Si la memoria no me falla ese día hacía un calor de espanto pegajoso húmedo como solo en esta ciudad lo puede hacer. Hacía noches que venía con el ritual de levantarme en medio de la nada, con las sábanas pegadas al cuerpo, el ventilador moviendo apenas un aire caliente y espeso, iba al baño, abría la ducha, me mojaba y vuelta a dormir un sueño que me regalaba unos segundos de frescura. Después el cansancio y los ñoños hacían lo suyo para mantenerme dormida.
Estaba podrida del calor. Hasta me había planteado meterme en un crédito para comprarme un aire acondicionado y pasaba las horas pensado lo hago, no lo hago, lo hago, no lo hago.
Pero esa mañana iba a ser diferente, algo me decía ese sábado que el mambo negro caería del cielo en forma de diluvio y teñiría las calles y sus raudales.
El sol había despuntado como a las 5 am, entrando hiriente por la ventana para despertarme. Para las 8 am mi cama era un caldo tibio de colchón, sábanas, almohadas, células muertas y yo, la gran célula viva.
Me levanté e hice lo de siempre: salir a caminar un sábado por Palma, con sus vendedores ambulantes, sus turistas kurepas y el bullicio de una ciudad que se niega a la llegada del fin de semana. En la Plaza Uruguaya me tomé un tereré de la señora a la que siempre le alquilo bajo una sombra frágil de resolana. La gente caminaba con cara de calor y pies de plomo. Unos mita’i jugaban en la fuente de Artigas, dichosos ellos pensé. Quería en leer un libro mientras el tereré se calentaba de a poco, pero el calor no me dejó, era simplemente aplastante. Después caminé nuevamente hacia mi casa cuando ya daban las 12 y el sol era un anillo de oro brillante sobre Asunción. Podía sentirse la furia de sus rayos en los hombros, que poco a poco se fueron poniendo rosados, rojos, colo’o.
En casa sería el baño de agua tibia que salía de la ducha, pero baño al fin. Luego un almuerzo ligero y pensar en cómo pasar esas 3, 4 horas que me separaban de la llegada de la noche. Puse los 3 ventiladores que tenía frente a mi e intenté leer el libro, pero a los 5 minutos de comenzado el rito un estruendo fuerte se manifestó en apagón y amontema la tranquilidad. Los ventiladores quedaron quietos y todo el tiempo se congeló en un calor asfixiante que inundó la habitación. Seguro viene la lluvia, pensé sin moverme, petrificada como el mismo calor.
No sé cuánto tiempo estuve así hasta que escuché las primeras gordas, grandes gotas golpear contra el techo de mi casa. Pudo haber sido una eternidad o medio segundo. Lo cierto es que la vida se me pasó por los ojos como una película. Me vi flotando en un líquido acuoso y tibio como hace 30 años, recibiendo un golpe tras otro, como una de las tantas veces que mi papá pegó a mi mamá. Vi la cara de mi madre, sus ojos inmensos de pestañas, llorando mientras me acunaba. Me vi de guardapolvo blanco en el patio de la escuela. Me vi sentada en la vereda de mi casa de Vélez Sarsfield esperando algo. Vi a mi hermana, chiquita y traviesa, yendo a toda velocidad en su triciclo por la casa. Vi a mi abuela, caminando conmigo una siesta de invierno por Resistencia. Lo vi a mi viejo, tan amarilla su cara y pelado, vistiendo su último traje dentro del cajón. Vi la cara de mi vieja al volver del trabajo. Vi una mesa de pibes tomando cerveza en El Charlie. Me vi a abrazada al loco bajo de la lluvia, diciéndome que me amaba. Vi la sombra del Migue. Las manos de Zazen. La pelada de ElCroata. Los ojos de ElGordo. La fachada de una casa sobre la calle España. El pelo de Poska. La sonrisa de Caro. Un cielo con estrellas en el Uritorco. La oscuridad del campo en Charadai. La ventanilla del Chaco-Corrientes. La orilla de El Cerrito. El río Paraná. El río Paraguay. Los atardeceres de Resistencia. Una habitación en Fray Capelli y Libertad. Un colectivo hacia Asunción en la terminal. La espalda de él, su boca, su sexo penetrándome. Un perro negro ladrando. La noche de las uras. La Osabebu llorando. Una mano apretándome. El teclado de ElMuerto. La carcajada de ElProloguista. Un balcón en República de Colombia. La lluvia negra sobre Asunción.
Sentí mis lágrimas y el sonido de la lluvia negra que caí sobre Asunción con fuerza, pegando de vapor el asfalto con su mambo negro.
Un viento fresco entró por la ventana y la casa comenzó a inundarse. Palo de piso en mano, fui sacando el agua negra de lluvia que entraba, mientras me mojaba para sacarme este sopor de recuerdos antes de la lluvia.
Yo no sé de dónde vino ese mambo negro, pero antes de la lluvia.


es para la antology de yiyi jambo:
ke ahcías cuando la yubia negra cubriò Asunciòn??
si, ya le mandé a Douglas