Soliloquio de los maniquiés de metal

Publicado: 26 febrero 2009 en Literatura Resistente
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Mercedes sostiene la risa en un esfuerzo infernal de furia acallada. Mercedes vuelve y revuelve el tiempo que come sus días en aquella ventana al río. Hoy no ha sido un buen día para Mercedes. Eso sumando la distancia, más la soledad, más el vacío, más esta página en blanco que intenta llenarse a fuerza de cordura, de la búsqueda incesante de una explicación que nombre de una vez por todas este grito ahogado que le dicen sus manos.

Mercedes es como todos, sin embargo se cree ninguna mientras teclea hasta el hartazgo la palabra. Mercedes hoy se vuelto loca de temor porque ha visto la dilatación del retorno. Mercedes ha saboreado la amargura del engaño, la desolación del destierro, la inmensidad de lo único superlativo y aún no puede nombrarlo.

Una certeza descansa en su frente mientras baja por la calle, apresurada, cabizbaja hacia ningún lugar. La ciudad de las siete colinas comienza a dormirse en el ruido de coches, colectivos y gente desesperada.

Mercedes camina como todos, pero no tiene más destino que el eco fuertísimo del golpe de la puerta en la casa vacía. Mientras Mercedes disimula tener la misma premura que los habitantes de la ciudad de siete colinas, fabula para sus adentros las escenas de reencuentros de los acelerados. Torpemente ensaya una sonrisa que revele algún contentor amable. Y el intento es nada.

A Mercedes todavía le resta entender cuán difícil es siempre volver a casa.

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