osacartonera

Algunas palabras y hechos deben repetirse hasta el cansancio, como la historia de la Osa chaqueña… Gracias a Edgar, Bazzano y Kike por tan grata lectura.

Aquí una crónica estupenda de Tomás Eloy Martínez sobre las editoriales cartoneras y la crisis:

Boca iba a perder ante Newell´s Old Boys en la Bombonera la tarde del sábado 14 de febrero, pero en vísperas del partido nadie podía imaginarlo. Los devotos llegaban al estadio con la ilusión de festejar, las banderas en alto, las gargantas inspiradas. Turistas de Israel, Brasil y Alemania peregrinaban desde el cruce de la calle Brandsen y la avenida Almirante Brown, donde por unos pocos pesos se hacían fotografiar abrazados al imitador de Diego Maradona, un muchacho fornido y de rulos que lucía una camiseta de la selección argentina con el número 10. Al pasar por lo que fue un garaje y ahora es un escaparate con más colores que los del espectro solar, en el número 467 de la calle Brandsen, un turista ya calcinado preguntó si la entrada al estadio era por ahí. “Por acá nomás, rubio; derechito, sesenta metros”, informó la Osa, servicial, mientras ofrecía: “¿Te pinto la cara de azul y oro? A voluntad, ¿eh?”. El muchacho aceptó un corazón con los colores de Boca en cada mejilla y le extendió un billete de diez pesos. “¿Esto es un comedor?”, preguntó, apuntando con el índice a una larga mesa tendida en la vereda, a la que se sentaba una decena de personas, cada quien con su plato de pastas. “No, chabón. Esta es una reunión de Eloísa Cartonera. Somos una cooperativa; hacemos libros con cartón. Pero aquí, al lado, te podés comprar un choripán riquísimo.”

La Osa vende a bajo precio su excelente arte gráfico, pero no acepta pago alguno por las maravillas de su cocina, los tallarines caseros con estofado que preparó para agasajar a un grupo de amigos de visita en la editorial independiente que la liberó de sus idas y venidas por la ciudad de Buenos Aires para revisar las bolsas de basura. “Por Coronel Díaz yendo a Santa Fe,/juntando cartones, papeles, pedazos/ de viejos diarios, botellitas, plásticos,/ iba solita, toda pintadita/como una muñequita entre las basuritas”, escribió Washington Cucurto en “La cartonerita”, un poema sobre mujeres como Miriam Merlo, nombre con el que la Osa nació en el Chaco hace veinticinco años. Esta semana ha regresado a su tierra para difundir los libros de Eloísa en la Feria del Libro Chaqueño y Regional.

La Osa cambió el carrito que empujaba en las calles por los cortantes, los esténciles y las témperas con que produce tapas para los libros de “la editorial más colorinche del mundo”, según Cucurto, autor de Cosa de negros y El curandero del amor y uno de los fundadores de Eloísa Cartonera. Otras mujeres y otros hombres -y otros niños, tristemente- venden su cosecha de cartones en este pequeño local de la Boca a un precio cinco veces superior al que los intermediarios del reciclaje pagan por kilo.

Eloísa Cartonera es una comunidad artística y social que ha hecho por las personas marginadas de la sociedad de consumo mucho más que las políticas municipales y nacionales que se sucedieron desde el cataclismo económico de 2001. Una ley dice que los cartoneros son trabajadores, pero lo que la ley les concede es sólo un carnet, un par de guantes y una pechera. Para protegerlos, se ha dispuesto por decreto la creación de centros verdes, donde podrían separar sin riesgo los cartones de los vidrios que se arrojan a la basura, pero los centros verdes siguen siendo letra muerta. Reunidos en cooperativas, los cartoneros tienen derecho a recibir del gobierno de Buenos Aires un carrito con ruedas y 200 pesos. María Gómez, estudiante de comunicación social y agitadora partícipe de la editorial, enumera esos reflejos públicos tan escasos para la magnitud del sufrimiento.

Ofrecer la oportunidad de una vida digna parece ser demasiado para el Estado. Los cartoneros, por eso, ya sólo confían en sí mismos y en la fuerza de sus ilusiones. Aquel sábado candente de La Boca pude advertirlo en la pasión con que Ricardo Piña me mostró la pequeña impresora Multilith 550, de la que salen, en pequeñas tiradas, los interiores de los libros. Lo vi también con claridad en la esperanza con que María espera el regreso de las hermanas Carolina y Celeste Portillo, que están ocupadas en la escuela y en la atención de dos hijas pequeñas.

Lo que para los funcionarios quizá sean sólo estadísticas sin alma, aquí son todas historias, nombres propios, seres humanos que dejan en la ciudad la sombra de sus felicidades y sus desventuras. Conocen a la perfección los libros que publican y, cuando los venden, nunca es a ciegas. Segura de sí, la Osa me recomienda El atravesado , un relato del colombiano Andrés Caicedo, que se suicidó a los 25 años en su Cali natal. Me habla de un libro anterior de Caicedo, ¡Que viva la música! , y de la inesperada celebridad póstuma del escritor.

La editorial nació como un recurso de la imaginación ante la crisis. El artista plástico Javier Barilaro y Washington Cucurto hacían poemarios ilustrados en cartulina, pero debieron interrumpir su trabajo de un día para otro cuando la devaluación de la moneda llevó a las nubes el precio del papel. La idea de la editorial lo iluminó a Cucurto en 2003, cuando los cartoneros eran ya inseparables del paisaje de Buenos Aires.

“¿Quién más, sino nuestro editor atolondrado?”, dice María. La escritora Fernanda Laguna consiguió un local en el barrio de Almagro, donde se inauguró la cartonería No Hay Cuchillos sin Rosas, y Cucurto pidió a varios autores la cesión solidaria de sus derechos para comenzar. “Buscamos material inédito u olvidado, pero también de vanguardia y de culto”, dice. Uno de sus éxitos (casi mil ejemplares) fue el inédito Mil gotas , de César Aira, a pesar de las protestas de Victoria, una anciana cartonera que detestaba al autor. El propio Cucurto se ha convertido, también, en un autor de culto. Su nombre se repite en los congresos académicos de los Estados Unidos y al menos cinco estudiantes de doctorado escriben tesis sobre su obra.

Eloísa Cartonera se ha anticipado a muchas de las editoriales grandes en el descubrimiento y la difusión de autores que luego se vuelven importantes. Vende sus libros a bajo precio, en ediciones destinadas a ser joyas de coleccionistas. Ninguna tapa es igual a otra. Todos los ejemplares son únicos. En el catálogo, de más de 120 títulos, asoman Fogwill, Arnaldo Calveyra, Mario Bellatín, la mítica Salvadora Onrubia, Fabián Casas, Juan Diego Incardona, Marcelo Cohen y Haroldo de Campos. La línea para niños es breve, pero algunos títulos se mantienen en continua reimpresión: El sol albañil y Las casas del viento , de Ernesto Camili. Esta literatura latinoamericana encuentra a sus lectores en el taller de La Boca, en ferias del libro, en quince librerías. Les gustaría obtener permiso para instalar un puñado de puestos en las calles, dice Cucurto: “Nadie nos sostiene, y si no vendemos, no podemos producir. Pero si vendiéramos más, podríamos generar más trabajo”.

La mezcla de función social y animación literaria generó una ola de editoriales similares en América latina. Primero, en 2004, fue Sarita Cartonera, en Perú: Sarita es el nombre de una santa que la Iglesia no reconoce, pero a la que el pueblo cree patrona de los marginados. Luego siguió Yerba Mala Cartonera, en Bolivia. En octubre la Universidad de Madison, Wisconsin, organiza un encuentro de editoriales cartoneras. “Será la primera vez que nos veamos todos”, cuenta María. Allí estará Animita Cartonera, la idea de un grupo de estudiantes de literatura de la Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile. La serie continúa en México (La Cartonera y Santa Muerte), Paraguay (Felicita Cartonera y Yiyi Jambo) y Brasil (Dulcineia Catadora).

Los despojos de la crisis hicieron que alguna gente se sintiera nada, nadie. Privada de sus derechos básicos, supuso que esa nada la desplazaba de un mercado en el que sólo vale lo que se puede comprar o vender. En vez de resignarse, buscó y buscó en todos los rincones de la imaginación hasta que encontró cómo sostener su ética de vida con trabajos que antes no habían sido explorados, incorporando al mundo objetos nuevos que generan valor, empleo, producción. Ese camino es duro, pero otorga la invalorable libertad que se pierde al engrosar las filas del clientelismo político. Otorga libertad y, sobre todo, deja espacio a la alegría. Hasta ahora, la Osa no ha logrado reunir el dinero que necesita para a ver un partido de Boca, pero descubrió que hay sueños alternativos igualmente bellos, como Salón de belleza , el libro de Mario Bellatín, que es su favorito, y cuyas tapas ha hecho muchas, amorosas veces.

Fuente: La Nación

comentarios
  1. […] el libro como objeto de culto, pero eso es lo menos que podemos esperar y aplaudo los esfuerzos y proyectos de las editoriales cartoneras, que aunque no sean estéticamente correctas según el canón, siguen siendo más auténticas que […]

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