El ropero, cuento de Carlos Bazzano

Publicado: 25 marzo 2009 en Literatura de los perro
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incendio

Encendió la cerilla de la cajita de fósforos, por un instante el fuego iluminó, levemente, su cara y el cigarrillo que empezaba a fumar. El necesario calor del humo ingresaba en sus pulmones hasta que exhaló el humo  y  se sublimó con el inicio del anochecer y el olor a alcohol. El anochecer iniciaba la rutinaria travesía de ocupar todos los rincones del pequeño cuarto sin luz eléctrica del departamento 2B de la calle Cerro Corá 641.

Si  mirase por la ventana vería los edificios iluminarse de bombillas de luz y neón, escucharía a lo lejos una riña callejera y el eco de los gritos de un vendedor ambulante ofreciendo sus últimas chipas. Pero Villasboa no miraba la ventana, estaba recluido entre la cama y el ropero abierto. Fumaba por inercia y a ratos tomaba con amargura su caña clandestina mirando fijamente al ropero y la habitación se llenaba de noche, recuerdos y pensamientos.

– “Y si te digo que te amo”. Dijo él, casi con todas sus fuerzas, casi sin ganas, sin mirarle a los ojos. Ella, ya sin lágrimas, le dijo casi susurrando, casi gritando una letanía en verso libre y desesperado: “Y solo continuar así como dos perros, como dos ratas, como dos gatos, como mujer y hombre en celo, animales de asfalto sin más memoria ni rito que sobrevivir en la Asunción de cemento, sangre y asfalto ya no más carajo, y  solo continuar así, como dos perros, como dos ratas…!”.

– Andate a la mierda.- Murmuró él, sin mirarle a los ojos.

Ella se fue hace tres horas, tres meses, tres años, para siempre y Villasboa está solo, fumando un cigarrillo, mirando el ropero.

El ropero era como un símbolo de tantas cosas y a la vez de nada, lo habían comprado juntos un domingo de una casa de préstamos prendarios después de una noche de timba. Contrataron un carrito y lo llevaron hasta el  departamento de Cerro Corá. Ambos estaban borrachos, al llegar encargaron al vendedor de panchos que controle al carrito y al caballo para que nadie robe nada y con el conductor del carrito alzaron al ropero por las estrechas  escaleras del edificio, tropezaron una, dos, tres veces hasta que hubo un tropezón tan grande que el ropero cayó unos escalones y se rompió una de las patas de adelante. Rieron mucho, también rió el conductor del carrito que  les empezó a contar chistes en guaraní sobre mudanzas.

El ropero tenía dos puertas, una de él (con una foto de Charly) y otra de ella (Con una foto de Janis Joplin y una de Beauvoir). Las dos puertas del ropero estaban abiertas. Aún quedaban vestigios de un  mundo transitado solos y juntos: continuaban dentro del ropero unos papeles tal vez de ella, tal vez de él, poemas sin inicio ni final ni ideas, una novela sin sentido e inconclusa, la notificación de desconexión de luz, la  factura de agua que él no pagaría ni si tuviera el dinero, con unas ropas sucias y otras ropas limpias sin planchar, con una fotografía de Villasboa y sus amigos en algún bar, con una fotografía de ella, ella y sonrisa triste e  irónica, con unas monedas, con una rosa marchita que alguna vez fue roja, con su vida.

“Sin más memoria ni rito que sobrevivir”. Recuerda Villasboa y mientras recuerda toma un trago y piensa: “sobrevivir, o sobremorir, sobrevolar la  muerte quizá. Buscando como dice la canción ‘un trago para ver mejor’, para ver mejor. Buscando un bar para sobrevolar la muerte, ver mejor, para hacer esas peligrosas piruetas en el cielo del infierno. Sí, en la capital de la  angustia, en el Edén de la amargura. Un trago con ella en el Edén de la amargura. Qué tiempos aquellos, qué tristes pero verdaderos; los primeros perros, las primeras ratas, los primeros gatos, el primer hombre y la  primera mujer en el último bar del Edén donde aprendimos a ver y llorar y reír en un mundo de tonalidades de negro, gris y casi blanco. Pero ‘ya no estás más a mi lado corazón’ canta un anciano borracho en una esquina de la  soledad”.

Definitivamente el ropero está vacío. Definitivamente Villasboa está solo. Ella ya no está su lado, él está sin ella. Villasboa mira el fuego de la cerilla, mira la caña, mira el ropero vacío, mira el absurdo y la rabia, “ya  no estás más a mi lado corazón” murmura, canta, grita, revienta la botella contra el ropero. Villasboa grita con rabia, con amargura enciende una nueva cerilla y la tira en el ropero, el fuego abraza lentamente los papeles  mojados con alcohol y orfandad, abraza la madera, abraza a Villasboa que abraza al ropero, y Villasboa llora o grita. La pata floja del ropero cede.

El ropero cae. Caen en la cama y el fuego de la cama los abraza y Villasboa grita con rabia, amor, dolor, y toda la habitación se ilumina.

* Con este cuento inicia el libro Anales Urbanos, editado en septiembre de 2007, Asunción, Paraguay.

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