compartir cosas que ese pasillo no les dará, pero será el origen de todo.

Debe ser que uno se pone viejo de a poco y que eso es lo más triste, no que uno se ponga viejo. Y en ese pasillo semioscuro siguen circulando alguienes, algunos conocidos, otros de los que no sabrás nunca, pero el pasillo. El pasillo un silogismo de la amargura. El pasillo un pedazo que duele ahí, en el fondo de esa juventud que hoy parece andar por otros lados. El pasillo de Quiko o Kiko, dedo de lata sobre el teclado. El pasillo de las notas de Gráfico I y II. El pasillo de los chismes de Franja. El pasillo de la banana de la Pelu. El pasillo de los certificados de alumno regular. El pasillo de espera de los exámenes finales. El pasillo en donde se te desarmó la carpeta de recortes. seguramente. El pasillo de la gorda pelota. El pasillo de Chaplin. El pasillo en donde se contaba la vida privada de la profesora de Teoría I y II, cuyo nombre olvidé y su marido había sido Pavón, menudo hijodeputa. El pasillo que caminó también “Piquito”, para mi burla y chiste eterno. El pasillo de Elba. El pasillo de la fotocopiadora del chico este amigo de Satina que no recuerdo. El pasillo donde miraba al “Pancho”. El pasillo donde tantas veces nos dijimos mañana nos vemos. El pasillo que daba a la calle que una vez cortamos con clases públicas por el salario de los docentes. El pasillo en el que fui alumna y profesora. El pasillo de Nazar y su calentura por los escotes de las alumnas. El pasillo de todas las cosas que olvido, de las que no sé, de las que les pasaron a ustedes como a mi.

Tan solo un pasillo a semioscuras de una casa de una calle de Corrientes cerca del río. Eso.

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